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D’Artacan y los tres mosqueperros: Un remake que sabe a poco

La película infantil busca la esencia de la original, pero se pierde en una animación digital demasiado ambiciosa para sus posibilidades

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Los perros mosqueteros han vuelto. La serie de los 80 D’Artacan y los tres mosqueperros resucita en forma de película contando la historia desde el principio: la llegada de D’Artacan a París para convertirse en mosqueperro, su amistad con Pontos, Dogos y Amis, su enamoramiento de Juliette y su lucha contra los malvados planes del Conde de Rochefort, Milady y el Cardenal Richelieu. Una aventura de animación que tiene lo justo para mantener la atención de los más pequeños y acercarles la novela de Dumas, pero que se queda demasiado corta para todo lo demás.

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Como la serie… pero no del todo

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Dirigida por Toni García, D’Artacan y los tres mosqueperros es muy parecida a lo que fueron las dos temporadas de la mítica serie de animación original de Claudio Biern Boyd, hombre clave en el desarrollo de la animación en la televisión española de los 80 también con La vuelta al mundo de Willy Fog (1983) o David el gnomo (1985). La trama de la película es, con sus cambios -especialmente en lo relativo a los personajes femeninos- y resúmenes, una recuperación de la línea argumental principal de la serie. Y esto, aunque da varias dificultades, se mantiene con dignidad.

En espíritu y carácter, la película también recupera ese aroma inocente y aventurero que compartían todas las producciones de animación infantiles de aquella época, y más la de Biern Boyd. La cándida apuesta de valores es también la misma que en la original, con la defensa de la amistad y el honor por bandera. Ahí está el respeto por la fuente primaria, la famosa novela de Alexandre Dumas, que también marca el diseño de personajes y ambientes. Y, por supuesto, no falla la famosa banda sonora.

La vuelta a la agradable esencia ochentera sería casi total si no fuera por la animación, que pasa del tradicional 2D a la animación digital en 3D. Aquí es donde se ha puesto el principal enfásis y razón de ser a este remake, que ofrecía una imagen completamente renovada a la historia de los mosqueperros al servicio del Rey Luis XIII. Era el gran paso para acercar a los niños de hoy la nostalgia de sus padres. Pero se puede decir que el resultado no está a la altura que debería y que, incluso, acaba restando más que sumando.


Los límites de la animación en España

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Es una lástima, pero la animación de D’Artacan y los tres mosqueperros se queda demasiado corta para las aspiraciones que tiene. Aunque el diseño de los personajes y ambientes en estático queda muy bien, con un gran trabajo en texturas y detalles de colores, se le notan las costuras en cuanto hay movimiento o fondos con muchos detalles. Se ve especialmente en las batallas con las espadas, que no por blancas deberían de tener ese tipo de lagunas o automatismos.

El estilo de la animación acaba perjudicando hasta esa cuidada vuelta a los orígenes de la serie. La elección de una apariencia impoluta, brillante y perfectamente limpia que tienen todas las imágenes le quita parte de la personalidad que sí tenía la original. Aquí es todo tan aséptico, plano y mecánico que los personajes no emiten la vida o la misma personalidad que antes. Esa pérdida de encanto se nota más cuando la película introduce secuencias en 2D a modo de homenaje, que en realidad funcionan mejor que las otras.

Al final, esta película vuelve a dejar claro los límites que tenemos a la hora de producir animación en Europa y, sobre todo, en España. Porque animar con garantías es importantísimo, pero sale muy caro: D’Artacan y los tres mosqueperros es un proyecto de vocación internacional -todo está hecho para verse en inglés- que se ha producido después de varios años de esfuerzo y con 8 millones de presupuesto. Para hacerse una idea son números muy similares a los de las dos primeras películas de Tadeo Jones, pero no es ni un cuarto lo de que ha costado Klaus. Por no hablar de la comparación con una de Disney, que supera siempre los 150 millones. Esto se nota.

Recapitulando y echando el cierre: D’Artacan y los tres mosqueperros es una película con pocos riesgos pero gran respeto por su material original, del que se mantiene su halo y tira de su nostalgia. Son las limitaciones de su renovada animación las que acaban haciendo más mal que bien a sus intenciones. Podrá funcionar para hacerlo más digerible a los niños, que son los verdaderos protagonistas, pero se perderán algo del espíritu que conquistó a sus padres.

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