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Maixabel: Nos queda la palabra

Drama intensísimo de Icíar Bollaín, con la palabra como medio y mensaje

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29 de julio del 2000. ETA asesina a Juan Mari Jáuregui, exgobernador civil de Gipúzcoa. Más de 10 años después, su viuda, Maixabel Lasa, se reune con dos de los asesinos de su marido a partir de una iniciativa que promueve encuentros entre miembros disidentes de la banda terrorista y sus víctimas. 20 años más tarde del atentado, Icíar Bollaín (La boda de Rosa, También la lluvia) cuenta esta dura historia real en Maixabel, película que se acaba de presentar en el Festival de San Sebastián y que se estrena el 24 de septiembre en cines.

La película recoge toda la secuencia de los hechos históricos, que van desde el atentado hasta el encuentro de Lasa (Blanca Portillo) con Ibon Etxezarreta (Luis Tosar), uno de los tres autores del atentado, en 2014. Pero más que enfocarse en narrar una historia que es pública y está hasta documentada -obligatorio ver también Zubiak (Jon Sistiaga, Alfonso Cortés-Cavanillas, 2019)-, Maixabel quiere contar cómo se llegó hasta allí y qué motivó a estas dos personas a crear ese puente inédito entre un lado y otro de la dolorosa historia del terrorismo en el País Vasco.

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Bollaín ha hecho un drama intensísimo y cuidado sobre la oportunidad que ofrece el diálogo para curar heridas aún abiertas en Euskadi. Maixabel cumple su objetivo y predica con el ejemplo: la palabra y el reconocimiento del otro son el centro de su discurso y el medio para llegar hasta él. La película está construida en base a la presencia y ausencia de esa conversación que se va cociendo por dentro, a las líneas paralelas de dos personajes que quisieron romper el silencio de la violencia para cruzarse en medio del camino.

Maixabel, de palabras y melodramas

La película va contando esta historia en la que la comunicación se ofrece lentamente como punto de partida (Lasa) o de llegada (Etxezarreta). Sin medir dolores o legitimidades, en Maixabel la palabra es una puerta que se abre a nuevas oportunidades después de 40 años. Es aquí el campo donde Isa Campo e Iciar Bollaín, coguionistas, han trabajado más a conciencia. En qué se dice y qué no; qué palabras se utilizan y cuáles quizá solo se piensan. La mezcla del peso ideológico y la empatía humana. Todo está medido en situaciones de tensión donde se tiene que sentir el miedo, el dolor, la vergüenza o la desconfianza. La fotografía gris y plomiza de Agirre Erauso, la gran música de Alberto Iglesias y las ideas en plano y de puesta en escena de Bollaín están al servicio.

Aunque Maixabel no puede evitar regodearse y pasar por algunos de los peajes narrativos convencionales de nuestra industria, su coherencia dramática se sostiene porque detrás está ese propósito, esa idea generosa. El drama familiar no es, como en Patria, sólo una balsa de seguridad a la que agarrarse para dar más fuerza al relato. La víctima no tiene que estar muriéndose para ser más víctima. Tampoco hay conversaciones en la fila de la charcutería -hay poco espacio para el costumbrismo- pero, paradójicamente, busca manipular menos las condiciones dramáticas de sus personajes principales que la serie de HBO.

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Patria proponía además un perdón colectivo para superar el dolor en las historias de sus dos familias, pero sin nuevos horizontes imaginables. Maixabel sí que propone un futuro nuevo de convivencia y concordia en la de Maixabel Lasa. Sin establecerse como árbitro ni adoptando un discurso de culpa moralizante o curativa, es una invitación a cerrar una etapa y abrir una nueva, también en esta gran oleada reciente de audiovisual sobre ETA. Y lo hace siempre desde el recuerdo de los que se quedaron por el camino, como marcan una y otra vez los homenajes a Jáuregui en el monte Burdinkurutzeta.

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