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ICEBERG BORAU

La historia oculta de José Luis Borau, el «renacentista» hecho de derrotas

Un nuevo libro saca a la luz la filmografía sumergida del cineasta aragonés, con decenas de proyectos frustrados, entre los que hay un 'remake' de 'Mi querida señorita', una serie con Ingmar Bergman o películas con Buñuel, Berlanga, Azcona y Zulueta
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«El estado natural de una película es que no suceda». La frase es del director Guillermo del Toro, y desde que la dijo en 2017 se ha convertido en una cita que resucita de vez en cuando en redes sociales, sobre todo entre profesionales de la industria del cine. Ahora sabemos que la podría haber compartido también, con amargura y mucho conocimiento de causa, el multifacético José Luis Borau (1929-2012), un histórico del cine español del siglo XX que hizo mucho y, al mismo tiempo, se dejó aún más por hacer.

La apertura de los archivos personales del cineasta aragonés ha permitido sacar a la luz una ingente filmografía sumergida, con decenas y decenas de proyectos sin culminar: desde variopintas películas protagonizadas por Mickey Rooney y Cantinflas hasta ideas y guiones para trabajar con, entre otros, Bergman, Buñuel, Berlanga, Azcona, Zulueta y Erice. Pero también novelas y cuentos, investigaciones historiógraficas y ensayos. El libro Iceberg Borau. La voz oculta de un cineasta desvela esta nueva y decisiva dimensión de la inabarcable obra del director de Furtivos (1976).

Escrito por el historiador, crítico y docente Carlos F. Heredero y publicado por la Colección Imprenta Dinámica (ECAM y DAMA), Iceberg Borau recoge hasta 98 proyectos frustrados del aragonés, cuando hasta el momento se tenía «una débil constancia» de unos 50. Entre cientos de cajas y miles y miles de documentos y volúmenes bibliográficos, Heredero ha buceado en esa ‘otra historia del cine’ y ha encontrado todo un iceberg de derrotas que muestran el mapa completo del verdadero creador e intelectual que fue José Luis Borau.

Iceberg Borau se mete en la «gruta del tesoro» de muchos proyectos cinematográficos de los que dejó constancia Borau a lo largo de sus 52 años de vida profesional, atestiguados por su propia manía de dejar constancia escrita de todo —o casi todo— lo que hacía. Hacer películas siempre fue el gran propósito de un hombre que vivía trabajando y trabajaba viviendo: «Pareciera que hacían días de 48 horas para él, porque es imposible imaginar a alguien con tanta capacidad de trabajo», cuenta Carlos F. Heredero en entrevista telefónica a Cine con Ñ.

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José Luis Borau en un fotograma de ‘Furtivos’ (1975)

Sus primeros fracasos explican, por ejemplo, por qué Borau no se incorporó antes a hacer películas junto a sus compañeros de generación y de escuela (IIEC), que liderarían el llamado Nuevo Cine Español: los Basilio Martín Patino, Francisco Regueiro, Miguel Picazo y Manuel Summers. «Tres años antes de Del rosa…al amarillo (1963)», explica Heredero, » Borau había escrito dos guiones (Vida muerta y Cien dólares al mes) junto con Jesús Fernández Santos, un novelista, cineasta también y amigo íntimo, pero no encontró productor». Dos proyectos que avanzaban las miradas y escenarios, alejados del gran decorado del cine español oficial, que se vería en las películas de sus coetáneos.

Aunque firmó el spaghetti wéstern Brandy (1963) y la noir Crimen de doble filo (1965), Borau tuvo que esperar hasta 1973 para rodar su primera película realmente personal: Hay que matar a B. (1973), que pudo hacer gracias su éxito como productor en Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972). Durante esta etapa y entre medias de esos dos primeros títulos de encargo, surgieron variados intentos de sacar adelante otros que Borau habría considerado propios. Además de las proféticas Mabel y Cinco veces grande, se quedaron sin hacer dos películas que, por sus características, Heredero identifica como grandes pérdidas.

