Películas españolas 2026
Para entrar a vivir: Pacto fáustico contra el precio del metro cuadrado

En tiempos de escasez de inmuebles, inflación arrendataria y subida de los tipos de interés, tiene sentido que se planteen ficciones con el metro cuadrado como elemento demoníaco, capaz de agitar los más bajos instintos e incluso propulsar el caos. De eso va, más o menos, Para entrar a vivir, una comedia ligera de terror de hechuras modestas en la que Pablo Aragüés y Marta Cabrera hacen de un apartamento el protagonista de un inusual pacto fáustico.
Por supuesto que no es casual que el personaje interpretado por Bárbara Goneaga haga referencia en los primeros compases de la película a La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), pero, aunque la cinta de Polanski sea una clara influencia de la actual propuesta, la relación inquilinos y casa encantada toma un cariz muy diferente en la propuesta de Aragüés y Cabrera, tanto en tono como en forma.
El apartamento en cuestión, en vez de asfixiar poco a poco a sus propietarios, es de los que concede todos sus deseos y Goenaga y Gorka Otxoa, la pareja protagonista que ha de lidiar con la inquietante generosidad del inmueble, cargan sobre sus hombros todo el nudo gordiano de la trama, para bien y para mal. Su naturalidad es uno de los puntos fuertes de la película y a la vez pone en evidencia la carencia de recursos cinematográficos de quienes la firman.
Para entrar a vivir: mucha voluntad, pero ejecución frustrante

Ya en Novatos (2015), drama de inspiración autobiográfica sobre los abusos en los colegios mayores, un tema lamentable que ha vuelto a salir a la palestra mediática recientemente, Pablo Aragüés demostraba una buena premisa e ideas sobre el papel, pero ejecutadas, a la postre, de manera voluntariosa y algo frustrante en términos cinematográficos.
En Para entrar a vivir la sensación es similar. Por una parte, el arco narrativo, el desenlace de la historia y todo su subtexto nos deja entrever a un creador imaginativo. Por la otra, una cámara poco o nada versátil y un trabajo de edición que en ocasiones no aprueba el mínimo establecido ofrece la peor cara de un proyecto que podría haber aprovechado un poco mejor sus limitaciones.
La secuencia en la que la pareja protagonista comparte una cena junto con la formada por Jorge Usón y Kira Miró es un ejemplo meridiano de nuestras palabras. Montada a una velocidad que no permite que respiren los planos y, por tanto, que no respiren las palabras de los personajes, las tomas medias en ligero travelling y los primeros planos se suceden sin un ritmo coherente ni con el devenir de la conversación ni con el de la película en general.
¿Apuesta por el minimalismo?

De ahí que se subraye que la naturalidad interpretativa de Goneaga y Otxoa sea lo que sostenga el desarrollo de la película. Sin duda, la actriz donostiarra ejerce de principal vehículo de la tensión cómica y dramática de la obra, capaz de ofrecer matices en una historia tal vez demasiado anclada en las convenciones de la comedia de situación y romántica. No obstante, incluso su buen hacer provoca cierto lastre.
En algunas secuencias de Para entrar a vivir existen ciertos intentos por crear una atmósfera a partir de la iluminación del inmueble y de otros tímidos recursos, pero, por resumir, se echa de menos algo más de riesgo a la hora de plantear la praxis cinematográfica. No hablamos en concreto de las limitaciones económicas que pueden estar detrás de estas cuestiones, sino de tener un poco más confianza en las imágenes.

Paula Arantzazu Ruiz