Críticas
Una quinta portuguesa: Avelina Prat se confirma como narradora en esta cadena de identidades

Fotogramas de 'Una quinta portuguesa'. Montaje: ©Cine con Ñ
Una quinta portuguesa se abre con la misteriosa huida de una mujer, que abandona así a su marido (Manolo Solo), Fernando, un cuadriculado profesor de geografía. La desaparición de su mujer lleva a Fernando a emprender un viaje a Portugal. Allí, verá la oportunidad de suplantar la identidad de un jardinero que ya no la va a reclamar y así coger el trabajo que le había ofrecido la dueña (María de Medeiros) de una finca rural.
Presentada en Sección Oficial del Festival de Málaga, Avelina Prat estrena su segunda película como directora después de Vasil (2022), que era una inteligente deconstrucción de la clásica historia del ‘extranjero excepcional’. Con Una quinta portuguesa sigue la misma línea suave que aquella —y algunos de sus mismos temas—, para plantear una cadena de misterios que giran alrededor de la identidad.
El cine de Prat, que hace 20 años quizá habría pasado más inadvertido, se siente una particularidad en el cine independiente español porque deja una sensación de autoría relajada, sin estilo cinematográfico muy marcado. Si lo tiene, Una quinta portuguesa deja claro que va más por un cine narrativo clásico y transparente, alejado de las modas, que demuestra una personalidad a partir de la mirada empática que pone sobre sus personajes.
Identifícate

Desde que el cine es cine, el diálogo entre la identidad y la identificación siempre ha estado ahí. La ficción cinematográfica ha sido siempre un mecanismo poderosísimo para que el espectador se relacione directamente con la proyección en pantalla de otras identidades, normalmente representadas en forma de personajes. Y ha sido siempre también oportunidad abierta para la autoreflexión psicoanalítica o filosófica, con cénits como Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958) o Carretera perdida (David Lynch, 1997).
La opción de Prat es, desde el misterio o la tensión de la suplantación de identidad que hace el personaje de Manolo Solo, plantear una relación, menos lacaniana del «yo» o la máscara, sobre qué es lo que nos construye como personas o cómo nos relacionamos con nuestra autoidentificación. ¿Somos nuestros orígenes y nuestra familia? ¿Nuestras experiencias? ¿Las personas y los lugares en los que estamos? ¿Es todo y nada de eso? Unas preguntas que también se conectan, como en Vasil, con la experiencia del migrante en otro país.
Una quinta portuguesa y lo que no se agota

Lo interesante del guión de Prat, que se confirma aquí como una narradora notable, es lo bien armado que está. Es lógico, es detallista y es coherente. Explica cosas con las imágenes pero dosifica bien la información para que las conversaciones «explicativas» entre los personajes tengan un sentido y no sean superfluas.
La película consigue superar la tentación del suspense y la mera tensión sobre si será o no descubierto el personaje de Solo para encadenar una sucesión de hechos que, tanto por el estilo tranquilo de filmar de Prat como por la construcción de los personajes, no se agota en la mera exposición. Todo está justificado, pero también dejándose sus cartas para no perder nunca el tempo o la posibilidad de sorpresa, que incluso en el giro más difícil se siente coherente.
La película va tirando de todos estos hilos en una rueda sobre quiénes somos que, parece decir Prat, no se acaba porque nunca terminamos de conocernos del todo. El ancla de Una quinta portuguesa, al final, son los personajes y la mirada cariñosa y humana de Prat hacia ellos, vengan de donde vengan. Todos, otra vez en un estilo sobrio y sin estridencias como en Vasil, se igualan en su necesidad de vínculo con los demás, en su voluntad de no estar solos.


Arturo Tena