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Código Emperador: De las cloacas salen luces

La película escrita por Guerricaechevarría y dirigida por Coira va sobrada para cumplir con los códigos del thriller de espías e introducir algunas variaciones

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En Código Emperador seguimos el trabajo en la sombra de Juan (Luis Tosar), un agente secreto a sueldo de los servicios de inteligencia españoles. Él y su unidad especial llevan una serie de investigaciones, que van desde las causas nobles oficiales hasta la más oscuras sin posibilidad de rastreo. Se encargan tanto de parar tráfico de armas y así evitar amenazas terroristas como de limpiar o fabricar trapos sucios de políticos y empresarios. La película arranca con un caso en el que Juan empieza a implicarse de forma muy personal.

Dirige la película Jorge Coira, que viene del éxito de Hierro y pronto estrenará también la serie Rapa, y la escribe el todoterreno Jorge Guerricaechevarría, que últimamente se ha podido independizar del cine de Álex de la Iglesia y Daniel Monzón a base de thrillers (Quien a hierro mata y Hasta el cielo). La mezcla de ambos, pasada por la experta maquinaria de la productora Emma Lustres y su productora Vaca Films, ha resultado en una película de espías para tiempos de Villarejos, una versión del tráfico de información del cine de Lumet adaptada a nuestras cloacas de siempre.

Código Emperador va sobrada para cumplir con los códigos tecnológicos y los desapegos emocionales que se le piden a un thriller de espionaje moderno y, además, no tiene miedo de añadir distintas tramas paralelas para que el moralmente ambiguo camino del antihéroe se salga un poco de la norma. No es que su omnipresente personaje protagonista sea especialmente carismático ni tenga muchas aristas, pero un cumplidor Tosar y una tela de araña argumental bien dirigida la elevan por encima de la media.

Alguien tiene que hacerlo

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Esta ficción tenía el listón alto porque ya estaba ahí fuera la realidad. Los españoles tenemos una idea en la cabeza -igual algo difusa- cuando se mencionan las «cloacas del Estado» en cualquier tweet o vídeo viral, una realidad de siempre que los cambios que ha vivido el país en los últimos 10 años han hecho más evidente que nunca en la vida mediática y política de 2022. De aquí sale el mundo de Código Emperador, que tiene líneas argumentales que podrían oirse en una comparencia en el Congreso o publicarse filtradas en OkDiario.

La película, por tanto, es consciente de que no desvela realmente nada que no veamos en el telediario, sino que más bien atestigua esa realidad a través de su lado más simbolicamente cruel y moralmente ambiguo: el de los peones que lo llevan a cabo. Por eso, dentro de que esto es un thriller y pide movimiento, Guerrica y Coira se preocupan en problematizar los distintos poderes que operan en la sombra y de conectarlos entre ellos a través de la unidad de Juan (Tosar), haciendo ver que forman parte del mismo sistema, que necesita de «conseguidores» para que siga funcionando en favor de determinados intereses.

Heredera comercial del paso de Sorogoyen y Peña por temas similares (El reino, Antidisturbios), Código Emperador está más interesada en molar que en profundizar en estas conexiones sistémicas, pero no crea un dilema entre los dos verbos. Es capaz de enseñar lo que pasa siendo lo suficientemente sutil y ágil: no tienen que aparecer los illuminati para que entendamos la big picture y no hacen falta 30 persecuciones en coche para evitar que miremos el móvil cada rato. Representa simbólicamente a los distintos agentes (la clase política y judicial, la empresarial o la mediática) mientras va contando un clásico drama personal.

Coira dirige bien el barco, algo que se nota especialmente si se compara esta película con otro guion reciente de Guerricaechevarría: Hasta el cielo. Lo que en manos de Calparsoro resultó algo inconsistente, con una potente presentación de personajes que luego se perdía en un desarrollo cada vez más vertiginoso y absurdo en un carrusel de lugares, aquí, pese a las distintas tramas, no se pierde el pulso en ningún momento de cómo y qué se quiere contar. El tono es el que es y se mantiene en toda la película.

Código Emperador, código humano

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Al final, la película quiere encajar el camino personal de Juan dentro de ese mundo. Y la cosa funciona porque se pone encima de la mesa los discutibles valores éticos y las decisiones humanas que toma el personaje de Luis Tosar dentro de ese gran engranaje. Varios personajes juzgan al protagonista en estos términos y el guion de Guerrica lo mantiene todo el rato en el alambre entre el soldado insensiblilizado y la figura semipaternal. Aunque su desarrollo dramático tiene poco espacio y el personaje no es especialmente complejo, la presencia de Tosar y algunas escenas clave acaban resolviendo esa papeleta.

La ligera fotografía de Pablo Rosso, más cercana a los colores de la saga Bourne que a los de la de Bond, y la versátil producción de Vaca Films y Emma Lustres suman en un final en el que, sin hablar de detalles concretos, se salvan de la quema algunos de esos poderes para mantener la ilusión de que aún hay ciertos resquicios con los que quebrar parte de la gran fachada. Siempre, claro, a partir de decisiones individuales que puedan romper el silencio.

Código Emperador es un thriller consciente de los arquetipos construidos a los que se enfrenta (los engranajes del cine de espías, los poderes en la sombra, un protagonista masculino quebrado por una historia personal…) y usa ese escenario a su favor para sobresalir dentro del magma de «contenidos». Con un equipo más que solvente a los mandos, de la oscuridad de las cloacas salen algunas luces.

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