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Críticas

Soy Nevenka: Crónica judicial de hoy para ayer

La nueva película de Icíar Bollaín se encalla en la literalidad y en la lectura a posteriori, sin capacidad de usar el cine para aportar algo más que el relato de los hechos del caso de Nevenka Fernández
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Soy Nevenka lleva a la ficción la historia de Nevenka Fernández (Mireia Oriol), una joven licenciada en Económicas que aceptó ir en la lista electoral del Partido Popular (PP) a las elecciones municipales de 1999. Tras la victoria en las urnas, Fernández se convirtió en concejal del Ayuntamiento de Ponferrada durante el cambio de siglo (de 1999 al 2000), con Ismael Álvarez (Urko Olazabal) como alcalde, que empieza a insistir en mantener una relación íntima con Fernández.

Icíar Bollaín vuelve en una película que continúa en el camino que abrieron Yuli (2018) y, sobre todo, Maixabel (2021) en la filmografía de la directora de Te doy mis ojos (2003). Coescrita como esta última con Isa Campo, Bollaín sigue convirtiendo en drama, ahora con su base judicial, un caso que adelantó cambios o nuevos sentidos comunes en la sociedad española. Si Maixabel trataba sobre la construcción del primer puente para cerrar la herida del terrorismo en el País Vasco, Soy Nevenka reivindica su lugar como una de las piedras de toque para los consensos que trajo el feminismo a nuestro país.

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Pero Soy Nevenka no encuentra una lógica cinematográfica que la justifique, es decir, una idea de fondo por la que transformar esta historia en película de ficción tenga un valor en sí mismo, más allá de codificar en términos de denuncia para hoy a una historia real que merece ser contada. Maixabel sí que asentaba un enfoque propio como película gracias a un guión que encontraba su razón de ser en el valor del diálogo y la palabra. La película sobre Nevenka se encalla en la literalidad y la ejemplaridad, en la recreación de imágenes y en una escalada dramática que solo busca resultar didáctica y, lo que es peor, en retrospectiva.

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Lo que ocurrió con Nevenka Fernández se ha contado en un libro de Juan José Millás, una serie documental de Newtral para Netflix dirigida por Maribel Sánchez-Maroto y, claro, en una sentencia judicial por la cual se condenó a Ismael Álvarez por acoso sexual en 2002. Aunque se alimente un poco de todo ello y de los relatos de la propia Fernández, la película relata básicamente lo que la sentencia da como hechos probados.

Esta forma de atarse a lo sucedido y, sobre todo, evitar demandas — algo que ya han hecho series basadas en hechos reales y con su true-crime anterior (Cuerpo en llamas, El caso Asunta)— lleva a Soy Nevenka a contar paso a paso lo que ocurrió, con Bollaín centrada en relatar el in crescendo del maltrato al que fue sometida, tanto por parte de Álvarez como por el entorno laboral y social que daba cobijo a su forma de comportarse. Un relato cronológico que se inicia e intercala con las primeras conversaciones de Nevenka con su abogado y, después, con la posterior construcción del caso.

Quizá haya sido este apego a la reconstrucción fidedigna la que termina por ahogar una película que, aunque está a la altura de la narración progresiva y angustiante de los hechos, no se decide si relatar los hechos en sí mismos o únicamente filtraros por la óptica de los mismos que tenemos hoy en día. Esto arrincona su planteamiento; primero, en la literalidad y, después, en la excesiva explicación a posteriori.

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Digamos que la cosecha propia de Bollaín y Campo está en el énfasis y el detenimiento o no que hacen en determinados aspectos de la historia. Ejemplos: el apoyo o no entre mujeres de la película, con una concejala del PSOE como aliada; la voluntad por explicar la dimensión corrupta del Partido Popular; la selección de imágenes televisivas reales de los hechos; o el hostigamiento del fiscal en el juicio.

Todas estas decisiones, coronadas por una elección desconcertante y anticlimática —más propia de un true crime televisivo que de un largometraje de estas dimensiones—, de incluir determinados cortes televisivos, termina por revelar a las claras que la película se quiere hacer relevante a partir de lo escandalosas que nos tienen que parecer algunas cosas vistas ahora y no por las cosas en sí mismas. Por eso tampoco Bollaín se decide por intentar entrar del todo en el punto de vista de Nevenka y solo lo enfatiza a través de algún recurso y secuencia puntual, pero evita plantearlo todo de forma subjetiva.

Es decir, en Soy Nevenka no hay una voluntad especial en querer usar determinadas herramientas cinematográficas en favor de la historia, sino que se apuesta por una línea sobria y de una cierta distancia que, al mismo tiempo que evita cargar demasiado las tintas, no sabe cómo no ser acomodaticia y poco expresiva en sus formas. Al final, termina por tirar de clichés (la autoafirmación individual hollywoodiense de «soy Nevenka», etc.) para dar una dimensión dramática real.

No es que la película no se sostenga, porque el hilo del ahogamiento a Nevenka y el trabajo con los actores, una de las grandes habilidades de Bollaín, es serio (los registros de manipulación de Urko Olazabal son lo mejor del filme), pero estamos ante una película que, como otras en el cine español con voluntad de mayorías, prefiere ser «necesaria» por la vía fácil que aportar algo más allá de lo que cuenta.

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Arturo Tena

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, desde 2018 dirige el medio especializado Cine con Ñ.