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Reportajes

Charo López, la actriz que sobrevivió a su belleza

El documental 'Me cuesta hablar de mí' repasa la carrera de la actriz salmantina, que pasó de mito erótico a tener que aprender a actuar sobre la marcha para seguir a flote
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Su marido iba a hacerle una entrevista, pero Gonzalo Suárez se fijó en ella y le propuso salir en su primera película, Ditirambo (1967). Charo López, por aquel entonces una joven profesora, aceptó sin saber ni qué papel era. Así, de rebote, empezó la irregular y luchada carrera en la interpretación de una actriz que se pasó décadas buscando frustradamente su sitio hasta encontrarlo. El documental Me cuesta hablar de mí, dirigido por el también salmantino Chema de la Peña, cuenta la vida y trayectoria de López, durante la cual superó los estigmas asociados a su físico, su falta de formación interpretativa y su suerte, que casi la dejan fuera de la profesión.

El título del documental ya avisa: a López no le gusta exponerse. No ha vendido nunca su vida privada y solo ha concedido entrevistas relacionadas con su trabajo. Por eso dudó cuando de la Peña le propuso hacer un documental sobre ella. No tenía ya nada que contar, pensaba. «¿Qué gano yo con todo esto?», se pregunta la penetrante voz de la actriz en la propia película. «El argumento que la convenció fue hacerle ver que es un ejemplo, de hitos y esfuerzos, para muchos actores y actrices. Lo es para la vida en general, una dedicada con mucha pasión a su profesión, con todos sus sinsabores y sus aciertos», dice el director a Cine con Ñ.

El golpe de suerte con Gonzalo Suárez

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Charo López en ‘Ditirambo’, de Gonzalo Suárez

Rosario López, Charo, crece en la Salamanca franquista de los años 50, donde recibe una férrea educación religiosa pero en la que, por compromiso de su padre, puede estudiar una carrera universitaria, Filosofía y Letras. Gracias a sus estudios, encuentra trabajo como profesora mientras coquetea con el teatro. Y en aquella época de primera juventud también se casa con Jesús García de Dueñas, crítico de cine y cultura en la revista Triunfo. Es precisamente el interés de su marido en encontrarse con el joven Gonzalo Suárez, prendado por la belleza de López, lo que cambia su vida para siempre.

Tras el arranque de Ditirambo, decide que va a aprovechar ese golpe de suerte e intentarlo en una profesión de la que no sabe prácticamente nada. «Todo fue muy rápido. Quiso agarrarse a esa oportunidad como fuera», explica Chema de la Peña. En cosa de dos años, López arranca en quinta: se matricula en la Escuela Oficial de Cine (EOC) -donde actúa en las primeras prácticas de Cecilia Bartolomé-, actúa en otra película de Suárez (El extraño caso del doctor Fausto), en una de otro alumno aventajado de la EOC, Francisco Regueiro (Me enveneno de azules), y hasta da un salto comercial al lado de Julio Iglesias en La vida sigue igual (1969).

Las dificultades de supervivencia del mito erótico de la Transición

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Charo López y Máximo Valverde en ‘Manuela’, de Gonzalo García Pelayo

Pero lo que parecía un camino metórico hacia el estrellato, de repente, se frena en los años 70. Menos Gonzalo Suárez y puntualmente Gonzalo García Pelayo, las nuevas generaciones de directores que empiezan a cambiar el cine español no cuentan con esa actriz joven e inexperta. Tampoco tiene suerte en las oportunidades que le llegan: la posibilidad de trabajar con Buñuel en La vía lactea (1972), con el director convencido, se le escapa de las manos porque el sindicato de actores franceses no quería a una desconocida española quitándoles papeles. Lo que había llegado casi sin querer por su aspecto físico, empezaba a torcerse.

López se refugia entonces en el cine de explotación, desde el spaghetti wéstern a las comedias del incipiente destape, y en la televisión. Es entonces cuando se convierte en un mito erótico de la Transición y de la intelectualidad de entonces, fascinada por su mirada. Los medios llenan sus portadas con ella. La apertura, la necesidad comercial de cuerpos femeninos y el misterio de la figura de López se combinaron en un circuito perverso para sus intereses como actriz. Años más tarde, aseguró que los desnudos que hizo entonces fueron porque «no había más remedio» y que se arrepentía de ellos.

Además de la cultura que rodeaba a una artista atractiva, la carrera de Charo López tenía que lidiar con el hecho de ser una mujer separada -lo deja con su marido en 1972- tomando todas las decisiones que afectaban a su trabajo en los años 70. «Ahora parece algo normal, pero ella tenía que resolver todas las cuestiones importantes sola y nunca se dejaba llevar por la corriente, incluso yendo por caminos arriesgados», dice Chema de la Peña, «no era fácil moverse así en un ambiente, masculino y machista, como era el del cine entonces».

