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Críticas

Ídolos: Velocidad sin emoción

Buen despliegue técnico y ADN corporativo para una ficción deportiva de manual, muy 'Karate Kid', con más motor que sustancia dramática
Crítica de 'Ídolos', con Óscar Casas y Ana Mena

En Ídolos, un joven e impetuoso piloto de motos, Edu, busca la forma de abrirse camino en el circuito. Su oportunidad llega cuando el jefe de un equipo de Moto2 le ofrece una moto competitiva durante cinco carreras. Pero con una condición: el entrenador será su padre, Antonio Belardi, un excampeón del mundo que abandonó a Edu cuando era niño. Juntos empezarán un duro entrenamiento para llegar al podio, y ahí los intereses románticos no están incluidos.

Se estrena en HBO Max esta película dedicada al mundo del motociclismo profesional. La receta está bien clara: una historia de deporte clásica mezclada con una trama de superación personal, con su subsección familiar y también romántica. Los ingredientes los ponen al guión Jordi Gasull, Inma Cánovas y Ricky Roxburgh —que si coinciden en algo es en escribir cine de animación familiar— y los cocina el británico Mat Whitecross, hasta ahora conocido sobre todo por sus acercamientos a la música, ya sea en documental (Oasis: Supersonic, Codplay: A Head Full Of Dreams —además de varios videoclips de la banda—) y en ficción (Spike Island, Sex & Drugs & Rock & Roll).

Sí, Ídolos es una de deporte con un arco de acción y superación de manual, a lo Karate Kid (1984), salpimentada con un conflicto paternofilial y un amor complicado. Es en la parte de la competición donde la película, pese a tener un protagonista poco carismático, cumple con creces a nivel de despliegue técnico, con adrenalina e inmersión. En la parte dramática, especialmente en lo que tiene que ver con la relación (reclamo por motivos obvios) entre los personajes de Óscar Casas y Ana Mena, la rueda se pincha.

Ídolos, la película

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Ana Mena y Óscar Casas en ‘Ídolos’. ©Manolo Pavón

Para hablar de Ídolos es importante tener en cuenta que la película ha contado con el apoyo y patrocinio oficial de MotoGP. No es casualidad que sea una coproducción entre España e Italia, los dos países europeos que dominan este deporte. Por eso puede presumir de un acceso, nunca antes visto en la ficción, a los circuitos, paddocks y hasta pilotos auténticos de la competición, algo que le da verosimilitud y capacidad de inmersión a la película.

En ese sentido, la película juega con la dimensión real que hay detrás de varias imágenes que se han colado dentro de la historia. Así, Ídolos se coloca en los mismos códigos de los documentales insider, ese formato de series y películas documentales, popularizado por las plataformas de streaming, que venden un acercamiento nunca antes visto a las «bambalinas» del deportista de élite. Solo que aquí están colocadas en la ficción.

De alguna manera, Ídolos está en la misma onda publicitaria y corporativa de F1: La película, aunque tenga un despliegue visual y técnico más modesto y el centro (desgraciadamente) dramático no sean las carreras. Aun así, Whitecross ha aprovechado este acceso privilegiado y lo ha utilizado para subirnos a la moto de verdad (el sonido, sobre todo, es el mejor valor de la misma). Es aquí, junto a distintos detalles que gustarán a los seguidores de las carreras, donde la película ya es superior a Centauro (2022), otro acercamiento reciente al mundillo y más génerico a la fuerza.

Los frenos de la moto

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Óscar Casas en ‘Ídolos’. ©Manolo Pavón

El obstáculo que se pone Ídolos, como le pasa a muchas producciones españolas con ansias comerciales, es quererlo todo. Si la película de coches con Brad Pitt tiene claro que quiere contar los entresijos de la competición y lo que les pasa a sus deportistas, la de Óscar Casas tiene que contar también cómo se resuelven los daddy issues y una relación de pareja, con todas sus fases. Se queda a medio camino.

Y no es una cuestión de presupuesto, es de enfocar la ambición a lo que puedes hacer bien y no tener miedo a dejar de lado lo que puede ser untarget pero también una piedra en el zapato. Se nota especialmente en el romance y todo lo que tiene que ver con el personaje de Ana Mena —que, dicho sea de paso, lo hace mejor que Casas en sus escenas compartidas—. Es un cuento de pareja demasiado blanco, con poco conflicto, mal dialogado (algunas conversaciones rozan el ridículo) y peor resuelto (se ventilan situaciones complejas en una secuencia).

Todo eso acaba disparando por encima de las dos horas de duración a una película que, pese a que pide ritmo, ritmo y más ritmo para meterse de lleno en el mundo de las motos, se ve entrecortada por otros elementos que tienen el espesor de un papel de fumar. Coitus interreptus. Es lo que rebaja con agua lo que, por lo demás, es una película deportiva con buena mano en la dirección que sigue las clases maestras del subgénero sin cuestionarlas, como un alumno sumiso y aplicado. Sus hipotecas y el no tener entre manos la guía de la historia le impiden ser una película más redonda tipo 42 segundos (2021).


Dónde ver

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.