CRÍTICAS
Millennial mal: Hacerse mayor podría ser peor

Stills de 'Millennial mal'. ©Unai Mateo. Montaje: ©Cine con Ñ
En Millennial mal tenemos a Judith, una bibliotecaria pública ya en sus 40 y largos que convive con un gato y hace crucigramas. Por un error administrativo, le conceden la beca universitaria que solicitó hace más de 20 años. No pensaba aceptarla, pero por un accidente deja su puesto en la biblioteca abandonado y sucede un robo con destrozo que la manda directa al paro. Así que ahora, para cobrarla la ayuda y salir del paso, deberá hacerse pasar por menor de 30 y asistir a clase durante al menos tres meses.
Lorena Iglesias es la creadora, directora —junto a Andrea Jaurrieta (Nina, Ana de día)— y protagonista de esta comedia que suena a pitch de un microteatro compuesto por chistes de Pantomima Full pero se las ingenia para elevarse como una reflexión sobre cambiar las expectativas o reinventarse a según qué edades. Y eso que no se ahorra ni un topicazo, de los que ya son un poco pesados porque hasta los usaba Zoomers (2025), curiosamente mucho más carca pese a dirigirse a la generación más joven.
En Millennial mal los zetas son unos hipersensibles asexuados frente a unos millenials inmaduros, amantes de los gatos y sin expectativas vitales. De hecho, personificados en Judith y en su aspirante a novio, amante o lo que sea, Saúl (Vito Sanz), son las peores personas del mundo: unos egocéntricos y unos melodramáticos. Ya lo dijo hace poco en Twitter, BlueSky o donde sea don Antonio Martínez Ron: las generaciones son el nuevo horóscopo. Y es justo comentar esta serie con un tuit, porque la mitad de sus chistes son eso, tuits.
Millenial mal, señoras fetén

Iglesias es la parte de Canódromo Abandonado a la que, a pesar de currar bastante como actriz y un poco menos como guionista —eso sí, en cosas muy potentes como Alumbramiento (2024) o Balearic (2025)—, no habíamos visto aún al frente de un proyecto propio. Esta serie es para Filmin y sobre el papel parece dirigida al mismo público que Putos modernos (2023), pero luego es otra cosa que, sin llegar a las cotas de metaparodia de Doctor Portuondo (2021), tiene la decencia de parodiar su propia premisa.
El problema de este humilde juntaletras con Millennial mal es el mismo que lo lleva a ser la única persona de su rango de edad y socioeconómico que se queda fría Poquita fe (2023- ): o me subes el desfase hasta tocar un La que se avecina (2007- ) con ideología o parece que os creéis que esto es un poco de verdad o refleja alguna dinámica real. Y encima el público se identifica, como si eso fuese un valor de por sí.
Para colmo, en Millennial mal la vida ni siquiera está muy malita por razones creíbles, como la precariedad, la crisis de la vivienda o el lento pero inevitable colapso del capitalismo, sino porque Judith es una obsesa del bienestar de su gato y se busca ella sola el despido. Parece una novela de Marta Sanz o La peor persona del mundo (2021). Millennials desnortados pero no por el miedo a hacerse viejos, al paro, a la soledad, etcétera, no, si no porque no han hecho bien lo de quererse a sí mismos mucho y emprender y esas cosas.
Millennial mal, reírse por no votar

Y sí, la serie es graciosa o muy graciosa por momentos, jugando al humor de la vergüenza ajena que lleva siendo el dominante de la conversación moderna más de una década. Mejora cuando interactúan la protagonista y el personaje de Vito Sanz, en lo que en realidad debería ser una subtrama, y empeora cuando te cansas de chistes de que los chavales no saben lo que es una fotocopiadora, que es más o menos la tercera vez.
Lo que pasa es que la propaganda autoindulgente e individualista es propaganda igual, aunque la haga un moderno. Y aunque refleje, de forma exagerada, dinámicas de la vida real, no deja de ser una tecnificación de la misma, reduccionista y dentro de una autoironía controlada. Porque el chiste de los gatos no es tan efectivo si realmente la gente que los llama hijos no se va a ofender por hacerlo. Y a esta serie, y a los millenials ya cuarentones, nos vendría muy bien que fuese a faltar. Pero gravemente, de rozar la denuncia.
Bueno, eso. Que está simpática, Millennial mal. Algunos chistes tienen mucha gracia. Es representativa, pero no exactamente como ella cree. Como le pasó a los sketches de Putos modernos, es más parodia de su generación por existir en sí, como producto, que por los chistes que hace centro. Pero podría ser peor. Podría ser una serie sobre la Generación X.

Jose A. Cano