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Voy a pasármelo bien: Cantemos juntos

Una comedia tierna y divertida que convence hasta sin saber bién qué hacer con las canciones de los Hombres G

Voy a pasármelo bien: Cantemos juntos 1

La historia de Voy a pasármelo bien es la de David (Raúl Arévalo), un librero vallisoletano que rememora su primera relacion amorosa a finales de los años 80. Cuando era un chaval (Izan Fernández) él y sus amigos conocieron a Layla (Renata Hermida Richards), una chica nueva en el instituto con la que David compartió gusto musical, aventuras adolescentes y un cuelgue mutuo. Ahora ella (Karla Souza) vuelve a Valladolid como cineasta homenajeada en el Festival de Cine de la ciudad, y el reencuentro rescata recuerdos y emociones.

AVoy a pasármelo bien es mejor tomársela como una comedia sin muchos apellidos. Una con música, «a ritmo de Hombres G» -como convenientemente la está vendiendo su campaña de marketing y publicidad-, pero básicamente una comedia. Tierna, si se quiere poner un adjetivo. David Serrano (director de Días de fútbol, guionista de El otro lado de la cama) ha contado una historia nostálgica sobre el primer amor y sus reflejos en la que, además, están las canciones de la banda de pop.

Esa relación con el musical, como expectiva y como género, es lo más conflictivo de una película que, por el resto, tiene suficiente personalidad para destacar entre la marea de cine familiar con niños de protagonistas que tenemos hoy en nuestras Españas. Homenaje idealizado a las películas de Manuel Summers, la película de Serrano acepta la preadolescencia en su tontería y candidez y, además, añade una historia en el presente que sabe cómo hacer cuentas con el pasado.

Voy a pasármelo bien, ayer y hoy

Voy a pasármelo bien: Cantemos juntos 2

David Serrano tiene claro que los caminos para que esto salga bien son dos: humor y corazón. Una película como Voy a pasármelo bien tiene que tener claro cuál es la brújula, y aquí se busca hacer reír y tocar la fibra sensible. En ese sentido, la decisión inteligente desde el guion ha sido dividirla desde un inicio en dos líneas paralelas que se van intercalando y dialogan entre ellas. Si una es más humorística y celebrativa, la otra tiene un punto más meláncolico y de añoranza, con la fotografía de Kiko de la Rica entendiendo la conversación entre ambas.

Como también hacía Llenos de gracia, la película respeta el fondo de estar retratando a chavales normales de 12 años de Valladolid. Y eso hace que la película mejore en todo. Los tópicos del cine de adolescentes (sus losers, sus matones, su fiesta, sus conquistas…) están todos ahí en su estupidez, pero reinterpretados a partir de un grupo de inocentones a los que Serrano va añadiendo elementos -algunas veces demasiado repetitivos- para hacerlos divertidos y humanos.

Ese espíritu prenoventero en una ciudad de provincias se combina con la parte del presente, menos arriesgada pero más uniforme. Raúl Arévalo va recuperando a sus viejos amigos por la llegada de Layla, que, como todo buen grupo del colegio, se juntan más por el recuerdo de lo que tenían en común que por lo que comparten hoy. Y, aún así, se guardan mucho cariño. Hay equilibrio entre cierto espíritu de feel-good movie actual y el toque romántico a la vieja usanza.

¿Dónde metemos a los Hombres G?

Voy a pasármelo bien: Cantemos juntos 3

Las dos partes unidas de Voy a pasármelo bien componen todo un homenaje, claro, al cine del minusvalorado Manuel Summers, yendo desde la estructura de Del rosa al amarillo (1963), pasando por la adolescencia autogestionada de Adiós, cigueña, adiós (1971) o mirando de forma irónica pero cariñosa al propio «cine de cayetanos» que protagonizaron los Hombres G –Sufre mamón (1986) y Suéltate el pelo (1988)-, entonces en la cresta de la ola de su popularidad.

Lo que distorsiona un poco la coherencia interna de la película es, paradójicamente, el uso de la música. Las canciones de los Hombres G son fantasías proyectadas de los personajes o insertos orgánicos en la trama -los protagonistas escuchan su música y la cantan-, pero no están integradas directamente en la historia. Es decir, los personajes no se arrancan a cantar de repente para expresar sus emociones. Una decisión -¿moderna?, ¿para los niños?- que permite ir desde el musical más coreografiado hasta la fórmula karaoke, pero que genera sensación de indecisión e incomodidad entre tanto cambio de tono. Ni la enfatizante música de Zeltia Montes lo termina de pegar.

Al final, las canciones de Voy a pasármelo bien funcionan mejor cuando están cantadas en grupo. Es decir, cuando son parte del espíritu de la historia, que no casa mucho con el rollo canallita de la banda de David Summers. Es en ese sentimiento reconfortante donde cobra sentido la música y donde respira la película: en el sentimiento de pertenencia y en el lirismo de las segundas oportunidades.

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