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Historias para no dormir: Todos los caminos llevan a Chicho

Cortés, Ortiz, Plaza y Sorogoyen eligen vías muy diferentes para «traducir» a Ibáñez Serrador a la actualidad, desde el thriller al homenaje metatextual sin descuidar el humor

Historias para no dormir: Todos los caminos llevan a Chicho 1

Historias para no dormir adapta cuatro episodios de la serie clásica dirigidos por Chicho Ibáñez Serrador, ahora de la mano de directores actuales: Freddy (dirigido por Paco Plaza y escrito por este junto a Beto Marine), El asfalto (dirigido por Paula Ortiz y escrito por Manuel Jabois y Rodrigo Cortés), El doble (dirigida por Rodrigo Sorogoyen que coescribe con Daniel Remón) y La broma (escrita y dirigida por Rodrigo Cortés).

Ortiz, Sorogoyen, Plaza y Cortés han optado por vías muy diferentes para «actualizar» la vieja Historias para no dormir. Casi se podría decir que la serie sirve como desplegable de las formas de abordar el género de terror en la actualidad, al menos desde una perspectiva más o menos de autor: meta, comedia negra, thriller y lectura social. Faltaría el de sustos puro, pero en realidad ese nunca fue el terreno de Ibáñez Serrador, ni en sus obras más canónicas.

Por otra parte, Prime Video continúa en su eterna búsqueda de la relevancia cultural y consigue un homenaje involuntario a las anteriores secuelas o remakes de la obra de Ibáñez Serrador -la tercera temporada del 82 y la versión de TeleCinco de 2005-: su propia naturaleza y su emisión la convierten en un producto que mucha gente va a conocer pero quizás muy poca visionar y aún menos apreciar. Aunque puede que esa fuese la intención.

‘Freddy’: Chicho himself

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Ya hablamos por aquí del homenaje de Paco Plaza y Beto Marini a Chicho Ibáñez Serrador por la vía de convertirlo tanto en personaje dentro de la historia como en detonante de la acción. El episodio más meta, que ambienta la acción en el rodaje del ‘Freddy’ original de 1982 pero lo hace a través de parecerse a otros productos de terror de la época -Mario Bava, Dario Argento- antes que copiar los manierismos de la serie original.

Es también la entrega más cómica de las cuatro, que se reboza en el cachondeíto fino a la mínima y con una gran retranca a la hora de presentar la España del 82 y al mismo Chicho como un tipo perfeccionista y fastidiado por el hecho de tener que grabar en vídeo. Incluso se da un lujillo al spoilear de forma explícita el final del capítulo original, que ha envejecido mal, y darle otra vuelta de tuerca a lo que parece que ocurre.

Con este episodio, por cierto, Plaza se convierte en el primer director que no es el propio Ibáñez Serrador en dirigir más de una entrega de Historias para no dormir y en dos temporadas diferentes, ya que también participó, como su socio Marini, en la fallida entrega telecinquera de 2005. Es adecuado, así, que sea el más juegue con la percepción icónica de lo que significa la serie.

El asfalto’: El teatro de la precariedad

Historias para no dormir

Las movidas con riders reflejando la desigualdad deshumanizada del presente van a convertirse en subgénero. Paula Ortiz dirige la traslación al presente más directa y respetuosa con el tono de una de las Historias para no dormir originales, en un guion con el que Rodrigo Cortés hace doblete con ayuda de Manuel Jabois.

Así, Ortiz es la que más se borra como autora de los cuatro cineastas que participan en este remake, de manera que se permite, incluso, jugar con la naturaleza explícitamente artificial del entorno. Aunque durante la introducción el repartidor Ubaldo se mueve por un Madrid actual realista y cuasi documental, cuando la tierra empieza a tragárselo el decorado se hace evidente.

Si en el episodio original los diseños de Mingote y la ambientación de programa infantil subrayaban la tragedia, aquí son los juegos con las redes sociales y la comedia costumbrista los que magnifican la tragedia que solo interpretan los personajes de Rovira e Inma Cuesta.

El doble’: Black mirror

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Rodrigo Sorogoyen se marca en este caso, más que una actualización, una adaptación a los que son las antologías de terror en los últimos, en este caso, básicamente, Black mirror. Lo que queda es una relectura de los clásicos de la ciencia-ficción de los 50 –para algo el original es un relato de Ray Bradbury-, con sus dilemas éticos más grandes que la vida expresados a través de problemas cotidianos y su doble giro final.

El director de Antidisturbios se recrea en un doble juego distópico con la actualidad -en el futuro indefinido donde se desarrolla la acción sigue habiendo restricciones sanitarias y confinamientos cada pocos meses- y la recreación de ambientes opresivos pero luminosos, recurso de la mencionada serie de Charlie Brooker pero también muy del Ibáñez Serrador que disfrutaba torturando pijos.

La única pega: es el episodio que más en serio se toma a sí mismo, quizás demasiado. El resto saben que no están reinventado la rueda, este se empeña en recordarnos que es trascendente -y eso que de última es una revisión torpe de The Surrogates o la reciente West World-. Más que nada porque tiene su chimpún con homenaje muy sutil de RUR de Karel Capek, la «primera historia de robots» -y por extensión, a Blade Runner-, pero por gracioso que sea pillarlo, no hace sino subrayar que está analizando algo con claves superadas hace casi 40 años.

La broma’: El chiste del faraón y el escriba

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Rodrigo Cortés se explaya aquí con su habitual querencia por la comedia negra y la burla de ciertas convenciones sociales, dándose el gustazo de reflexionar sobre la verticalidad del humor en, de nuevo, una traducción a las neurosis y los modos de narración actuales del episodio original, que expande y retuerce a su gusto al igual que Plaza tomando lo que quiere de los referentes que utilizó Chicho -en este caso sobre Hitchcock, tampoco era tonto- más que de Chicho en sí.

En parte Cortés decide añadirle crítica social con un trío de personajes sin villanos ni héroes pero en el que el personaje más antipático vuelve a ser una parodia del empresario «hecho a sí mismo», machuno y faltón, que usa su posición de poder para practicar un humor irrespetuoso e irritante más destinado a marcar su estatus que a hacer reír. Si acaso vuelve más explícitas las relaciones de dominación cambiando uno de los chistes, de broma sobre soviéticos quizás caducada a un faraón y un escriba.

Al final ‘La broma’ es el episodio más de suspense tradicional, sin giros de ciencia-ficción o sobrenaturales, en cuyo reparto, sobre el papel el más potente, solo Nathalie Poza se luce, y donde la novedad más evidente respecto al de los años 60, además del doble giro final -el original hoy tampoco habría funcionado- es que se pasa del metahumor -el personaje interpretado por Narciso Ibáñez Menta era productor de cine- a la crítica explícita de la corrupción empresarial.

Imágenes: Fotogramas de Historias para no dormir – Prime Video

Puedes ver Historias para no dormir 2021 completa online aquí.

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