Crónicas
‘Las noches de Tefía’ revoluciona el Festival de Málaga con lo nunca visto en una serie española (o mundial)

Ayer, en la previa al pase de los dos primeros episodios de Las noches de Tefía en Pantallas TV del Festival de Málaga, José Antonio Antón, director de contenidos de Atresmedia TV, la calificó como «uno de los proyectos más impresionantes en la televisión… me atrevo a decir no en España sino en el mundo, cada capítulo lo he vivido como un experiencia bestial». Bueno, lo típico. La hipérbole propia de este tipo de eventos, en los que el productor o el directivo de turno tiene que poner por las nubes lo que sea que traiga, porque así es su trabajo. Pero es que esta vez… es probable que tenga razón.
Miguel del Arco ha creado el artefacto televisivo más complejo visto por nuestra industria, un producto con un acabado técnico de tal nivel que si en España hubiese premios de Fotografía, Sonido o Montaje para series, no merecería la pena que nadie más se presentase este año. Y lo digo en marzo, sin ver todos los proyectos estrella que sigan teniendo preparadas las plataformas. Sin haberme sentado aún en el pase de la tercera temporada de La Unidad, que seguramente será otra barbaridad.
La razón no es difícil de imaginar: Buendía Estudios a plena potencia de tiempo y recursos, es decir, de presupuesto. Aparte de los recursos técnicos que haya tenido, por ejemplo, Jon Agirresarobe a su cargo para la fotografía, que exprime los recursos expresivos del blanco y negro y del color, está el mes para ensayar del equipo de actores, algo que, como apuntaba Miquel Fernández tras el pase y a las preguntas del público «no pasa nunca en series». Pero, paro, que hay que ir por orden.
Las noches de Tefía y sus niveles

En Las noches de Tefía se cuenta la historia de Airam Betancor, un empresario canario de cierta edad, divorciado y con sus hijos ya adultos, que cuida de un viejo amigo recluido en una residencia. Su cotidianidad se ve afectada cuando un documentalista acude a convencerlo de dar su testimonio para un documental sobre la colonia agrícola penitenciaria de Tefía, eufemismo para un campo de concentración para homosexuales, disidentes políticos y otros afectados por la Ley de Vagos y Maleantes durante el Franquismo. Airam, entonces, recuerda entre pesadillas los abusos y las torturas sufridos allí en los 60, pero también la camaradería con sus compañeros de penas, con los que creó un cabaret ficticio en el que se refugiaban cada noche: el Tindaya.
Así, Las noches de Tefía narra en tres niveles. En primer lugar el presente de Airam, en color y con narrativa convencional, donde tiene problemas con sus hijos y se plantea si dar su testimonio al documental, ya que equivaldría a salir del armario ya en su vejez. En segundo, sus recuerdos del campo de concentración, en asfixiante blanco y negro y tendiendo a enmarcar a los personajes o en su soledad e indefensión —Airam es apodado ‘Bambi’ por su candidez— o dándose apoyo, como el ballet de una coreografía torpe, en los momentos más terribles. Y finalmente, el Tindaya, la fantasía escapista, una comedia de enredo con fotografía y colores más planos y llamativos, donde todo es posible y siempre es divertido.
El reparto, por lo tanto, acaba interpretando dos o hasta tres papeles por cabeza. El joven Airam es un Marcos Ruiz que explota más su aparente indefensión que en Las leyes de la frontera, y el Airam anciano Jorge Perugorría implicado con el papel en una forma que no le vimos en Doctor Portuondo o La última. La estrella absoluta es Patrick Criado como ‘La vespa’, el alma del grupo, el sodomita reincidente dispuesto a mantener la ilusión por la vida incluso en el lugar menos esperado. Miquel Fernández y Raúl Prieto por fin tienen papeles en los que lucirse con todo su potencial, Jorge Usón y Roberto Álamos están enormes (en todos los sentidos), Luifer Rodríguez entrañable e hilerante, Javier Ruesga se sale (también en todos los sentidos)… Y de las aquí secundarias Ana Wagener o Carolina Yuste es que ya insistir en lo grandes actrices que son queda ridículo.
Las noches de Tefía y su público

Las noches de Tefía tiene elementos de Cadena perpetua (1994), de Frank Darabont, en la relación que se establece entre los presos y la manera de humanizarlos y convertirnos en parte de su grupo. También, por supuesto, de La vida es bella (1997), de Roberto Bernigni, y, muy levemente, casi apenas en el uso del blanco y negro, pero ahí está, de La lista de Schindler (1993 ), de Steven Spielberg. Pero también de En la ciudad sin límites (2002), de Antonio Hernández, estrenada poco antes de la parte del «presente» de Airam, en la que vemos el conflicto generacional desde el punto de vista del personaje de Fernán Gómez. De hecho, también están La corte de faraón (1985), de José Luis García Sánchez, y es glorioso, y El último show (2006), de Robert Altman. Bueno, y un guiño a un videoclip de Samantha Hudson, pero es que ella, de nacer antes, saldría en La corte de faraón.
Y no, no es «una serie que parece una película». Mereció la pena verla en pantalla grande y como experiencia compartida con una sala abarrotada y entregada —servidor tenía al lado a un grupo de estudiantes de interpretación que se la tomaron como lo que era, una lección profesional—, pero es una serie con formato de serie y narrativa de serie. Solo que, gracias al presupuesto, que significa confianza en los creativos, Miguel del Arco ha podido elevar el nivel de esa complejidad hasta lo más alto que ha podido, uniendo además sus facetas de director y dramaturgo.
De hecho uno se pregunta, con lo que habrá costado, cómo piensan rentabilizarla. En términos de marca, desde luego, y probablemente vendiéndola fuera de España, donde va a arrasar. Porque esta serie es poco probable que se emita en abierto, ni siquiera el primer capítulo a modo de cebo, como ha hecho Atresmedia con otros productos estrella. Y es que hay otra cosa que hace Las noches de Tefía que, en general, el audiovisual español ha hecho poco. Hablar de los campos de concentración franquistas, que los hubo, como recordó del Arco, más de 300 en toda España, y activos hasta bien entrados los 60. Igual me vuelvo a equivocar. Igual España, quiera o no, tendrá que ver lo que Las noches de Tefía tiene que contar.

Jose A. Cano