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Carla Simón retrata los conflictos actuales de campo, futuro, familia e identidad en ‘Alcarràs’

La ganadora del Oso de Oro se da un baño de masas en Málaga con una historia sencilla y amarga que toca todas las ansiedades de nuestro momento actual

Carla Simón retrata los conflictos actuales de campo, futuro, familia e identidad en 'Alcarràs' 1

Alcarràs es una de esas raras películas que tiene la virtud de pulsar todos los botones de las ansiedades sociales y políticas de un momento concreto sin hacer bandera de ello y conduciéndolas mediante una historia cotidiana, tierna y amarga. El doble tirabuzón es que, además, se le está reconociendo el mérito -aunque sea reduciéndolo a su superficie-, y es probable que se convierta en una de las películas más premiadas de la temporada que ahora empieza. En Málaga, desde luego, ha arrancado con un pequeño baño de masas.

La película aterrizaba en España vía Festival de Málaga con el Oso de Oro debajo del brazo y Carla Simón regresando al primer escenario donde triunfó con Estiu 1993, por la que recogió en 2017 la Biznaga de Oro. La cineasta confesaba la dificultad de situarse en el punto de vista de un payés de 45 años -el tozudo Quimet, interpretado por Jordi Pujol Dolcet- y el salto a la coralidad que dio su guión, el cual acabó evolucionando en función de las aportaciones de su elenco de actores no profesionales, que no se interpretan exactamente a sí mismos, pero se acercan lo suficiente para transmitir la verdad de su modo de vida en desaparición.

Las relaciones familiares, además, se retratan desde la sensibilidad habitual de Simón, que presta especial atención a los modos de comunicación entre generaciones y a los silencios y las pequeñas rebeldías. La familia salva tanto como condena, y la historia atiende a todas esas pequeñas relaciones cruzadas que la construyen, con una cronología que se detiene en los pasos propios de la cosecha del melocotón y tiene en la comunicación con la tierra -a veces de forma brutal, como en las muertes de conejos- su método de marcar los cambios de ritmo.

Alcarràs y la lenta cancelación del futuro

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Rueda de prensa de presentación de ‘Alcarràs’. Foto: Festival de Málaga/Ana Belén Fernández

Alcarràs dialoga directa aunque inconscientemente con el best-seller del enfado conservador post -o quizás pre- pandemia, Feria, de Ana Iris Simón, aunque al tocar los mismos temas lo hace sin estridencias y sin abroncar a nadie, asumiendo la vida de los payeses sin ningún tipo de idealización ni exotización, ni contraponiéndola a modelos presuntamente dañinos o inmaduros.

Simón aspira a una historia sencilla en la que su familia está reflejada de forma alegórica, no directa, y que se centra en el final de un mundo desde lo cotidiano. Ella misma admite quería tener un final feliz para su película porque sentía la necesidad de sembrar optimismo, pero que el mismo elenco le transmitió el escepticismo y la frustración de la imposibilidad del relevo generacional en el campo catalán.

La defensa del pequeño agricultor, la crisis del campo y el coste excesivo de una transición verde que solo aspira a mantener el modelo de explotación del territorio bajo un nuevo maquillaje, además, se muestran más de actualidad que nunca al coincidir con el paro patronal parcial del sector del transporte. Dos estrenos recientes, Tros y El lodo, reciben el eco del mismo malestar en el sector primario.

Alcarràs y las funciones del cine

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Sin entrar en detalles, la posición de Alcarràs queda clara cuando los nietos deciden ejecutar la venganza verbalizada por el abuelo de dejar conejos muertos en la puerta del terrateniente o cuando padre e hijo se reconcilian acudiendo juntos a una tractorada que reclama precios justos para los melocotones en el campo y en la ciudad. El propietario especulador con mala memoria para las deudas morales hunde sus raíces en la Guerra Civil, de cuya hambre se hacen ecos los cuentos crueles que la tía cuenta a los más pequeños.

En el pase del Teatro Cervantes la noche de este sábado 19 de marzo, día del padre, que también es casualidad, el público, un poco por ese peloteo inevitable en los festivales, acabó despidiendo a Simón con un aplauso en pie. Por el camino habían adoptado a los niños y sufrido en carne propia las peleas entre hermanos ya maduros.

No es tan fácil que una sala abarrotada, por predispuesta que venga vía Oso de Oro, aplauda a media película cuando a un personaje le arrean una más que merecida bofetada, y eso ocurrió ayer en Málaga. No nos engañemos. En ese momento y el de tenso silencio final, compartiendo con los personajes tanto la sorda impotencia como la sensación de que aún así la vida sigue, es donde está el cine. Todos los demás son movidas que nos montamos.

Foto de portada: Posado del equipo de Alcarràs en el Festival de Málaga – Festival de Málaga/Álex Zea

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