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CRÍTICAS

Los años nuevos: No juzga, solo comenta

Rodrigo Sorogoyen y compañía escriben y dirigen 10 episodios diseñados con tanta precisión que la serie solo recibe la conexión emocional que tanto busca cuando rompe el tono o de las interpretaciones de los protagonistas
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Los años nuevos es la historia de la relación entre Óscar y Ana durante 10 años a través de sus encuentros o desencuentros en los días de Nochevieja y Año Nuevo. Él nació el 31 de diciembre de 1985 y ella el 1 de enero de 1986, así que van sumando de los 30 a los 40 en paralelo, primero como dos desconocidos en una fiesta, más tarde como amigos, amantes, pareja y todo lo que haya en medio. Una pequeña vida en la que maduran y cambian, pierden, o ganan, a personas cercanas y ven cómo evoluciona todo a su alrededor.

Rodrigo Sorogoyen vuelve a las series por todo lo alto, con un proyecto que probablemente solo se podía ejecutar en Movistar Plus+ —aunque no hable de la Guerra Civil—, y que se ha estrenado mundialmente en el Festival de Venecia, junto a títulos del nivel de M. El hijo del siglo, de Joe Wright, y en España en la Seminci de Valladolid. En esta ocasión lo acompañan al guión Sara Cano (Ángela, Un asunto privado) y Paula Fabra (Ángela, Deudas) —con participación de Antonio Rojano y Marina Rodríguez Colás— y en la dirección David Martín de los Santos (La vida era eso) y Sandra Romero (Por donde pasa el silencio).

Es curioso de Los años nuevos que escoja un camino tan parecido y tan diferente al de La Ruta (2022), de Roberto Martín Maiztegui y Borja Soler, también producida por Caballo Films. Aquí la década pasa en orden, empezamos en la Nochevieja de 2015 a 2016 y acabamos en la de 2024 a 2025, el futuro inmediato, y los tonos son completamente diferentes, para empezar porque en esta el deseo de reflejar los avatares sociales es, digamos, un adorno, y en la otra es la clave de la serie. La que ahora nos ocupa habla más de la llegada a la madurez y de la forma de afrontar las relaciones de una generación. Una muy concreta, más o menos.

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Protagonizan Los años nuevos Franceso Carril e Iria del Río, ambos intérpretes en la frontera del reconocimiento profesional pero no ser tan conocidos que se coman a los personajes. En general cumplen con notable alto como Óscar y Ana. Por la vía de la acumulación consiguen no convertirse en clichés con patas, aunque sobre el papel lo rocen un poco. Su relación es más creíble por la interpretación de ambos que por cómo verbalizan aquello en lo que son compatibles o incompatibles, y a veces sus amigos parecen un check en una lista. No quiere decir que no haya grupos así en la vida, sino que al representarlos en la ficción se corre el riesgo de que suenen a plantilla.

Por supuesto, la dirección de Sorogoyen por un lado y la de Romero (episodios 2, 3 y 4) y Martín de los Santos (episodios 6, 8 y 9) está al servicio de meternos dentro, en su puñetera intimidad. En la fiesta de 2015 la cámara nos convierte en un borrachuzo más de la mesa, en la de 2016 nos pierde por la casa prestada y en la de 2019 a 2020 nos atropella con el ruido y las luces berlinesas. El episodio final, el de la «reconciliación» de la pareja en un hotel, se mueve en un plano secuencia para hacer de reflejo de su primer encuentro sexual en el inicio. Por ahí casi todo funciona como un reloj en Los años nuevos.

El guión, por su parte, siembra y recoge muy bien, igual hasta pasándose en lo de lanzar situaciones que luego se repiten o espejan de una manera u otra. La forma en la uno de los dos acaba teniendo un hijo no dista demasiado de la de los padres del otro, el momento en el que alguien le propone a su pareja actual el juego de inventar la historia de otras dos personas con las que se cruzan y no se produce complicidad se pasa de explícito… Si un episodio gira en torno a una muerte es que habrá otra en elipsis más adelante. Si otro se basa en lazos entre amigos, el que le hace simetría en la segunda mitad hablará de como esa comunicación se complica con los años. En fin, de manual.

