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El universo de Óliver: ‘Mágico’ González no existe

El debut de Alexis Morante en la ficción consigue alejarse de los tópicos de la nostalgia ochentera y contar una historia familiar tan madura como tierna

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El universo de Óliver nos traslada al Campo de Gibraltar en 1985, cuando el cometa Halley está a punto de pasar cerca de la Tierra. Óliver se muda con su familia de vuelta a casa de su abuelo tras vivir en Madrid debido a los problemas laborales de su padre. En un barrio con más problemas de los que parece y en plena adaptación a un colegio y un piso nuevos, la imaginación de Óliver y el apoyo de su peculiar abuelo serán sus únicos refugios.

El debut de Alexis Morante en el largo de ficción tras una larga carrera en el videoclip y el documental es un filme más interesante por cómo cuenta las cosas que por el argumento en sí. Aunque no deja de resultar un producto familiar que llegará por igual a varias generaciones, se enclava en el subgénero «infancias de los 80» y solo la mimetización con las problemáticas de su entorno, Algeciras, la salva de hundirse en una serie de tópicos. Su ventaja es que el material literario, la novela homónima de Miguel Ángel González, amigo personal de Morante, ya tenía suficiente personalidad.

El resultado funciona muy bien como drama, un poco peor como historia de madurez, solo un poco como comedia -aunque justo es decir que no es su intención inicial- y a ratos como artefacto nostálgico. Es de agradecer que no se cebe en las peculiaridades de la época más uno o dos secuencias con mucho sentido del humor, y el resultado del conjunto es tierno y empatizable por cualquier hijo de vecino. Eso sí, igual habría estado bien aclararle al respetable quién fue el ‘Mágico’ González, que ya solo nos acordamos bien de él los que vamos teniendo una edad y los frikardos del balón.

Crítica de El universo de Óliver con algún spoiler

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Como decíamos, El universo de Óliver está ambientada en Algeciras a mitad de los 80 y sus protagonistas, aunque emigrantes económicos que vienen de vuelta, son naturales. Así, consigue librarse de una gran parte de los topicazos del subgénero «niños en bibicleta de cuando el director o el guionista era jóvenes» por la vía de una mayor conciencia de clase y menos indulgencia con los protagonistas. Óliver y su familia tienen problemas de verdad, más allá de si a él le gusta una niña o le quiere pegar un quinqui.

De hecho, si esto lo hubiese escrito Albert Espinosa, y perdónenme la comparación pero es la más evidente, el mundo de los adultos no se habría filtrado de manera tan devastadora en las ensoñaciones de Óliver, ni se subrayaría de forma tan evidente cuando lo que vemos no es real ni por casualidad. Incluso en el habitual momento catártico del coming-of-age que pretende emular a Hollywood, que es casi siempre cuando se queda a solas con la niña que le gusta, ella le advierte que nada de lo que hagan servirá para detener la escalada racista en el barrio -ella es de familia gitana- porque son «cosas de mayores».

Los tics irritantes del subgénero nostálgico están ahí, por supuesto, con esa pandilla hecha con plantilla, la niña interesándose por el protagonista porque sí aunque él ni le hable y etc. Pero la madurez de El universo de Óliver es muy superior a otros artefactos familiares en el mismo estilo porque en la escena del partido de fútbol final, aunque se narre dentro de la ensoñación del niño -en una secuencia de nostalgia bien aprovechada narrativamente-, sabemos desde el principio que cuando el más pequeño de todos marca el gol de la victoria es porque, en realidad, los mayores se están dejando. Y por eso al final, en lugar de pegarle al quinqui de forma inverosímil, como en la aún pendiente de estrenarse Live is life, hay una resolución mucho más madura en la que deciden compartir el campo.

Las trampas de El universo de Óliver

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Morante acompaña todo esto a base de escenas de acción que no lo son y planos que sabemos que son imposibles, pero los sostiene la carga dramática. El algecireño se nota cómodo con el escenario, en una de estas veces en el que un exceso de carga biográfica del autor consigue no estilizar el escenario, sino retratarlo con ecuanimidad. El añadido está en que, siendo un director de documentales, le saca todo el jugo a las actuaciones de un elenco que parece de comedia pero aquí no se aleja ni un milímetro del drama.

Porque la gracia de El universo de Óliver es como está contando una historia de reconciliación entre un padre y un hijo a través de la siguiente generación, la del nieto, y en la dificultad de algunas personas para perdonarse a sí mismas. Igualmente se mete en el jaleo de reflejar los estragos del paro y la marginación hace ya casi 40 años, pero que se hablan con los de ahora, sin dar soluciones mágicas ni regalarle a algún personaje un golpe de suerte con un negocio final. En la película la fantasía es individual o familiar, pero la salvación real llega de lo colectivo y el apoyo mutúo, tanto para los niños como para los adultos.

En fin, El universo de Óliver es un más que notable debut en la ficción para su director. Una película familiar que probablemente se pueda disfrutar en grupo gracias a que tiene varias capas de lectura y que tiene la virtud de superar los tópicos autoindulgentes y un poco narcisistas del subgénero de la nostalgia ochentera para afrontar el pasado, el presente y sus problemas en común desde una perspectiva realista y madura.

Imágenes: El universo de Óliver – Filmax

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