Alguien como tú y Labores propias de su muerte, dos grandes películas sin filmar

La primera es la autorreferencial Alguien como tú (1964), una película en la que Imperio Argentina, la gran estrella del cine español de la Segunda República, se habría interpretado a sí misma como vieja estrella que resurge de sus cenizas de manos de un director primerizo, angustiado por no poder hacer películas personales en una industria en la que se hacen… wésterns. El paralelismo con la situación real de Borau es tan evidente que incluso estaba previsto que apareciera la propia Brandy en una secuencia en un cine. «Un guión maravilloso», resume Heredero.

La otra gran pérdida de esta época citada por el autor de Iceberg Borau es Labores propias de su muerte (1970), guión que Borau escribió junto a Josep Lluis Font. Este proyecto, protagonizado por dos hermanas de 50 años en un pueblo de Castilla La Vieja, planteaba el tema tabú de los ‘hombres ocultos’ que se escondieron durante y tras la Guerra Civil. Según Heredero, Labores propias de su muerte habría estado «muy dentro de la corriente de El extraño viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964), con una vena esperpéntica, azufrada, muy fuerte. Muy poco propia de Borau, por cierto, pero enormemente interesante».

Después de Hay que matar a B., José Luis Borau viviría inmediatamente después su gran consagración como director: la peleadísima Furtivos (1975). El filme tuvo un éxito enorme también fuera de España, lo que permitió que el director y su productora, El Imán, tuvieran por fin un gran momento financiero. Gracias a ello, Borau se compró varios inmuebles, entre ellos una casa en Los Ángeles, y ahí empezaría una aventura en esa gran patria cinematográfica que fue siempre Estados Unidos para el cineasta.

Es la parte más exótica del iceberg. Además de intentar hacer un remake de Mi querida señorita —que un productor propuso que protagonizara Sylvester Stallone—, Borau buscó la manera de hacer Indians, una historia protagonizada por indígenas integrados en la vida urbana de Chicago, o Félix, el singular intento de que el mexicano Mario Moreno, más conocido como Cantinflas, hiciera de un personaje cuyo único talento era imitar a Cantinflas. Una confusión entre cine y vida que el actor acabó por rechazar.

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Donna Reed y Mickey Rooney en ‘The Courtship of Andy Hardy’ (1942)

Pero el gran proyecto fabulado de Borau en Estados Unidos, imaginado desde el impacto de la niñez, fue rodar una película llamada Old Andy, que iba a recuperar, ya anciano, al mítico personaje de Andy Hardy, un joven estadounidense medio que interpretó Mickey Rooney en una serie de comedias de los años 30 y 40. Borau pretendía —probó durante décadas— que el propio actor volviera para interpretar el papel en su Rosebud particular, algo en lo que Rooney estaba interesado hasta tal punto que quiso involucrarse como productor.

En Iceberg Borau emerge también la insistencia de José Luis Borau por trabajar con otros directores a los que admiraba. Además de asociarse con sus discípulos Iván Zulueta (al que produjo Un, dos, tres… al escondite inglés) y Manuel Gutiérrez Aragón (con el que colaboraría en varias ocasiones), Borau intentó en los 80 producir películas para Luis García Berlanga —al que adivinaba una vertiente de su personalidad por explorar, al estilo de Tamaño natural o La boutique—, Víctor Erice —que no tuvo fuerzas ni ánimos para hacerlo— o hasta el mismísimo Ingmar Bergman, al que propuso, sin éxito pero con el beneplácito de Pilar Miró, una serie para TVE sobre la vida de Jesús.

