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CRÍTICAS

Un amor: Isabel Coixet toma el camino fácil

La adaptación de la novela de Sara Mesa de la directora cree ser más incómoda de lo que realmente es, temerosa de que no se entienda lo que plantea
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Isabel Coixet estrena su Un amor, historia y estudio de una mujer, Nat (Laia Costa), que alquila una casa destartalada rural de un pueblo en el que no conoce a nadie. Aunque empieza a odiar a su desagradable casero (Luis Bermejo) y hacerse amiga de su vecino Píter (Hugo Silva), es el encuentro con «el alemán» (Hovik Keuchkerian) lo que agita el día a día de esta joven traductora.

La adaptación de la novela de Sara Mesa podría ser una nueva aportación al llamado cine ‘neorrural’, una de las tendencias en España desde hace años. Pero, aunque se asoma a sus dinámicas constreñidas y silenciosamente violentas de una forma clásica, no le interesa plantear un discurso macro sobre los problemas actuales del campo en España. La Escapa, el municipio de la película y el libro, es un pueblo ficticio que podría ser cualquiera, sin situación geográfica concreta.

Este espacio inhóspito es más bien el escenario ideal para plantear un acercamiento directo a la vida de una mujer que se tiene que enfrentar a las contradicciones de sus deseos y decisiones en esta microsociedad. Pero Coixet no acierta ni escarba del todo en este estudio de personaje femenino, aparentemente incómodo pero finalmente más caricaturizado de lo que podría parecer en sus estudiadas formas.

Del libro de Sara Mesa a la película de Isabel Coixet

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Para seguir con el análisis y las impresiones sobre Un amor, habría que primero admitir algo: la gran dificultad de separar la valoración de la película de la influencia de haber leído la novela. El de la literatura y el del cine son lenguajes muy distintos, y la película de la directora de La vida secreta de las palabras (2005) no tiene que ser valorada bajo el prisma del libro de Sara Mesa. Son obras independientes — aunque la promoción de la película se haya empeñado en vincularlas, incluso poniendo a ambas autoras juntas—, dos visiones diferentes sobre el marco que creó Sara Mesa y que han reescrito después a su manera Coixet y Laura Ferrero.

De hecho, ser una adaptación floja como pienso que es esta no quita que la de Coixet pueda ser una película maravillosa en sí misma. Hay miles de buenas películas que son «malas» adaptaciones literarias. Entendiendo como «malas» aquellas que cambian sentidos fundamentales, giros y personajes por completo al pasar del texto escrito al audiovisual. Las que no tienen que ver una con la otra, vamos. En multitud de ocasiones el libro es simplemente una inspiración, una situación de partida, un perfil de personaje en el cine.

El motivo por el que es pertinente poner juntas a Un amor película y Un amor novela (y por lo que el que escribe no consigue separar la una de la otra) es que sí que comparten mucho de fondo. Nadie puede decir que Coixet no esté intentando capturar en imágenes y narración cinematográfica el mismo espíritu y lógica del texto de Mesa. Que esté yendo por otro lado. Ambas son principalmente una exploración del deseo femenino y sus mecanismos humanos. A veces brillantes y fogosos, otros oscuros y crípticos. Todos frente a frente con la violencia simbólica y silenciosa del patriarcado.

Un amor y el ‘fachaleco’

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El problema de la película de Coixet es que cree que hace una síntesis expositiva en imágenes de lo que plantea el libro pero acaba banalizando su esencia, que se atrevía a ser compleja y gris con su protagonista sin intentar plantear demasiadas satisfacciones al lector. Un amor coge demasiadas soluciones fáciles de guión como para pasarlas por alto, especialmente en la construcción de los personajes masculinos.

Lo que hace es caricaturizar situaciones arquetípicas que puedan encajar mejor en determinados esquemas. Coixet no se atreve a exponer los grises y las ambivalencias reales de la historia de Nat, y se conforma con reducirlo a acciones contundentes y «ejemplarizantes» para el 2023. Antes que sugerir que un personaje es de un entorno privilegiado y conservador, le pone un ‘fachaleco’.

Es una pena porque Un amor no quiere ser una película sin más, hay un empeño artístico de todo el equipo (las escenas compartidas por Laia Costa y Hovik Keuhkerian se elevan sobre el resto) en contar esta historia y sus subtextos lo mejor posible. Pero intención no es logro. De hecho, se percibe demasiado calculado todo: el agobiante formato 4:3, los cuadros cortantes, el empeño en una puesta en escena desordenada y la buscada profundidad de campo o la inhóspita y desenfocada fotografía de Bet Rourich (por no hablar de muchas y discutibles decisiones de montaje). Es como entrar en una casa que parece desordenada a propósito.

Un amor es finalmente una película que no respira, demasiado temerosa de que no se entienda lo que plantea. Tanto que a veces necesita follar mucho, gritar mucho y abandonarse a escenas de puro acting para buscar la reacción del espectador, creyendo que se le está incomodando cuando realmente se le ofrece la lectura más dócil y manejable para sus marcos mentales. Una oportunidad perdida de hacer este año un díptico español con Creatura que profundice en nuevos e incómodos sujetos femeninos.

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, en 2018 cofunda y dirige el medio especializado Cine con Ñ.

Twitter: @artena_

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