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La maldición del Windsor: El test de Rorschach

Una serie documental con mucha guasa que tiene más 'true' que 'crime' y que nos recuerda que determinadas teorías sobre casos reales dicen más de quien las sostiene que del suceso que quieren explicar
La maldición del Windsor: El test de Rorschach 1

La maldición del Windsor es un documental de cuatro episodios que explora todas las hipótesis acerca del incendio de la Torre Windsor de Madrid, sucedido en 2005 y cuyas causas nunca se esclarecieron. Desde las más pedestres, como que fue un accidente causado por una colilla mal apagada en una papelera, hasta las más conspiranoicas, como las que implican una complicada colaboración entre el CNI o el comisario Villarejo para tapar oscuros manejos de banqueros con mucho poder.

Con tanto documental basado en las páginas de sucesos de hace 15, 20 ó 30 años, tenían que llegar los que se lo tomasen todo, directamente, a cachondeo. No es que La maldición del Windsor sea una burla, pero tiene ese tono de no acabar de tomarse demasiado en serio lo que está contando que el género necesita desesperadamente. Sin llegar a los límites de Palomares o UMMO, que al fin y al cabo tratan temas aún más lejanos, esta docuserie es todo lo contrario del formato «nuevas pruebas, esto es lo que pasó».

La maldición del Windsor es una producción de Producciones del Barrio, es decir, y como ellos mismos se presentan, «los de Salvados«, con Jordi Évole como productor y Raül Calàbria debutando en la dirección de documentales en este formato, aunque podemos decir que con un larga trayectoria previa en audiovisual periodístico. La gracia está en que, al contrario que otros profesionales de la televisión, al dar el salto al true crime para streaming han mantenido toda la zumba de sus orígenes, dándole una personalidad propia a esta miniserie.

El multiverso de la locura

La maldición del Windsor serie documental HBO Max

Lo primero que llama la atención es que al habitual despliegue de expertos y testigos (bomberos que participaron en la extinción, periodistas que cubrieron la noticia, los arquitectos, peritos judiciales y de la empresa, el alcalde Gallardón) se unen comentaristas culturales como Noel Ceballos, periodistas especialistas en antropología y urbanismo como Raquel Peláez o psicólogos especialistas en pensamiento conspiranoico como Ramón Nogueras. Esta serie, digamos, va del Windsor, pero no va del Windsor.

En el metraje puramente true crime, de hecho, en general se admite que hay poco crime. Aunque se ofrecen todas las posibilidades que se investigaron, las conclusiones están muy pegadas a los hechos demostrables judicialmente. Así que si aparece un corte de Íker Jiménez alentando bulo sobre el famoso «butrón» del Windsor, lo siguiente son los bomberos aclarando que fueron ellos en una exploración posterior al incendio. Y cuando se explican las conexiones de Villarejo con el caso, luego viene aclarar que los papeles comprometidos estaban en la planta 16, así que tenía poco sentido empezar el incendio en la 21 y esperar a que bajase si el objetivo era destruirlos.

Por otra parte los protagonistas de más de la mitad de La maldición del Windsor los Reyzabal, la saga de magnates inmobiliarios propietaria del edificio y de la mítica Izaro Films. Una familia que lo mismo especulaba con el suelo que producía las películas de Mariano Ozores o regentaba las ya desaparecidas salas de fiestas en las que triunfaban cómicos como Martes y Trece. Una circunstancia que regala momentos surrealistas como Millán Salcedo narrando que el extra que hacía de Frankestein en Aquí huele a muerto (1990) era, aunque ellos no le ponían ni nombre entonces, el mismísimo Villarejo.

El monstruo de Frankestein

La maldición del Windsor serie documental HBO Max

En parte, La maldición del Windsor aprovecha para contextualizar la trayectoria del edificio como una especie de viaje desde las miserias de la posguerra (obviando, eso sí, el origen de la fortuna de la familia como parte del saqueo franquista a republicanos exiliados) hasta las miserias de la cultura del pelotazo, con parada en el desarrollismo y la esquizofrénica cultura de la España de la Transición. Eso incluye a Pajares y Esteso, pero también las privatizaciones del primer gobierno de José María Aznar o la evolución del urbanismo madrileño.

Quizás el peor pecado de La maldición del Windsor está en su mayor virtud: consigue abarcar tan bien y con tanto detalle todas las aristas posibles del tema a tratar, que se acaba dispersando. Demasiada información no relacionada necesariamente con el incendio de la que los responsables de la miniserie se han enamorado por lo graciosa o socialmente significativa. Hay momentos que la serie no se acuerda si está a setas o a Rolex, de manera que los dos últimos episodios se indigestan un poco.

De esta manera La maldición del Windsor se propone como un test de Rorschach, unos de los referentes, ejem, científicos de los que tira al comienzo de uno de sus episodios. Una mancha sin forma, al azar, sobre la que cada uno proyecta sus propios prejuicios y vivencias, creando uno de los universos paralelos que proponen. Así, un parapsicólogo verá lo que quiere ver, un periodista de sucesos también y un psicólogo especialista o una redactora más escéptica lo encontrarán muy divertido.

Imágenes: La maldición del Windsor – HBO Max
Jose A. Cano

Jose A. Cano

Jose A Cano (Lora del Río, Sevilla, 1985), es licenciado en Periodismo. Ha trabajado en medios como El Mundo, 20 Minutos, El Confidencial o eldiario.es, entre otros, como periodista de local, internacional o Cultura. Actualmente ejerce como redactor en Cine con Ñ y colabora con medios como El Salto o El Español, entre otros.

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