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El tiempo amarillo: El evangelio según Fernán Gómez

Las memorias de Fernando Fernán Gómez muestran al escritor, actor y director más intelectual y más populachero, irónico, sabio y tierno a la vez

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En el primer capítulo de El tiempo amarillo, las memorias de Fernando Fernán Gómez, el actor recuerda como en el verano de 1931 su familia le puso un profesor particular para que se presentase al examen de ingreso en el Bachillerato, que entonces se cursaba a partir de los 10 años y era ya educación no obligatoria. Para compensar, su abuela, con la que vivía en Madrid por la vida de gira en gira teatral de su madre, lo llevó casi cada noche de aquel par de meses de veraneo perdido a los cines de la calle Luchana, que todavía sobreviven a día de hoy como parte de la franquicia Yelmo.

Por las mañanas, al salir de clase, el pequeño Fernando corría hacia la cartelera del cine, se aprendía de memorias las películas del día y luego volvía para recitárselas a su abuela. Ella aprobaba una u otra, que sería a la que acudirían puntualmente a la tarde. Al día siguiente el niño acudía al descampado cercano donde se juntaba su pandilla de vecinos y les contaba con detalle los pormenores de cada filme. «Aunque me perdí el veraneo, aquel fue para mi un feliz verano», concluye el escritor.

El tiempo amarillo es un libro de memorias enérgico, portentoso y desbordante. Las anécdotas del Madrid político y la supervivencia del viejo anarquista a los avatares del Franquismo y la democracia se mezclan con menudencias familiares y una memoria puntillosa para la dirección de cada cine del antiguo Madrid y las películas que estrenaba en una determinada época. El ingenio de Fernán Gómez se exhibe en ellas por una doble vía: por un lado, la cultura teatral y cinematográfica inabarcable, por el otro, el gusto por lo popular, lo chabacano y lo castizo. En su estilo convergen ambas preocupaciones: el cine y el teatro, el ABC de la interpretación, destinado a satisfacer a un público popular y populachero.

El tiempo amarillo y lo plebeyo

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Fernán Gómez en ‘Las Ibéricas FC’ (1971), de Pedro Masó.

Recogía Manuel Jabois en una columna en El País a propósito de la recuperación de El mundo sigue que en una reunión de amigos en casa de Fernán Gómez allá por los 90 uno mencionó La Macarena como «una vergüenza» por la imagen que daba de España. La respuesta del talento volcánico del escritor fue pedir el CD, que tenía por allí guardado, agarrar el libreto y ponerse a declamar la letra en voz alta como si fuesen versos del Siglo de Oro tras afirmar que «¡La Macarena! ¡Eso es una maravilla!»: «Macarena tiene un novio que se llama / que se llama de apellido Vitorino”. Menuda repetición. Y el efecto que causa. Pero cómo no va a gustar: es imposible que no guste«.

El Fernando más tierno y alejado del tópico del intelectual elitista o el viejo refunfuñón que parodió la televisión en sus últimos años se cuela por las páginas de El tiempo amarillo recogiendo la memoria de su familia, las ilusiones del Madrid republicano o las tristezas de la posguerra. El primer tramo es un canto de amor a su abuela materna, una mujer fuerte y práctica que marcó al pequeño Fernán Gómez y que la reivindicaba con orgullo frente a sacerdotes que la consideraban ignorante en política.

La crónica de la guerra, con media familia atrapada en Colmenar Viejo y media en Madrid, recuerda dolorosamente a nuestro reciente confinamiento, tan cerca y tan lejos. Al mismo tiempo, cuando Fernando describe el ambiente del Madrid dominado por los sindicatos, con su nueva normalidad adaptada al caos de la contienda y en el que no faltaban fiestas, teatros o diversión nos habla de la necesidad de la juerga en los momentos límite y nos remite directamente a Las bicicletas son para el verano.

La amargura del Fernán Gómez de El viaje a ninguna parte aparece en sus recuerdos de la posguerra, que mezclan el impulso de su primera juventud con la derrota y la miseria, en esos inicios en el cine que resume con el título de unos capítulos: 4500 pesetas y la ropa. Es tierno y al mismo tiempo apabullante como recurre a las memorias de otros referentes cinematográfico como Laurence Olivier o Charles Chaplin para justificar porque no habla de sus amoríos y escarceos sexuales, casi como si fuesen una obligación para cualquiera que escriba una autobiografía con la que él es incapaz de cumplir por timidez y pudor.

Fernán Gómez, de la URSS a Beatriz Rico

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Fernán Gómez en ‘El abuelo’.

Hasta la última página, además, leemos su análisis a posteriori de sus propias películas, cargado de autoexigencia, de arrepentimiento de tal o cual decisión creativa, de aquel repaso de guion que faltó a última hora. Cualquier personaje del audiovisual español de la segunda mitad siglo XX pasa por las páginas de El tiempo amarillo, desde Alfredo Landa hasta Jose Luis Garci pasando por Beatriz Rico. En algunos capítulos tiene más interés leer sobre las películas que no llegaron a rodar -«por problemas en la zona económica»- que las que sí.

Por el filtro de su retranca y cinismo, que se mezclan a veces con la vitalidad desbordante del anciano que invitaba a analizar a voces la letra de La Macarena, pasan también sus viajes por Londres, Nueva York, Praga o Moscú. A la amplia cultura general del alumno del «Bachillerato antiguo» se une un filtro político que hoy nos resulta extraño: desconfiado, resabiado, crítico… pero también esperanzado en un algo mejor intangible, ese anhelo de libertad del anarquismo clásico que roza el sentimiento religioso. Y no tiene precio leer como los popes del cine soviético en la Semana del Cine Español en Moscú la suenan tan moralistas como los censores de Franco.

El tiempo amarillo es una experiencia tan literaria como cinematográfica que sirve al mismo tiempo como retrato más clásico del Fernando Fernán Gómez canónico y como impugnación del mismo. El director, el creativo, la fuerza de la naturaleza, pero también el nieto, el joven desorientado, el derrotado de una guerra en la que ni siquiera tuvo la oportunidad de combatir. Un análisis en diferido de una generación que ya desaparece y además se remata con la presencia del Juan Carlos I como heredero la Monarquía que el niño Fernando vio caer y un prólogo, en la edición de Capitán Swing, de uno de los fundadores de Podemos, Luis Alegre, que por motivos familiares trató al director cuando era pequeño.

En este día del libro, y amén, del centenario y año santo de don Fernando, enfrentarse a las 500 páginas de El tiempo amarillo es rito de paso y ritual obligado para el cinéfilo español, expiación de los pecados incluida. El evangelio según Fernán Gómez, resumen de una época, un cine y una actitud ante la vida.

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