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‘Stallion y la bola de cristal’: Christian Avilés filma la represión del deseo

Gerard Ribera en 'Stallion y la bola de cristal'. ©Archivo Guardián
Con su segundo cortometraje, Stallion y la bola de cristal, el español Christian Avilés (Barcelona, 1997) ha vuelto a optar a todo un Oso de Oro en la Competición Oficial de Cortometrajes del Festival de Berlín. Ya lo hizo hace tres años con La herida luminosa (2023), con la que obtuvo además la nominación a los Premios del Cine Europeo.
Ahora Avilés regresa con este título que le otorga la apariencia de nombre propio a la palabra inglesa stallion, semental. «El título alude a esa fuerza casi animal que es el deseo y el romance cuando se trata de contener. Pensaba en la figura del semental, un caballo poderoso y desbocado que en inglés sería un stallion, pero atrapado y confinado, con esa bola de cristal que a la vez hace alusión al marco del cortometraje, que es el de la fábula y lo lírico».
El cortometraje comienza con una imagen de un hombre joven volando en una escoba que conecta directamente con el imaginario de los cuentos infantiles y que, a su vez, hace pensar en Julieta Serrano en esa icónica escena de Mujeres al borde de un ataque de nervios (1989). Este hombre representado como un brujo (que en el mundo terrenal trabaja montando atracciones de feria), es el objeto de deseo del joven protagonista que vive con su siniestra y rígida madre, interpretada por Cristina Plazas (Vete de mí, Animales heridos).
Stallion y la bola de cristal y romper con el estereoripo
Con la estructura arquetípica de los cuentos, Christian Avilés busca detonar algunos estereotipos: el adolescente protagonista (Gerard Ribera) sería la princesa encerrada en la torre de un castillo, aquí convertido en edificios de apartamentos, y el feriante del que se enamora (Dudu Alves), el príncipe que debe acudir a rescatarla. «Hay un juego de paralelismos con elementos de la novela gótica como el encierro, los personajes arrebatados o la idea del sacrificio», comenta Avilés, que explica que, en general, el lenguaje del corto «tiene mucho que ver con la literatura, con la palabra escrita, sobre todo en el reflejo «de la masculinidad y lo que se espera de su expresión».
El protagonista se enamora así de su objeto de deseo hasta el punto de llorar con sólo contemplarlo. Ese gesto tan hermoso sorprende de un cineasta tan joven, porque con él logra sintetizar toda la complejidad de la frustración y del anhelo. Avilés condensa así su voluntad de retratar la represión del deseo: «El cortometraje habla de lo que pasa cuando se intenta poner barreras a algo tan intenso e irreprimible como es sentir una atracción profunda hacia alguien».
El director busca incorporar a ese cuento también «un punto de vista queer«, para «hablar de mi propia experiencia sobre el crecer viendo cómo se trata de disciplinar e inhibir todo eso, cómo resulta en una fuente inagotable de ansiedad y angustia». Una idea que considera especialmente relevante en la actualidad que «el fascismo está a la orden del día y se busca poner al enemigo en quien piensa y siente diferente».
Una atmósfera mágica (y siniestra)
La línea entre realidad y ensueño es apenas diferenciable en Stallion y la bola de cristal. Una atmósfera de belleza siniestra (y llena de detalles, que van desde el vestuario hasta el maquillaje), a la que contribuye especialmente el uso del formato de 16mm, que imprime destellos, magnetismos a la luz de neón y un contraste al capturar elementos digitales a través de pantallas pixeladas. Incluso la realidad de una vela que se apaga pasa por la distancia de estar contenida en el cristal de una pantalla.
Sobre el registro fotoquímico, Avilés asegura que «es una decisión influenciada directamente por una obsesión por hacer que la tradición y el presente hablen entre sí. Hay algo de rodar en celuloide que me hace sentir satisfecho al saber que las imágenes se están imprimiendo en algo físico. A nivel artesanal me interesa, hay algo del fetiche con eso que lo convierte en una cosa ceremonial».
Hay que mencionar que el director y guionista firma también el cortometraje como compositor musical. Aunque aclara que la mayor parte de la música no ha sido compuesta por él sino adaptada, arreglada y reinterpretada para remitir a objetos cultural preexistentes, Avilés asegura que es «un placer y algo que me divierte el componer música para mis propias imágenes. Al igual que con el cine, tuve la suerte de conseguir una beca para estudiar música desde muy joven, por lo que en el proceso creativo ligo ambas cosas muy estrechamente».
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Avilés agradece su paso por un festival internacional como el de Berlín: «Transmite al público una pasión por los cortometrajes que se traduce en salas llenas, en varios pases dentro de las mejores salas de la ciudad, y ocupando un lugar muy central dentro de la programación». Un espaldarazo para la escritura de su primer largometraje, un proceso que se desarrollará «muy lentamente, dándole cariño».

Sara González



