CRÍTICAS
La deuda: La batalla perdida por que el mundo no nos convierta en malas personas

Stills de 'La deuda'. ©Manuel Fernández Valdés. Montaje: ©Cine con Ñ
La deuda sigue a Lucas y Antonia, un hombre en sus 40 y la anciana junto a la que vive y a la que cuida, que se enfrentan a una amenaza de desahucio porque la propiedad quiere convertir en apartamentos turísticos el edificio del centro de Madrid en el que viven. La situación lleva a Lucas a tomar una decisión desesperada que tiene consecuencias fatales para otros y para él mismo. De manera que ahora, por el bien de Antonia, deberá escapar de la falta de trabajo, de las trampas de Madrid… y de la Policía Nacional… si quiere impedir que la mujer acabe en la calle y él mismo sin ningún futuro.
Daniel Guzmán regresa a Málaga, donde triunfó con su ópera prima, A cambio de nada (2015), y estrenó su segunda película, Canallas (2022), sin que haya hecho falta que pase el mismo tiempo entre una y otra para volver a verlo firmar un largo. La película se atreve con el tema de los desahucios —que ya eran una vaga amenaza para el protagonista de su anterior obra— y la turistificación del centro de Madrid, elementos olvidados donde los haya del cine español reciente más allá de En los márgenes (2022), de Juan Diego Botto, o documentales como¿Dónde vamos a vivir? (2024), de Georgina Cisquella.
El asunto de la vivienda no deja de tener su miga cuando el propio Guzmán ha sido condenado por lesiones durante la expulsión de forma violenta a unos jóvenes que ocupaban una casa de su propiedad en Madrid. Con todo, La deuda se siente como una secuela lógica de sus anteriores propuestas cinematográficas, que además plantea sus paralelismos con estas de forma explícita y juega ese equilibrio, tan escaso a veces en parte de nuestro cine social, entre mostrar a personajes que viven situaciones duras sin caer en paternalismos y al mismo tiempo presentarlos como personas llenas de recursos y ganas de vivir.
La deuda con Madrid

El Madrid de La deuda es una trampa, una ciudad distópica y feista, llena de habitantes amables y desesperadamente humanos que se ven aplastadas por lógicas crueles y sin alma. La película es, con diferencia, la más pesimista de su autor, pero incluso antes de su final descarnado (y, me temo, un poco previsible) nos regala alguna nota de esperanza. Por el camino, retrata un Madrid frío y de luz mortecina no solo porque sea invierno, con calles sucias, polígonos industriales inhóspitos y que el protagonista acaba contemplando literalmente desde la cima de una montaña de basura. El alma de la ciudad se muere, pero sus ciudadanos luchan por la vida y la alegría.
La narración, que tiene una primera secuencia magnífica, una continuación de ese primer tercio torpe y con prisas y una meseta donde por fin cuenta lo que quiere contar, se contagia de la aventura a trompicones de su protagonista buscavidas. En un Festival de Málaga repleto de óperas primas con guiones y planificaciones trazados con escuadra y cartabón, con más miedo a fallar que ganas de sorprender, y en las que nada falta ni sobra hasta límites irritantes o incluso aburridos, La deuda destaca por su imperfección. Pero es una imperfección nerviosa, como la de las historias que retrata, y que le da personalidad por acumulación.
Así, la película alterna momentos torpes, impropios de un realizador con la experiencia de Guzmán, con elipsis de gran elegancia, alguna rozando la brillantez del narrador que sabe que ni sus personajes ni su público son idiotas. En el primer apartado, diálogos que suenan artificiales en personajes tan cercanos, con especial mención para el del patio de la cárcel con Francesc Garrido o alguno que solo salva Itziar Ituño. En el segundo, la tragedia que abre la trama o cómo Lucas se gana la confianza de la enfermera que interpreta Susana Abaitua.
El problema, quizás, es que uno de los saltos de fe de La deuda, en los que pasa de la situación de partida del personaje a lo que quiere contar de golpe, falla, cuando debería ser crucial. La forma en la que Lucas se va acercando al personaje de Ituño, me temo, no hay por donde cogerla, aunque luego, una vez establecida esa amistad, las situaciones y los actores funcionen. Los del arranque de la película se perdonan, pero este ocurre ya en el segundo tercio del metraje y ya exige tragaderas un poco más anchas. Sirve para mostrar las trampas en las que está atrapado el personaje, pese a su conciencia, y de otra manera resultaría demasiado superheroico, pero falla en la manera de llegar ahí.
La deuda o la vida

Como hemos comentado, el personaje principal que Guzmán se reserva a sí mismo podría ser perfectamente el que interpretaba Miguel Herrán en A cambio de nada, y en parte la película nos lanza guiños para que lo leamos así, aunque luego sus historias y edades no concuerden. Un chuleta de barrio con el corazón de oro pero propensión a cagarla y que salva las situaciones con ingenio y algo de encanto, pero que en aquella al final encontraba un resquicio a un futuro mejor y aquí no lo tiene. El Lucas de La deuda es un lumpen al que ni toda su inteligencia práctica y su esfuerzo pueden sacar del atolladero.
Con el director metido a cronista del Madrid de detrás, el que no sale en las series-anuncio de Netflix y Prime Video, se puede leer como una derrota social y del discurso más o menos de izquierdas que este defiende, el cual en el periodo final de la crisis anterior aún esperaba poder sacar la cabeza del hoyo y confiaba en los barrios y quienes los habitan para cambiarlo todo, y ahora se conforma con preservar lo poco que queda de una economía depredadora que no garantiza ni una vejez tranquila a quienes cuidaron de nosotros.
Archivando el caso: La deuda es una película social por vocación y en sentido estricto pero que evita el habitual miserabilismo y paternalismo que suelen ser pecado y tiene la capacidad de presentar personajes vivos y encantadores. También es un guión un poco torpe, a trompicones, que va demasiado rápido hacia las situaciones que le interesan y se olvida de que si no lo hace con naturalidad, pierden credibilidad. Por otro lado, cuenta un par de historias sobre lo fácil que es quedarse sin nada, ir a la cárcel por pobre o cómo el sistema a veces funciona por casualidad. Nunca sobra que se cuenten así, como se hacen aquí, y no como se acaba haciendo siempre.
Dónde ver


Jose A. Cano