Críticas
Landa: Un español, todos los españoles

Stills de 'Landa'. Montaje: ©Cine con Ñ
Landa es un recorrido por la vida, la obra y legado de Alfredo Landa, el actor más popular del cine español en el siglo XX y que, como bien avisa la sinopsis oficial, consiguió un logro extraordinario: unir popularidad, respeto crítico y cariño del público. La película repasa su carrera y lanza un vistazo a la persona, en general un señor bastante normal y discreto en su vida familiar, aprovechando los testimonios de personas cercanas y también de expertos en el cine de su época, además de las numerosas entrevistas que el propio protagonista concedió en vida.
Miguel Olid, que vuelve al documental biográfico y cinéfilo tras Summers, el rebelde (2024), se une a Gracia Querejeta para retratar al actor que fue todos los españoles, más de una vez. Juntos han firmado un documental divulgativo muy amable y respetuoso con la figura que quieren retratar, fácil y accesible, cuyo principal fallo —el único, pero con mucho peso— es su empeño por dar explicaciones innecesarias en lugar de abrazar la filmografía del personaje y presentarla tal cual. Al menos se cuida mucho de ofrecer una interpretación unívoca de las escasas polémicas que plantea, presentando diferentes puntos de vista.
Landa arranca, y eso es lo chocante, con casi 15 minutos, de un metraje de 70, dedicados a darle vueltas a eso del ‘landismo’, que si estuvo bien, que si estuvo mal, que si hoy no se podrían hacer… Al menos hay quien aclara que esas películas ya se veían como pestiños de humor casposo en su día, e incluso figuras como Víctor García León (Altas capacidades), heredero espiritual de cierta comedia con crítica social de la época, salen a defenderlas.
Landa, ¿por qué das explicaciones?

No se comprende la necesidad de tantas explicaciones precisamente porque tanto el archivo como los testimonios de sus allegados, incluidos sus hijos y el mismísimo don José Sacristán, dejan clarísimo que Alfredo Landa no se avergonzó jamás de uno solo de sus trabajos. Que le parecía estupendo hacer reír a la gente y que consideraba la mayoría de esas comedias como entretenimientos tontorrones y más o menos inofensivos, que nada tenían que ver con su persona real. Y si él lo veía así, ¿por qué centrarse tanto en disculparlo?
Quizás tiene que ver con el espectador que prefigura Landa, o que se corresponde con la cosmovisión de los directores o productores. Uno que, además de necesitar que le den explicaciones sobre el Destape —y que igual es un poco ignorante sobre el tema—, es una especie de progre de postal. Esto último se deduce de que hay otro fragmento en el que se aborda que don Alfredo Landa era, como es bien sabido, un hombre de ideas conservadoras.
Y sinceramente, ¿qué más da? A menos que vayas a explicar su capacidad de autoparodia, con papeles como el de Lleno, por favor (1993), con que Sacristán comente que, siendo uno más bien facha —ya saben, de leer el ABC, Vox le daría dentera, ustedes me entienden— y el otro más bien ‘rojo’ —sí, a ver, lo mismo pero de lo otro, padre estalinista pero él del PSOE, esas cosas—, se amaban con locura y rodaron juntos La vaquilla (1985), ¿no es suficiente? ¿No puede tener un progre un ídolo carca y viceversa? ¿Alguien esperaba que un señor nacido en 1933 e hijo de un guardia civil navarro fuese trotskista?
Landa, el gruñón talentoso

Mucho más interesante era su concepción de la profesión y su amor por la misma, o su competitividad admitida abiertamente y que lo llevó a seguir ‘picado’ con haber tenido que compartir con Paco Rabal el premio a Mejor Actor en Cannes por Los santos inocentes (1984) incluso pasada una década de aquello. O el hecho, patente para cualquiera que hubiese visto o leído una entrevista, de que Landa era cero landista, en el sentido del bonachón tiernico que solía interpretar. Don Alfredo era gruñón, malhumorado y hasta un poco chuleta si le tocaban las palmas. Y eso lo hacía aún más maravilloso.
Al menos Miguel Rellán, una vez más el propio Sacristán, el mencionado García León o la periodista Marta Medina se paran a explicar por qué era tan buen actor. Esa capacidad, cuando todavía era un secundario cómico, de robarse una escena solo con media mirada, o expresar más con un silencio y un movimiento de las cejas desde el fondo del plano que otros actores con un monólogo completo mirando a cámara. Ese talento es el que le permitió trascender sus comedias y sus personajes, y no solo parecer tu vecino del quinto o un amigo de tu padre. Que también, obvio.
Ahí reside el método de Landa, a pesar de que se pare a pedir perdón sin necesidad por las rajadas de don Alfredo en sus memorias o un quítame allá ese pique con José Luis Garci. En que el actor fue todo porque fue como nosotros: torpe, imperfecto, orgulloso, a veces bocazas y a veces discreto, pero lleno de talento. A pesar de que no fuese exactamente como la de sus personajes, una forma de ser entrañable que le mantuvo hasta hoy el cariño y la admiración de un país. Qué más da si para llenar la nevera tuvo que hacer de mariquita de chiste, si más de la mitad ni habíamos nacido.
Dónde ver


Jose A. Cano