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El lodo: Thriller de chalecos amarillos que se queda a medias

La película de Sánchez Arrieta elige bien los elementos para una cinta de suspense efectiva y luego los distribuye mal anulando sus virtudes

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El lodo nos presenta a Ricardo, un biólogo conservador de prestigio que regresa a la comarca de Zárate, en el Levante, de la que es originario, para ocuparse de un proyecto de regeneración de regadíos en plena sequía severa en una reserva natural. Pero sus intenciones chocan con las de los agricultores de la zona, que lo reciben con hostilidad y casi violencia. Al mismo tiempo, el protagonista tiene que enfrentarse a una complicada situación familiar que se agrava por el caso de los vecinos.

Poco a poco habrán de llegar los thrillers de la crisis climática, versión chalecos amarillos, es decir, las películas sobre el descontento de los sectores más vulnerables de la sociedad con los pasos necesarios o inevitables para la Transición ecológica -o el colapso- que acaban pasando siempre por destruir su modo de vida. El lodo quiere ser muy fuerte esa película y reflejar otras muchas sobre el choque entre urbanitas y lo rural, pero no lo acaba de lograr.

No es que sea necesariamente un filme fallido o «malo», es como si hubiese elegido los componentes necesarios para un thriller rural efectivo sobre un tema social de actualidad y luego no hubiese encontrado la manera de hacerlos encajar. En El lodo a veces la concatenación de los que se cuenta nos saca de la crudeza con la que se ha presentado, y es una lástima, porque las intenciones y los mimbres estaban ahí.

Crítica de El lodo con spoilers

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El lodo tiene algunos problemas de estructura o de ritmo, pasando de cero a cien en cuanto a la tensión que quiere transmitir, sin acabar de decidirse sobre el tipo de thriller que quiere ser, introduciendo elementos de forma casi gratuita -como los motivos del conflicto del guarda mayor con su hermano o el biólogo ahogado en el lodo antes del comienzo de la acción, por ejemplo-. El acoso que recibe la familia del protagonista es automático, sus reacciones agresivas también, y luego, cuando ya estamos en ese enfrentamiento, la película se decide por cocerse a fuego lento.

En parte parece que no se hayan detenido, sea en la fase de guión o la de montaje, a darle el aire suficiente a las situaciones para que la tensión real que se viviría en esa situación fluya. Es como si la película tuviese claro los pasos que tiene que dar para dibujar el ambiente y los momentos que quiere, pero no acabase de acertar con cómo ordenar los elementos que ha dispuesto para ello. Así por ejemplo se pierde la eficacia de recursos como que la cámara sea en mano y movimiento en unas situaciones y otras en plano fijo.

En el apartado de las interpretaciones Paz Vega parece que no se cree mucho el papel que hace y va forzada en la mitad de las escenas más tensas. Arévalo le da más naturalidad a su papel, pero tampoco acaba de funcionar su protagonista, sea por el pegote que supone la subtrama personal de ella o porque es una excusa para situar ahí al personaje con sus preocupaciones de ciudad y su presunto egocentrismo, que más que verlo nos lo verbalizan otros personajes cada dos por tres para que lo tengamos claro.

Sequías, thrillers y otros dramas en off

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Por otra parte, es una pena que el nivel, digamos, dramático, descarrile y saque de lo que está representando cuando la temática es tan acertada en su mezcla de referente de thrillers clásicos y reflejo de crisis actuales. Es evidente que se busca que la subtrama familiar -el hijo muerto, la hija pequeña afectada por la salud de sus padres- dialoga con la trama principal de supervivencia del ecosistema, pero está ejecutado de manera que el paralelismo a veces se pierde y esto es poco menos que un alegato contra los brutos del campo estilo Perros de paja pero sin filtro (sobre todo en el tramo final, que ya se despendola hacia el terror).

De manera que en algún momento los patinazos a la hora de introducirnos en la situación personal y familiar del personaje de Ricardo, que serían el supuesto alma de la cinta, se contagian a la cuestión llamémosla «ecológica». De los regantes solo sabemos que están muy enfadados y los maneja la cacique, los huecos sobre su descontento los llenamos porque leemos las noticias del mundo real. Y salvo dos o tres frases al principio, parece que el guión compre de verdad la versión de sus detractores de que el biólogo actúa poco menos que por capricho o por fastidiar. Solo la construcción, por omisión, de la «villana» acaba funcionando como un reloj.

En resumen: un thriller que toca un tema relevante pero sobrevolándolo de manera casi superficial, que falla en la parte del suspense y, lo que es peor, a la hora de construir el ambiente opresivo en el que vive la familia protagonista, supuestamente punto de vista del espectador. Muy buenas intenciones y conocimiento de la materia que se maneja, incluso diálogo con clásicos del subgénero que vienen a cuento, pero fallos por todas partes a la hora de que la mezcla cuaje.

Imágenes: Fotogramas de El lodo – DyP Comunicación

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