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CRÍTICAS

Olivia y el terremoto invisible: El asalto a la realidad de los desahucios desde la ternura

Irene Iborra estrena su estupenda adaptación del libro infantil de Maite Carranza, una película en 'stop-motion' sobre todas las crisis de la vivienda
Crítica de 'Olivia y el terremoto invisible'

Olivia y el terremoto invisible es la historia de una familia que se queda sin casa, la de la pequeña Olivia con su hermano Tim y su madre, actriz y parada de larga duración a la que apenas le llega para pagar la luz. Ayudados por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), se mudan a un edificio abandonado propiedad de un banco, donde conocen a otras personas en su mismo situación mientras aprenden a sobrevivir… y a evitar que los servicios sociales los separen.

Hace no tanto tiempo este plumilla que humildemente se dirige a ustedes se quejaba de la absoluta ausencia de la cuestión de la vivienda del cine español más allá de los documentales o títulos muy puntuales y específicos como En los márgenes (2022), de Juan Diego Botto, que era lo que era. La realidad, entre ese momento y ahora, decidió mandarme a callar hasta el punto de que esta película coincide con el estreno en cines de La deuda después de Los Tortuga (2024), Un largo viaje (2024), Cuatro paredes (2025) o La furgo (2025).

La diferencia entre todas esas y Olivia y el terremoto invisible es el enfoque infantil y fundamentalmente tierno aunque no se ahorre ni un problema de los derivados de la crisis de la vivienda. Infantil, recuerden, no quiere decir ingenuo, sino filtrado por el punto de vista de los niños, personas pequeñas que no son idiotas, a los que se les puede rebajar la dureza de la realidad, pero no mentirles, o al menos no durante mucho tiempo y no sin consecuencias, algo que también forma parte de la película en sí.

Olivia y los desahucios a cámara lenta

<strong>Olivia y el terremoto invisible</strong>: El asalto a la realidad de los desahucios desde la ternura 1

En Olivia y el terremoto invisible la niña protagonista inventa para su hermano una ficción, que todo lo que les está ocurriendo es una película como esas para las que suele trabajar su madre. Da para algún chiste con muy mala idea —cuando aparece la Policía y el agente judicial a ejecutar el desalojo, el pequeño exclama «¡Qué bien hacen de malos!»—, aunque sobre todo es una reflexión sobre la imposibilidad de dulcificar ciertas situaciones, la propia limitación a la que se enfrenta la película.

Olivia y el terremoto invisible se basa en La película de la vida (El Barco de Vapor, 2017), un libro de Maite Carranza que ha costado más de siete años convertir en este filme y que, en realidad, nace de unos talleres que la autora dio en colegios entre 2011 y 2013. Es decir, durante la crisis anterior. Ha tardado tanto, vía tiempos del stop motion y de las coproducciones internacionales —participan Bélgica, Francia y Chile—, que ha alcanzado a una nueva crisis de la vivienda, en la que situaciones de hace 15 años no suenan desfasadas.

Así, tenemos «okupas» que no son paródicos ni caricaturas asustaviejas, una situación de desahucio más o menos verosímil, respuestas de organización colectiva —completamente ausentes en todos los ejemplos antes citados excepto, de refilón, en la de Botto—, descripción de las secuelas psicológicas y físicas de los desahucios y, en general, una documentación rigurosa, respetuosa y didáctica —es para niños, repetimos— que se echa de menos en otros títulos, sobre el papel, de mayor ambición.

Olivia y los límites de los finales felices

<strong>Olivia y el terremoto invisible</strong>: El asalto a la realidad de los desahucios desde la ternura 2

Y sí, es posible que el reparto multicultural de secundarios de Olivia y el terremoto invisible parezca un poco prefabricado, pero no lo es, es que esas comunidades de personas que se caen por las grietas del sistema económico son así, y también hay gente «étnicamente» española o catalana o lo que sea que acaba ahí. La película es «buenista» porque tiene que serlo para su público, pero en cómo retrata el trabajo de la PAH —apagar fuegos mientras se aplica lo aprendido— o en la diversidad de los afectados es un documental.

Por otro lado, lo que hay que agradecerle al filme de Irene Iborra es, sobre todo, su resolución colectiva. Quizás el final se pasa de feliz —y eso que rebaja el más triunfalista y redondo del libro—, pero, de nuevo, lo hace basándose en situaciones del mundo real, que están en los periódicos. Y, sobre todo, se ahorra el lugar común de un cierre individual, individualista, trágico o de rozar la pornografía de la miseria, como los presentes en los ejemplos antes citados, casi todos centrados en viajes solitarios.

Sin llamar a desokupa: Olivia y el terremoto invisible es una estupenda película para el público infantil que deja más de una y más de dos reflexiones para los adultos —sobre todo en cuanto a cómo trata a esos mismos niños con los que irá al cine— y que ofrece, pese a su origen, digamos, edulcorado, algunos puntos de vista sobre la crisis de la vivienda que suelen estar ausentes en otras producciones de presunta mayor complejidad temática o emocional.


Dónde ver

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Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.

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