«La de los 70 es mi época favorita de Charo. Trabajó muchísimo pero en ese papel de guapa, la tenían simplemente como una belleza. Fue así haciéndose cada vez más consciente de que no tenía formación, que no estaba bien preparada. En ese momento es cuando decidió aprender, fijarse en los grandes del teatro», explica Chema de la Peña. El mítico Estudio 1 (con Fernán Gómez, Julieta Serrano, Bódalo…) se convirtió en su gran escuela. Pero pese a sus esfuerzos por mejorar y porque la tomaran en serio, en 1978 López toca fondo. Nadie la llama. Como a tantas otras, el cine comercial parecía haberla utilizado y luego olvidado.

El resurgir en los 80

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Charo López y Carlos Larragaña en ‘Los gozos y las sombras’ , de Jesús Navascués, con la dirección de Rafael Moreno Alba

Charo López entra en crisis a finales de los 70 ante la falta de oportunidades y decide volver a la enseñanza. Pero en marzo de 1980 su suerte cambia para el resto de su carrera. Mario Camus la llama para interpretar un papel que solo puede hacer ella: Mauricia la Dura, en la serie Fortunata y Jacinta (1980). Su imbatible papel secundario encandila en una gran producción y, lo más importante, lo encadena con su gran éxito de público, ahí sí como protagonista -su inolvidable Clara Aldán-, en Los gozos y las sombras (1981). La actriz vuelve al ruedo convertida ya en una actriz «seria», y en los años 80 encadena papeles con directores de prestigio como el propio Camus, Martín Patino, Aranda o el siempre presente Suárez.

Ese resurgir a través de las grandes producciones televisivas se estabiliza y López se convierte no solo en una actriz consagrada, sino en una popular por la que hay que competir para trabajar con ella. Su esfuerzo por mejorar en los 70 por fin tiene una recompensa en el reconocimiento del público y su desarrollo como intérprete. Ese momento de dulce y madurez profesional le lleva incluso a rechazar el papel que le ofrece un joven Pedro Almodóvar en Matador (1986), una decisión que no se comenta en Me cuesta hablar de mí pero de la que también se arrepiente. Años más tarde se desquitaría con el manchego en un pequeño papel en Kika (1993).

A finales de los años 80, deseosa de seguir avanzando, Charo López incluso se atreve a irse a Argentina a protagonizar y también producir una obra de teatro, una adaptación de Carlos Gandolfo, admirador del Método, de la película italiana Una jornada particular. El enorme éxito en las tablas de Buenos Aires «fue liberador para ella porque la duda de si la llamaban por guapa o de si lo había hecho realmente bien desaparecía en un lugar donde nadie la conocía. La gente la valoraba exclusivamente por lo que hacía como actriz», explica de la Peña.

Charo López, una actriz de referencia que no se conforma

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Charo López en ‘Me cuesta hablar de mí’, de Chema de la Peña

El buen resultado de la aventura argentina también la anima a lanzarse a nuevas experiencias en España, ya en los 90. «Cuando volvío aquí decidió que ya no iba a quedarse ahí sentada esperando el papel de su vida y produjo la obra de teatro Tengamos el sexo en paz, y fue un triunfo. Se dio la oportunidad de hacer comedia, algo que nunca había hecho, y ella sola en el escenario. Innovó haciendo stand up, algo que por aquel entonces ni se sabía que era en España». En el cine, su Goya por su papel en Secretos del corazón (Montxo Armendáriz, 1997) terminó de reconocer todos sus años de carrera.

Aunque las biografías como las de Me cuesta hablar de mí puedan hacer pensar lo contrario, Charo López sigue en activo a sus 78 años. En los últimos años, ha trabajado en dos película de Juanma Bajo Ulloa o en la miniserie de Netflix Días de navidad, aunque las ofertas son cada vez menos habituales. «En otras culturas cercanas a la nuestra, como la francesa, un personaje así estaría mucho mejor considerado. Catherine Denueve sigue trabajando, aquí te quieren jubilar enseguida. ¡Charo López tiene un gran talento y está viva!», sentencia Chema de la Peña.

Me cuesta hablar de mí se estrena en cines seleccionados el 3 de marzo y el domingo se emite en el programa ‘Imprescindibles’ (21:25, la 2 de TVE). En su poco más de una hora de duración y con la voz de Raúl Arévalo, se puede descubrir la historia de empeño y amor por la interpretación de Charo López, que pasó de caer de pie en la profesión por su belleza a tener que luchar por ella con uñas y dientes y así, como dice ella, «aprender a tocar el violín».

Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.