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Secaderos: Un aullido de fantasía

La película de Rocío Mesa consigue sortear sus deudas cinematográficas y da con un toque sintoísta que mantiene la ilusión

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Secaderos sigue el verano en un pueblo de La Vega, en Granada. Se centra en dos jóvenes: la primera, una niña que vive en Madrid pero disfruta ahora de las vacaciones en casa de sus abuelos. La segunda, una adolescente que no ha salido del pueblo y se siente atrapada en casa de sus padres agricultores. Ambas viven con los secaderos de tabaco de la zona de fondo, unos cultivos que agonizan para ambas familias.

Rocío Mesa se estrena como directora de ficción en largo con este coming of age a dos tiempos y perspectivas, que unidas se convierte en un drama ‘neorrural’, con toda la problemática de nuevo de la España vaciada, al que se le añade un aullido de fantasía casi oriental vinculado al poder de la naturaleza. Está todo en la tierra de Granada, que coge aquí también su espacio simbólico y cultural en la nueva ola de cine independiente en España, que no encontraba un lugar específico para los carácteres y espíritus de Andalucía.

Aunque demasiado deudora de una determinada tradición cinematográfica, Secaderos encuentra su razón de ser en su conexión y giro que se le da a su lugar de origen, rodado de una forma suave y manteniéndonos siempre dos palmos por encima del suelo. Mesa consigue evocar un toque sintoísta en el ambiente sin necesidad de rehacerse en antiguas leyendas (El agua, 20.000 especies de abejas), sino inventando una nueva que pueda conectarse con el momento vital de sus dos protagonistas.

Yo te quiero con tabaco y melocotón

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Como hemos repetido varias veces en esta publicación, la proliferación de películas españolas que se componen en base al esquema del verano de descubrimiento infantil/adolescente en entorno rural no es problema en concreto de ninguna de ellas. Ni siquiera por el hecho de que se puedan o no se puedan copiar entre ellas, que es una cuestión estéril y hasta infantil, sino porque la gran mayoría son producciones valiosas y, analizadas una por una, tienen elementos diferentes y planteamientos originales.

En ese sentido, Secaderos no ha tenido el don de la oportunidad de fechas y tiempos del que sí han dispuesto otras (Alcarràs o El agua, rodadas en fechas muy similares) por haber sido seleccionadas antes en grandes circuitos internacionales. Pero es cierto también que las circunstancias y la atención son las que son, y eso evidencia un problema a la hora de acercarse con frescura a su público objetivo. Es un tema que no debería de comerse Rocío Mesa en entrevistas, sino sobre el que debería de reflexionar todo un sistema de desarrollo y financiación industrial independiente.

Y la sierra está nevada

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Pero volviendo a la película, es verdad también que Secaderos tiene algunos problemas que van más allá de su contexto extracinematográfico. La película intercala buenas secuencias de puro realismo mágico a la granadina, algunas brillantes (la de la comida al aire libre y la psicodélica están ya en el top de este ciclo), con otras menos inspiradas, en las que la naturalidad de la escena y las interpretaciones se atascan un poco, seguramente por falta de tiempo para terminar de perfilarlas. Así, otros detalles, demasiado comunes al drama de crecimiento, se notan más.

En cualquier caso, Secaderos sale a flote de sus esquematismos y sobresale por sus salidas y puntos de fuga originales y sobre todo porque mantiene una sensación de ilusión (como oposición a la realidad de La Vega) en el ambiente, convencida de que el cine todavía puede evocarla. Está al final en los guardianes de la naturaleza en el universo de una niña, pero también en la nieve de la adolescente inconformista que se resiste a derretirse. Sin perderse en sus mundos de yupi, la película de Rocío Mesa apela sin complejos a otros mundos que, por mágicos, no deberían de resultar imposibles.

Imágenes: Secaderos – Begin Again Films (Montaje de portada: Cine con Ñ)
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