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Bienvenidos a Edén: Tonterías de lujo

En Bienvenidos a Edén un grupo variopinto de influencers es invitado a un evento exclusivo en una isla paradisíaca para promocionar un nuevo refresco. A la mañana siguiente cinco de ellos despiertan descubriendo que el barco que los llevó se ha marchado sin ellos y están atrapados en el lugar. Allí se convierten en huéspedes de los encantadores miembros de una extraña comunidad, Edén, que parecen vivir en armonía con la naturaleza. Pero, por supuesto, nada es de color de rosa en esa comunidad, y para sobrevivir los protagonistas deberán descubrir sus secretos.
El problema principal de Bienvenidos a Edén es que está demasiado diseñada para ser un superéxito, no sé si me explico. Se esfuerza tanto en ser la megaserie que nos va a reventar la cabeza, la siguiente El juego del calamar, La casa de papel o Lost… que satura. Entran ganas de gritarle a la pantalla que, por favor, se relajen un poco y le pongan algo de sentido del humor a lo que están contando, porque a veces sobrepasa el ridículo involuntario. Y eso que el despliegue de medios es espectacular, desde los exteriores hasta la posproducción (sin tropiezos tipo los Pokemons de Feria: La luz más oscura).
El reparto, el guión, la ambientación, los arranques de cámara en mano para avisarte de que te preocupes por los personajes o la explotación del buenorrismo son como una sobredosis de azúcar. Como dijo Scott McLoud refiriéndose a los cómics de superhéroes, a todos nos gusta el pastel de chocolate, pero, ¿quién quiere comer solo pastel de chocolate toda su vida? Y encima uno de bollería industrial.
Crítica de Bienvenidos a Edén sin spoilers

Que en Edén huele a chamusquina no es destripar nada, se intuye desde el mismo tráiler, cuando Amaia Salamanca, en su personaje de supervillana pasivo-agresiva de manual, mira a cámara recitando el título de la serie. Se supone que el suspense -sobre quién es la gente que vive en la isla, sus objetivos y qué quieren de los protagonistas- es el punto fuerte, pero en realidad se empeña en dramatizarlo a base de líos de cama varios como si estuvieran rompiendo moldes.
La realización es lujosa y a todo trapo, exteriores espectaculares y despliegue de medios para una narración de thriller por defecto en la que los subrayados y la música se empeñan en refregarnos por la cara cómo debemos sentirnos en cada escena. Solo Amaia Salamanca es consciente de que tiene que dar mal rollo por sí misma y no dejárselo todo a la narración. Pero claro, es que es la más veterana del reparto principal (sale Ana Wagener, pero muy secundaria). Ese es el nivel de un elenco que, como decíamos más arriba, se ha escogido con criterios de Élite: buenorrismo por delante de capacidad profesional (y una dirección nula que mantiene a todo el que no da para más en el mismo registro).
Argumentalmente Bienvenidos a Edén es como empezar Perdidos directamente en la temporada 3 ó 4, viendo el asunto desde dentro de la comunidad de Los Otros o la Iniciativa Dharma. Con dos agregados tomados de Élite: un montón de chavalines indistinguibles y sin personalidad en lugar de los carismáticos enajenados mentales del vuelo de Oceanic y una narración que confunde construir personajes con hacer un melodrama intenso, aunque se pretenda que esto es suspense. Si a usted le hace gracia semejante mezcla sicalíptica, trínquese un mojito con Red Bull y a disfrutar.
Politiquilla para quinceañeros andorranos

La caída de suscriptores y en bolsa de la plataforma por defecto provocó que, como siempre, cada cual en el análisis arrimase el ascua a su sardina, afirmando que Netflix pagaba sus contenido excesivamente diversos y «woke«. Pero resulta que lo que tenemos aquí, en este mezcla de los peores tics de Élite, La casa de papel, la mencionada Perdidos y alguna más, es un alegato reaccionario y conservador que apesta a alcanfor.
El típico guión al que le gusta parecer muy «diverso» para quedar bien pero castiga a los personajes que mantienen más relaciones sexuales. Supervillanos veganos que viajan en coche eléctrico y dan mucho la tabarra con la crisis climática. Moralina familiar misógina en la que tener una «mala madre» te condena a ser disfuncional en tus relaciones. Bienvenidos a Edén la firmaría cualquier supernumerario del Opus Dei. Si Netflix es «progre», yo soy la reina de Inglaterra.
Se intuye que alguien en el equipo creativo de Bienvenidos a Edén piensa que estos malosos rollo «secta errejonista» son originales, pero nada más lejos. Sin mencionar Tenet, a la propia Iniciativa Dharma a la que hacen referencia explícita y alguna más, ya en los 70 las comunas malrrolleras eran un tópico flojo. Y están también en Rise by wolves, otra serie de la que toma elementos al tuntún.
Los «buenos» son cisheteros intensitos que acaban defendiendo valores familiares tradicionales, los «malos» diverses poliamoroses veganes. Es tan ridículo como lo contrario y es evidente que está hecho a propósito. Esta especie de performance de Vistalegre II con diálogos de instituto y melodrama baraturcio no es que sea exactamente ofensiva, pero sí excesivamente simplona.
En fin, resumiendo. Bienvenidos a Edén es una tontería de lujo, como las que acostumbra Netflix. No da vergüenza, como otros escarceos españoles de este estilo tipo El barco, pero como suspense no vale, y la guapura reinante y el despliegue de medios adjunto no compensan un guión que toma por tonto al espectador. En cuanto a las lecturas políticas, que las tiene y muy explícitas, se creen tan provocadoras como rancias acaban resultando en una serie que está demasiado encantada de conocerse. Vamos, va a ser verdad que es la nueva La casa de papel porque ambas han acabado teniendo la densidad del discurso de un youtuber de 16 años que acaba de descubrir a Jordan Peterson. Qué pena.
Imágenes: Bienvenidos a Edén – Netflix

Jose A. Cano