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CRÍTICAS

Hugo 24: This is not Soho, is Valdeacederas

El segundo largometraje de Luc Knowles quiere captar la música invisible de la vida en los barrios de Madrid pero la boicotea con su empeño en copiar los modos del 'indie' norteamericano y ser muy 'cool'
<strong>Hugo 24</strong>: This is not Soho, is Valdeacederas 2

Hugo 24 porque 24 son los años que cumple el protagonista y las horas que tiene para reunir el dinero que impida que los desahucien a él y a su hermana. Un chaval de barrio de Madrid, que se pasa la vida con su mejor amigo haciendo el cafre aunque ya van teniendo edad de buscarse un trabajo, y que sueña con poder tener un piso propio en el que acoger a su madre cuando salga de prisión. Durante un día, el de su cumpleaños, Hugo deberá enfrentarse a las circunstancias y madurar para ayudar a su familia.

Segundo largometraje de Luc Knowles tras Libélulas (2022), con el que comparten la ambientación de barrio, el retrato de la amistad estrecha en la juventud y unos modos narrativos más cercanos a determinado tipo de cine indie estadounidense que a cualquier referente local. Una película que, es básicamente, la misma que La deuda (2024), de Daniel Guzmán, pero contada para una generación más joven y, no tengo claro si por ello, más complaciente y sobreexplicada.

Protagoniza —y produce— Arón Piper, estrella juvenil que intenta alejarse de los papeles que le dan siempre haciendo el papel que le dan siempre de rebelde con un corazón de oro. La gracia de Hugo 24 es que se le supone a esto un mayor naturalismo y «verdad», cosa que no acaba de funcionar siempre, excepto quizás en la relación de su personaje con el de Marco Cáceres, que para más inri es parece que es prestada por la amistad entre los actores. Pero vayamos por partes.

Las formas de Hugo 24

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Marco Cáceres y Arón Piper en ‘Hugo 24’. ©Claudia Campoamor

Hugo 24 quiere contar una historia representativa de cómo se vive y sobrevive en los barrios de la Españita actual. Hasta ahí, siempre bien, sobre todo porque forma parte de una ‘olita’ no identificada de «neobarrionalismo» ibérico. Las cuitas de Hugo y su colega en busca de trabajitos que ayudan a que el primero pague el alquiler se salpimentan con montajes extraídos de las calles de Madrid, del Madrid así currela que no se ve en las series de Netflix, y declaraciones a la televisión de vecinos quejándose de lo achuchada que está la vida.

Es más, la película insiste en que de lo que quiere hablar es de la crisis de la vivienda, con el subrayado de que el padre que abandonó a Hugo y su hermana (Marta Etura) era agente en una inmobiliaria… y ese es el puesto con el que él sueña para darle un hogar a su madre. En ese sentido quizás le perjudica que el caso concreto que presenta está un poco forzado para tener el plazo de 24 horas. Pero también que, más allá de los insertos cuasi documentales señalados, la forma de «fabricar naturalidad» de Hugo 24 es muy artificiosa.

Knowles no deja la cámara quieta ni medio segundo, a veces con zooms o saltos de eje que en lugar de dar dinamismo vuelven las escenas confusas. Los problemas de Hugo y la hermana, aunque sean realistas o representativos, parecen una especie de check-list de lo que alguien cree que son «problemas de barrio», porque les pasa todo a ello. Novio maltratador, madre yonqui y presidiaria, padre ausente, casero mafioso… Que si les roban la moto, le pegan una paliza… todo en 24 horas.

De remate, tiene diálogos de serie estadounidense flojita que chocan con el tono en general, como cuando Hugo se inventa que su madre trabaja de jardinera «en Versalles» porque le da vergüenza admitir que está en la cárcel. Primero: es ridículo y hace al personaje idiota, no ingenuo o entrañable. Segundo: no tiene sentido, se supone que el mejor amigo lo conoce desde niño. Tres cuartos de lo mismo cuando se enfada con su novia universitaria porque «no quiere darle pena para que lo vaya contando en la residencia».

Hugo 24 contra la ciudad

'Hugo 24', de Luc Knowles. ©Claudia Campoamor
Marco Cáceres y Arón Piper en ‘Hugo 24’, de Luc Knowles. ©Claudia Campoamor

Lo peor es que por debajo de Hugo 24 hay una película más interesante. La parte de la amistad está bastante conseguida y casi que se siente como lo que más le interesa al director y sus actores. Hay un efecto recurrente en el que Hugo ve los edificios moverse e incluso escuchamos el rozar de la piedra, con la ciudad intentando tragárselo o caerle encima, que funciona, pero a medio metraje se les olvida y dejan de hacerlo. Y la vida de ese Madrid currela es colorida, alegre y siempre en movimiento, no un topicazo grisaceo y tristón.

No sé si se trata de una lucha del autor entre lo que conoce y cómo que cree que se debe contar en una película que aspire a mainstream o que la forma de representar determinados conflictos está ya tan colonizada por los modos de los Estados Unidos que ni nos damos cuenta y solo sabemos imaginarnos a nosotros mismos según los términos de allí. Y eso incluye también el final feliz relativo, en el que Hugo se deja devorar por los edificios que lo persiguen.

Aparcando la moto: Hugo 24 es una buena idea ejecutada de forma un poquito tontorrona. No está claro si porque el director desconfía de su público o porque cree que esta es la mejor forma de contar determinadas cosas. Todas sus fortalezas las va boicoteando mientras avanza, y los logros en captar esa música invisible de la vida en los barrios se van por el retrete del videoclip que quiere molar mucho.


Dónde ver

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.