Críticas
Balearic: El monstruo que sonríe bajo el agua

Stills de 'Balearic'. Montaje: ©Cine con Ñ
En Balearic, Ion de Sosa retoma el pulso político de su cine para internarse en un territorio donde el terror no nace del monstruo, como en Mamántula (2023),su trabajo anterior, sino del confort. En una sociedad anestesiada por la abundancia y la distancia emocional, el director construye una fábula diurna que aborda las dificultades a las que debe enfrentarse la juventud de hoy en día, frente a la decadencia moral de la burguesía.
Cuatro adolescentes se cuelan en el jardín de un chalet de lujo. Tres perros los acorralan, transformando un edén urbanístico en un escenario de caza. A pocos metros, en la casa de al lado, un grupo de adultos celebra una fiesta el día de San Juan. La distancia física entre ambas escenas se convierte en grieta moral, una frontera de clase que define quién puede vivir sin miedo y quién no. La peculiaridad es que los supuestos ricos no lo son realmente. A excepción del dueño de la casa, el resto de personajes son gente más o menos corriente actuando como lo haría la burguesía en su fase más decadente.
De Sosa filma en 16 mm, con una textura áspera y luminosa que confiere a la imagen un aire de pesadilla veraniega. No hay sobresaltos ni sustos: el horror se filtra desde la quietud y con imágenes muy abstractas. La cámara flota sobre el agua, observa los cuerpos con una frialdad entomológica.
La textura de las imágenes nos retrotrae al cine de la Transición. Tal y como afirma el propio director, el film bebe de la influencia de películas como Mamá cumple 100 años (1979), de Carlos Saura; o Las truchas (1978), de José Luis García Sánchez. Es decir, en Balearic, los elementos fantásticos resultan más abstractos y menos explícitos con influencias tanto literarias como cinematográficas.
Balearic, coreografía del privilegio

Balearic se despliega como una parábola moral: la burguesía, encerrada en su hermético microcosmos, actúa como generación tapón con los jóvenes que les suceden. De Sosa convierte la fiesta en una coreografía del egoísmo. Cada brindis, cada carcajada, cada mirada sobre la piscina forma parte de un mecanismo que elimina la culpa bajo la superficie del lujo. La crueldad no se manifiesta como violencia explícita, sino como hábito y como indiferencia.
La piscina, símbolo del descanso, se vuelve espejo de una ceguera colectiva. El agua refleja un orden social donde la tragedia ajena no tiene cabida. Lo que se hunde no son los cuerpos, sino la moral. Bajo el sol, todo brilla, pero bajo esa capa luminosa late una abyección que no cesa.
El cine de De Sosa siempre ha habitado los márgenes con películas de bajo presupuesto, que se mueven entre el costumbrismo y la crítica social. Aquí da un paso más: el monstruo ya no es una criatura, sino una estructura. La violencia no proviene del instinto, sino del privilegio.
Buñuel bajo el sol

Más allá de la impronta del cine de la Transición, De Sosa reconoce que su mayor influencia ha sido la de Luis Buñuel. Su espíritu atraviesa Balearic como una corriente invisible. Como en El ángel exterminador (1962), los personajes de Ion De Sosa están atrapados no por muros, sino por la parálisis moral que los define. Saben que algo terrible sucede, pero el hechizo del confort los inmoviliza. La casa y la piscina se convierten en una jaula luminosa donde la conciencia se disuelve lentamente.
En Mamántula, De Sosa exploraba el deseo reprimido; en Balearic esa pulsión se socializa. El horror ya no es íntimo, sino estructural. Cada plano encierra una crítica feroz a la apatía contemporánea, a la violencia silenciosa de quienes pueden permitirse no mirar. Bajo el agua de una piscina, el cineasta encuentra el rostro de un monstruo tan abstracto como moderno: el que sonríe inconsciente mientras otros se ahogan.
Dónde ver

Mireia Iniesta