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Críticas

20.000 especies de abejas: Diferentes espíritus para una misma colmena

Sin sorprender en la propuesta, Estibaliz Urresola ha hecho una emocionante película que huye de formas predefinidas para incluir la diversidad dentro de la familia
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Las coincidencias superan al capricho de crítico de cine. La primera película en largo de Estibaliz Urresola, 20.000 especies de abejas, devuelve la apicultura al cine español justo 50 años después de que lo hiciera otra ópera prima, El espíritu de la colmena (1973), de un tal Víctor Erice. Y, cosas del destino—un destino llamado Carla Simón, que eligió el clásico en Retrospectiva—, ha hecho que ambas películas compartan espacio y tiempo en el Festival de Berlín. El mismo año, además, que Erice resurge y también estrena Cerrar los ojos. Lo están pidiendo a gritos.

Si El espíritu de la colmena se acercaba a la experiencia transformadora de una niña en busca del encuentro con un Otro fantasmal, Urresola hace el camino inverso: el de una niña trans en busca de su identidad en medio de su propia y turbulenta colmena familiar. La historia oscila entre su confundido punto de vista y el de su madre (Patricia López Arnaiz), que ha decidido pasar unos días de verano con sus tres hijos en el pueblo para afrontar así un momento crítico de su vida.

20.000 especies de abejas recoge códigos identificables de nuestro cine independiente contemporáneo (el mundo rural, las relaciones familiares, el naturalismo en las formas, la inclusión de temas y sensibilidades sociales contemporáneas…) pero se cuida de no usarlos de forma ejemplarizante o rígida. Aunque no sorprenda, 20.000 especies de abejas es una película notable, sensible y equilibrada, que ofrece puntos de fuga a sus personajes y encuentra imágenes para expresar el camino de aceptación de una misma.

Un campo híbrido

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Asumidos los checks de laboratorio de guion, que en sí mismos no tienen nada de malo, la película de Urresola supera la etiqueta de su calculado marco general. Lo hace construyéndose con madurez sobre sus dos complejos personajes protagonistas, madre e hija, a los que no se traiciona en su forma de ver el mundo, y a la amarga comunicación intergeneracional entre el grupo de mujeres de su misma familia.

20.000 especies de abejas vive en la tensión y ruptura de estos espacios simbólicos entre ellas. Así aparece tanto lo que no se nombró en el pasado como lo que necesita un reformulación distinta en el presente. Y Urresola plantea todo ese revoltijo de emociones de forma abierta y sin cargar el dramatismo, andando en el alambre de no andarse por las ramas en lo que ocurre y, a la vez, no caer en el didactismo al plantear situaciones que sortean lo ejemplarizante.

La película huye así de formas muy definidas o predeterminadas, una opción consciente que el fundamentalista de la imagen por la imagen podría confundir con indecisión o mala puesta en escena. Es en realidad parte de la misma intuición de Urresola, que une un campo vasco híbrido, de tradiciones pero sin idealizar en sus contrastes. Un universo figurativo humano y de cuerpos indefinibles que ya no se reconoce en las esculturas inertes.

20.000 especies de abejas y la familia

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Volviendo a la (injusta) comparación con la obra maestra de Erice. El poético título de El espíritu de la colmena — que viene de un libro de Maurice Maeterlinck (La vida de las abejas)— enfatizaba una esencia de grupo general para las abejas (que, para muchos analistas, hacía referencia a este todo llamado España), que siguen todas unas mismas directrices por el bien común más allá de cualquier lectura racional.

Del aislamiento de Fernando Fernán Gómez al de una espectacular Ane Gabarain. El título de la de Urresola apelaría a un sentido biológico totalmente contrario: la diversidad que hay entre los fascinantes invertebrados. En la práctica, 20.000 especies de abejas vuelve a construir, como ya lo hicieran a su manera Alcarràs o Cinco lobitos, otro camino para la recomposición familiar, continua fuente emotiva y política en el cine español para encontrar soluciones que superen lo individual en la experiencia cinematográfica. Esta vez, pasa por asumir la diferencia como forma de supervivencia.

Es verdad que no estaría mal que nuestras películas empezaran a asumir que los vínculos afectivos y emotivos pueden ir más allá del núcleo de sangre y pegado a la tierra. En cualquier caso y pese a estar arraigada en esta tradición más que reconocible, Urresola sabe cómo darle al todo una identidad personal. 20.000 especies de abejas es ya una de las películas españolas de la temporada por méritos propios.

Imágenes: 20.000 especies de abejas – Gariza Films, Inicia Films.

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, en 2018 cofunda y dirige el medio especializado Cine con Ñ.

Twitter: @artena_

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