Está todo tan bien ejecutado en Los años nuevos, tan de tiralíneas, que hasta molesta. Si me permiten una referencia que los personajes de esta serie no entenderían: es como ver al Manchester City de Guardiola: juega tan bien, que quieres que pierda. Cualquiera con un poco de sangre va con el equipo loco y fallido, sea el Real Madrid de Ancelotti o el Liverpool de Klopp. Por eso quizás los episodios que mejor funcionan son el tercero, el del Año Nuevo caótico que empalma una ruina tras otra, o el melancólico noveno, ese momento en el que la mochila de los años ya empieza a pesar un poquito y algunas amistades se mantienen, pero desde ciertos resquemores.

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Se puede intentar leer Los años nuevos en clave generacional, pero casi siempre lo es en las claves menos evidentes. Hay diálogos sobre el 15M o Rajoy —el padre de Óscar es un poeta progre ochentero de pasado canallita—, un poco como por cumplir, y en los episodios de 2021-2022 se ve algo de la pandemia —él trabaja como médico internista en La Paz—, pero son lo de menos. Óscar y Ana son «generacionales» por su forma de conocerse, evolucionar en su relación, ir y venir de forma no siempre sana y tomar ciertas decisiones vitales, por inercias diferentes a las de sus padres, pero inercias al fin y al cabo. No son buenos ni malos, simplemente son. Y eso está bien.

Es curioso que un director que ha perpetrado tantos estudios sobre la masculinidad —Que Dios nos perdone (2016), Antidisturbios (2020), As bestas (2022)—, cuando le toca hablar de las normalizadas de su edad, aquellas con las que él mismo se debería identificar, las retrate débiles y un tanto pusilánimes. Probablemente eso es mucho más realista y constructivo que cualquier otra opción, pero había que comentarlo.

Como que el personaje de Ana, en otras manos, daría para un desastre nivel La peor persona del mundo (2021). Aquí hasta te recuerda a alguna amiga. Se produce la paradoja del personaje de Schrödinger, incómodo y confortable a la vez. Eso lo salva de ser otra serie sobre relaciones con tufo a bronquita de tu bisabuela la que estuvo en el Opus Dei, como la mayoría de las que se estrenan ahora, en la nueva moda de hacer pasar lo carca por hipermoderno. Esta serie no. Va de otras cosas. No juzga, cuenta.

Es decir, que Los años nuevos funciona funciona. Se le ven los engranajes si uno va a pillar, pero funciona. Aunque los insertos de otras parejas a las que los personajes se cruzan en cada episodio hablen de un deseo de universalidad que, como comentábamos, en realidad en la serie ni está ni se le espera. También es un relato despolitizado, en el que la precariedad de Ana es una especie de opción vital porque ella es así, joven y alocada, como toda su quinta, que se va de España de puro aventurera. Al menos da para una conversación con la madre, en el episodio 6, que es de las más logradas sobre el choque generacional, un inverso de Óscar no soportando la modernez de sus progenitores.

En fin, vamos recogiendo, que esta familia se querrá acostar. De nuevo: Los años nuevos funciona, vaya que si funciona. Es un mecanismo de relojería narrativo tan bien planificado que hasta a veces le notas las líneas rectas en la pizarra. Quizás por eso solo logra tener aquello a lo que aspira, el alma, la implicación emocional con la vida de esa pareja y su entorno cambiante, cuando se sale de esa hoja de excel tan bien ejecutada y arranca momentos locos o inesperados. Mitad lo consigue gracias a los intérpretes protagonistas, mitad gracias a que la vida se abre camino.

Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.