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La edad de la ira, capítulo 1: La adolescencia no es siempre una fiesta

Es bienvenida por atreverse con nuevas vías para las series «de instituto» y como tirón de orejas al espectador adulto

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La edad de la ira cuenta la historia de Marcos, un joven acusado de asesinar a su padre, desde el punto de vista de sus mejores amigos, Sandra y Raúl, que no pueden creer que sea capaz de un crimen de ese calibre. Con saltos adelantes y atrás en el tiempo vamos conociendo los traumas de Marcos, su situación familiar y los momentos vividos juntos por el trío de amigos, que nos hablan de descubrimiento, amor y acoso, tanto dentro como fuera de las aulas.

La serie de ATRESPlayer es un doble tirabuzón en el actual panorama de series para o sobre adolescentes en España. Digamos que en parte se encuentra a medio camino entre HIT y Élite, porque quiere hablar de problemas de la vida real pero no renuncia a un reparto convencionalmente atractivo -de hecho, pesca una cara en la propia Élite-, y al mismo tiempo intenta superarlas por la vía de asumir que siempre son contempladas con un prejuicio grave, el de los adultos que miran con paternalismo o maldisimulado miedo dicha etapa.

Eso sí, La edad de la ira cuenta con un respaldo que HIT o la mayor parte de series de PlayZ y similares no han tenido: una novela premiada, con larga trayectoria editorial e incluso de lectura en algunos institutos como parte de campañas contra el bullying. Así, el reto de la serie, como lo tuvo la novela, es el de reflejar las preocupaciones propias de los personajes a los que retrata de manera que nos siga contando algo a un público más mayor, recordando con realismo dicho momento vital pero también invitándonos a entender las condiciones en las que lo viven sus actuales protagonistas.

Crítica de La edad de la ira sin spoilers

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Ha querido la casualidad que el parricida de Elche tuviese como parte de sus deberes de clase leer el libro de Nando López. Todos los otros adolescentes de su instituto también lo leyeron, pero los compañeros de la prensa sería se han conformado con echar un ojo a la sinopsis de la novela y montar una historia de titular llamativo buscando un El guardián entre el centeno patrio. Es un buen resumen de lo que buscan muchas series como la adaptación de La edad de la ira: insistir en que los adolescentes no son como creemos o queremos creer que son. Como las generaciones anteriores, en su momento, nos acusaron a nosotros de ser.

De hecho, sin desvelar detalles del final, apenas 15 minutos del primer capítulo de la versión seriada de La edad de la ira bastarán a cualquiera para demostrar que difícilmente esta serie invite al asesinato. La autoría y las razones de la muerte, digamos, son spoiler, pero recordemos que apenas se trata de una excusa. Si se intenta explicar algo tanto en el original como en su versión audiovisual es el origen de esa ira en esa edad, y por qué se debería trabajar en que no exista.

En su primer episodio, el que de momento hemos podido ver, no acaba de huir el melodrama pero al menos lo equilibra con retazos bien medidos de alegría de vivir, pastelosa e instagrammer pero inevitablemente asociada a la edad del pavo. Al mismo tiempo se apuntan los temas que explicarán todo lo que está por venir: acoso, maltrato, bullying, homofobia y demás conflictos que nos recuerdan que el instituto -o a veces la propia casa- no son una fiesta ni un recuerdo idealizado para todo el mundo. Animando, en fin, a salirse de la propia experiencia como medida de todas las cosas, que es lo que se intenta enseñar precisamente a esa edad.

Adaptar o adaptarse

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La edad de la ira ya cuenta con una adaptación anterior, en este caso al teatro, por parte de La Joven Compañía y estrenada en 2017. Cada salto de formato ha optado por diferentes decisiones, pero en este caso, con apenas un capítulo en la mano, parece que la versión seriada ha querido parecerse más a la escénica que a la novela. La razón es obvia: ambas eliminan al periodista que hace narrador en el texto original y organiza los testimonios en primera persona de los protagonista. El filtro adulto desaparece para dar lugar a un acción aún más descompuesta temporalmente pero donde las voces de los jóvenes tienen prioridad.

El punto de vista adulto, en cualquier caso, permanece en la figura del personaje de Eloy Azorín, Álvaro, el profesor abiertamente homosexual que sirve de referente y mentor a los protagonistas, aquí más veterano y seguro de sí mismo que en la novela, donde todo lo que ocurre le pilla en su primer destino como docente. Aunque el formato es de serie «de calidad», todo esto son señales: en parte, los adultos aquí sobramos un poco, pese a que el mensaje esté en un tono que nos intenta incluir, y no expulsar o invitar a la fantasía sexual turbia, estilo Élite.

La edad de la ira, en fin, apunta maneras para ser una de las miniseries del año y ya su mera existencia sirve para que la ficción «de instituto» pruebe nuevas vías en esta España nuestra. Quizás de ser la serie de alto nivel que quiere ser la puedan alejar algunos tics melodramáticos y las actuaciones, en las que solo destacan Aberasturi y Azorín. En todo caso, es una aportación bienvenida, un testimonio necesario y un tirón de orejas imprescindible al espectador resabiado que ya peina canas o va camino de ellos y se cree que solo existe su gusto lector.

Imágenes: La edad de la ira – ATRESPlayer PREMIUM

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