Clásicos del cine español
100 años de Rafael Romero Marchent, un director de héroes sin piedad

©FlixOlé. Montaje: ©Cine con Ñ
Este 3 de mayo se cumple el centenario del nacimiento de Rafael Romero Marchent, un director popular con una filmografía tras la cámara casi tan extensa como sus pequeños papeles como actor. A veces a la sombra de su hermano mayor, Joaquín Romero Marchent, Rafael contribuyó junto a él al auge del ‘chorizo-wéstern’ en la España de los 60, con la misma capacidad para dar sello de autor y trascendencia a títulos destinados a la ‘serie B’ más ignorada.
La carrera de Rafael Romero Marchent está construida a base de épica popular y héroes para todos los públicos. Aunque nunca tocó a El Coyote, al contrario que su hermano o su amigo y colaborador Mario Camus, dirigió películas de El Zorro, El Santo o El Lobo Negro, siempre con un pie en México y otro en España. Eso, además de su contribución al gran mito televisivo de la España del siglo XX, Curro Jiménez, el Robin Hood de Sierra Morena que devolvió la popularidad a las historias de bandoleros gracias a la televisión.
FlixOlé, la plataforma del cine español de todos los tiempos, ha reunido en su catálogo más de 20 películas del pequeño de los Romero directores. Casi dos docenas de trabajos entre lo pop y lo precario, cargados de tanto amor al cine como disfrute de sus posibilidades más exageradas. Una selección que va más allá del wéstern, el género que ayudó a popularizar, y nos ayudan a descubrir sus comedias o su trabajo como intérprete, casi siempre secundario de lujo, que finalizó con un cameo en 2004 en la mítica Cuéntame cómo pasó (2001-2023).
Rafael Romero Marchent, el meritorio del revólver
Aunque de casta le venía a los galgos, por ser hijos del escritor y productor Joaquín Romero Marchent Gómez de Avellaneda, Rafael fue el primero de los hermanos en aventurarse en el mundo del espectáculo. Le atraía más ser actor, y además de teatro, de manera que en los años 40, pasando apenas de los 20, llegó a abandonar los estudios de medicina para estudiar baile e interpretación.
Así que cuando su hermano mayor llegó al audiovisual rebotado de un intento de carrera futbolística, él ya andaba por ahí con casi una década de experiencia en la que pasó de joven galán a secundario e incluso ganó una Medalla del Círculo de Escritores Cinematográficos en 1949 por su trabajo como guía indio en La mies es mucha (1948), de José Luis Sáenz de Heredia. Entre finales de los 50 y los primeros 60 ya combinaba la interpretación con trabajos de script o ayudante de dirección, convenciéndose de estudiar para poder colocarse detrás de la cámara.
Finalmente, con la Centauro Films que fundase su hermano Joaquín a partir del éxito de las primeras películas de El Coyote, Rafael tendría un pie a cada lado del Atlántico mientras rodaba de todo.
Para explicar sus comienzos como director de ‘pelis del Oeste’ se suele hacer referencia a Dos cruces en Danger Pass (1967), previa al dúo de pequeñas obras maestras que dejaría un año después: Uno a uno, sin piedad (1968) y ¿Quién grita venganza? (1968), esta última considerada una de esas pequeñas obras maestras del subgénero del ‘paella-wéstern’.
Pero esta etapa de oro oculta que Rafael Romero Marchent fue uno de esos pocos directores en tocar la parodia del wéstern antes que el género en sí. Lo hizo con la comedia Dos pistolas gemelas (1966), ahora de estreno en FlixOlé, precediendo a todas esas aventuras de machotes. Las entonces popularísimas Pili y Mili, actrices zaragozanas tan idénticas como indica el título, se convirtieron en dos hermanas que recorrían el Far West en busca de un viejo tío perdido.
Estos éxitos lo llevarían a El Zorro justiciero (1972), su primera incursión en el héroe del cual El Coyote era espejo español, interpretado por Fabio Testi, por entonces una estrella de este tipo de cine de acción, y con su hermano Carlos, el pequeño de los Romero Marchent, en un papel destacado.
El currito siempre dispara dos veces
Rafael perteneció a esa estirpe de artesanos que se tenían más por curritos que por autores, aunque imprimiese un sello clásico a casi toda su producción. Así que igual que otros directores de su época, a partir de los 70 se reconvirtió al thriller con turbias lecturas sexuales —como El calor de la llama (1977), ya en FlixOlé— o la comedia más alocada. Eso sí, sin dejar sus héroes populares, con El Santo contra el Doctor Muerte (1973) como su contribución a la leyenda del héroe mexicano peleador de lucha libre.
En esa década filmará dramas sobre las drogas con cierta crítica social como Disco rojo (1973), con guiones y coprotagonismo del mismísimo Paul Naschy, o Tu dios y mi infierno (1976). También estrenará El límite del amor (1976), un thriller sexual con Juan Luis Galiardo y Charo López en su reparto inspirado en el ‘crimen de los Galindos’. Entre medias, le sobró tiempo para dirigir a la mismísima Lina Morgan en la comedia Imposible para una solterona (1976), que incluía a Fernando Fernán Gómez en su reparto.
Pero la cabra tira al monte, y los tipos que se vengan espectacularmente y pegan tiros y espadazos reclamaban su lugar. En México, y coescribiendo con Joaquín, dirigió y produjo El Lobo Negro (1980), película que estrena ahora FlixOlé, y Duelo a muerte (1981), una dilogía de aventuras con el héroe que da título a la primera como protagonista. Un trasunto de El Zorro o El Coyote pero 100% mexicano en su planteamiento frente a unos precedentes más colonialistas, que supuso un pequeño hito en su carrera transatlántica.
Eso sí, este éxito llega tras el gran ‘pelotazo’ de los hermanos en televisión, la Curro Jiménez (1976-1978) de Antonio Larreta para la que el realizador uruguayo rescataría a estos pioneros del ‘chorizo-wéstern’ para darle empaque y épica a las cabalgadas de su bandolero. Un trabajo que le valdría dirigir Cañas y barro (1978), quizás su título de mejor recepción crítica, una de las primeras grandes adaptaciones literarias que serían marca de la casa de RTVE durante la siguiente década, escrita por Manuel Mur Oti a partir de la novela de Blasco Ibáñez.
El último disparo del viejo cowboy sería dirigir en los 90 un puñado de episodios de ¡Ay, Señor, Señor! (1994-1996), la serie de comedia protagonizada por Andrés Pajares que nos descubrió a un jovencísimo Javier Cámara.
Pero el verdadero testamento como cineasta de Rafael Romero Marchent lo había firmado una década antes, con la melancólica Violines y trompetas (1984), con Jesús Puente y José Luis López Vázquez como dos veteranos músicos que enfilan la retirada y ven lejanos sus días de gloria, alterados por la aparición de una joven belleza. Una comedia llena de melancolía por los tiempos de gloria que ya no volverán y en la que el director hizo una despedida discreta, como la de sus héroes, caminando hacia el horizonte en silencio, contento por un trabajo bien hecho.
Puedes ver la colección completa de Rafael Romero Marchent en FlixOlé.

Jose A. Cano




