Análisis
Claudio Biern Boyd apostador, casi siempre ganador

Claudio Biern Boyd fue la figura más importante de la animación española a nivel industrial en las décadas de los 80 y 90. La lista de series que llevaban su nombre en los créditos ya es conocida y se repetirá aún más en estos días tras su fallecimiento, pero lo relevante de su carrera va más allá del recuerdo idealizado de los dibujos animados de nuestra infancia: se atrevió a buscar los socios más potentes para producir en un país sin industria y a crear todo un imperio del merchandising, entonces en pañales, en una España sin tradición.
La fórmula de BRB Internacional es bien conocida, una mezcla de adaptación de clásicos de la literatura con animales antropomorfos, aventuras sencillas y humor blanco pensando en niños pequeños antes que en adultos o adolescentes resabiados. Se asoció con gigantes como Nippon Animation porque en ese momento, finales de los 70 y principios de los 80, de ese mercado salían las series más populares y mejor animadas, pero tampoco tuvo problemas en ir con el viento y produjo e incluso escribió él mismo animación para el Mundial 82 o el Quinto Centenario en los 90.
En la animación española quizás solo se le podría comparar por su importancia Cruz Delgado, responsable de la mítica Don Quijote de la Mancha (1979) y Los Trotamúsicos (1989-90) y primer ganador del Goya a la Mejor Película de Animación por la película basada en esta última, Los cuatro músicos de Bremen, en 1990. Biern Boyd nunca tuvo las aspiraciones artísticas o creativas de este, pero sí una mayor ambición empresarial.
El pionero de la coproducción, las licencias y el merchandising

BRB, creada en 1972 y ahora gestionada por su familia, no se esconde y presume como parte de su estrategia de gestionar licencias ajenas y expandirse a base del merchandising, una vía de rentabilidad para los productos infantiles que empezó con el estreno de La Guerra de las Galaxias en 1977 y en España estalló con la llegada del Mundial de Fútbol, en el que la Editorial Bruguera de Mortadelo y Filemón o Zipi y Zape intentó hacer su agosto a base de especiales y muñecos diseñados para la ocasión.
La animación japonesa estaba presente en todo el mercado europea de la época, y en 1980 Biern Boyd la trajo a España con Ruy, el pequeño Cid, quizás fallida creativamente y lejos de la influencia de sus referentes Heidi (1974) y Marco: De los Apeninos a los Andres (1976). Sin embargo fue el primer paso que permitió luego los grandes éxitos de D’Artacán y los tres mosqueperros (1981), La vuelta al mundo de Willy Fogg (1983) y David el Gnomo (1985), la primera serie española en ser sindicada por un canal en EEUU.
El mérito de Claudio Biern Boyd hay que ponerlo ahí, en el olfato comercial y, por qué no, creativo en la búsqueda de una estructura empresarial, de la rentabilidad. Con sus series de animación buscaba, como él mismo nunca dejó de insistir en las entrevistas, «ganarse la vida». La base de sus primeros trabajos fueron obras literarias que él mismo había devorado de niño, pero siempre teniendo en cuenta los gustos del momento. El sentido práctico de un tipo que siempre puso mucho énfasis en el guión, que prefería al dibujo ya que, como siempre admitió también, no se consideraba especialmente dotado para el mismo.
Calificarlo como el «Walt Disney español» es tan exagerado como las acusaciones extemporáneas de «robar» productos ajenos. En la actualidad, más hechos al consumo de series o de animación como productos con autoría, seguimos sin tener claros sus límites, pero podemos decir que sus funciones de productor y guionista lo dejaban más cerca de lo que ahora llamaríamos un showrunner, siempre acompañado de directores que fueron colaboradores estrechos como Luis Ballester Bustos. Tampoco es extraño que fuese fundador de la Academia de Televisión, dado su empeño por dignificar el medio.
Claudio Biern Boyd, el referente

En los 80 fue el amo absoluto de la parrilla infantil con permiso del mencionado Cruz Delgado, pero en los 90 vivió de las rentas. No funcionaron igual de bien las secuelas de sus series míticas, su debut en la privada con título como Los intocables de Elliot Mouse (1996) tuvieron un éxito moderado y se estrelló en los repetidos intentos de llevar a la animación a los personajes estrella de la vieja Bruguera. Francisco Ibáñez, de hecho, sigue hablando mal de la serie sobre los agentes de la TIA en 1994.
El nuevo siglo ya incrementó la competencia y Claudio Biern Boyd fue pasando a segundo plano por una cuestión de edad, convertido ya en referente al que se homenajeaba en los eventos de un sector que iba creciendo en posibilidades técnicas y presencia internacional, de la mano también de esas coproducciones para las que él había abierto camino unas décadas antes. La fórmula de Tadeo Jones, al final, no está tan lejos de su 2 + 2 son cuatro y que los niños se lo pasen bien de los 80.
La ironía está en el Goya que no pudo conseguir D’Artacán y los tres mosqueperros (2021), producida por la Apolo Films que él mismo fundó y comandada ahora por su hijo, por poseer más porcentaje de coproducción del que permiten las reglas para ser nominada. Curiosamente otro de los largos de animación de ese año, Gora Automatikoa (2021), bromeaba con una circunstancia parecida, y el ganador, Valentina (2021), tuvo su propia polémica a costa de la autoría. La animación de la España actual y su industria, siempre precaria y necesitada de contacto exterior, sigue sin estar tan lejos de la que se encontró en los 70 el ya histórico Claudio Biern Boyd.


Jose A. Cano