De entre los nombres ilustres con los que quiso vincularse, el que más obsesionó a José Luis Borau fue el de Luis Buñuel. Ambos aragoneses, Borau encontró en el referente de Buñuel una «nobleza artística», escribe Heredero, «un abolengo cultural del que—en su fuera interno— se siente deudor». Distribuidor de una película tan importante como Viridiana (1961), Borau intentó adaptar con el de Calanda La casa de Bernarda Alba; le propuso hacer una película colectiva en torno a tres pecados capitales junto a Carlos Saura; quiso adaptar su guión The Bride With The Dazzled Eyes; intentó corregir su libro de memorias Mi último suspiro y revisar el de su mujer, Jeanne Rucar (Memorias de una mujer sin piano); y hasta se le metió entre ceja y ceja comprar la casa de Buñuel en México para convertirla en un centro en su memoria.

Otro grande del cine español con el que sí trabajó codo a codo Borau fue el guionista Rafael Azcona, histórico colaborador de Berlanga y Marco Ferreri, entre otros. Su guión conjunto, titulado Las hermanas del don, llegó en la última etapa profesional de ambos, ya entrando el Siglo XXI. Para Heredero, esta historia de dos hermanas rusas que llegan a España es otra de esas películas que hay que lamentar especialmente que no llegaran a hacerse: «Hubiera sido una película muy dura, muy negra, una prolongación muy coherente de Leo (2000)».

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El director Imanol Uribe y José Luis Borau en 1994. ©Casa de América

En esta última etapa de madurez de Borau, ya en el cambio de siglo, cuenta Heredero que el director también dejó otra película «dolorosa» sin hacer: La pajarita de oro. La que habría sido una de las películas más originales del cineasta era una fantasiosa historia con triángulo amoroso ambientada en unos grandes almacenes. Había pensado en Luis Tosar, que trabajó con él en Leo, para protagonizarla. «Hubiera sido una screwball comedy fantástica española, enormemente divertida, con una gran intencionalidad», resume el historiador.

Sobre este intenso repaso sobre tantas no-películas de José Luis Borau sobrevuela siempre la misma pregunta: ¿Por qué acabó dirigiendo solo siete películas realmente personales? Heredero apunta a varios motivos posibles para cada caso, pero en general los resume en la falta de «resortes» para acoger proyectos más atrevidos de «una industria pequeña» como la española. Por otro lado, los torrenciales y muy distintos planes de Borau muchas veces «chocaban de frente e iban por caminos que no eran los que eran las modas de cada momento» .

Iceberg Borau. La voz oculta de un cineasta no se queda solo en lo estrictamente cinematográfico. El libro da buena cuenta también de sus otros proyectos que no vieron la luz más allá de las imágenes en movimiento. Ahí aparecen su dedicación como minucioso historiador —»él decía que era un historiador dominguero, pero es mentira, era uno extraordinariamente riguroso», comenta Heredero—, su talento como escritor y su vocación editorial. Con todo esta dimensión de «hombre renacentista», como lo define Heredero, «se tendría una idea de Borau como una figura decisiva para el conjunto de la cultura española y no solo para el cine español», asegura.

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Presentación de ‘Iceberg Borau. La voz oculta de un cineasta’ en la Academia de Cine. ©DAMA

Uno de los hallazgos del libro es la publicación de unas cartas inéditas que Borau tenía del también ilustre cineasta Edgar Neville, que revelan detalles sobre su papel en la Guerra Civil. Entre sus investigaciones historiográficas sin acabar están algunas relacionadas el apoyo de Hollywood a la causa republicana en la Guerra y sobre exilios cinematograficos de distintos tipos, además de su seguimiento de la actriz Rosita Díaz Gimeno. En lo que concierne a sus novelas y cuentos sin publicar, Iceberg Borau recoge pruebas de textos que datan desde 1944 hasta casi el final de sus días.

Tras abrir cajas y cajas del Archivo Borau en la Real Academia Española y en Filmoteca Española, de haber hablado con decenas de personas que trataron con el cineasta, Carlos F. Heredero publica este completo libro que abre la puerta a seguir sumergiéndose en esta cara B de la historia del cine, una más imaginativa y libre, que habla tanto o más de sus creadores y de las industrias del cine de su tiempo como lo hacen las películas que sí salen a flote.

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, en 2018 cofunda y dirige el medio especializado Cine con Ñ.

Twitter: @artena_

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