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Críticas

Mamacruz: La necesidad de existir

La primera producción española de la cineasta venezolana Patricia Ortega se erigió en uno de los hitos del pasado Festival de Sundance, gracias a su sensibilidad en la puesta en cuadro y a la interpretación de una excepcional Kiti Mánver
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La fe ha sido el asidero que ha sostenido a la humanidad ante la digestión de su devenir. La fe y la cotidianidad son elementos indisolubles en la vida de hombres y mujeres. La primera sirve de bálsamo para la sostener a la segunda; de tal forma que moldea nuestro modus vivendi: el cómo nos sentimos, el cómo nos relacionamos, el cómo nos identificamos. La fe es un refugio que deviene, por su propia naturaleza socionormativa, espacio rígido sin escape alguno. Es por ello que cualquier religión, con su codificación inherente, termina por acotar dicho espacio; en puridad, reglamentando y limitando nuestra existencia. Una suerte de cárcel vital envuelta en mundanidad. Vivimos apagándonos; renunciando a nosotros mismos, en definitiva.

La sociedad nos marca el sendero a seguir y los dogmas religiosos-morales son su pauta. En ese sentido, Arthur Schopenhauer remarcaba que las «religiones son como las luciérnagas. Necesitan de la oscuridad para brillar». Una oscuridad que decora los días de Cruz, la protagonista de la tercera película de Patricia Ortega, Mamacruz, una mujer que aborda los albores de la senectud sin interés alguno.

Pasa la mayor parte de su día entre patrones y hilos, ya que ejerce de restauradora amateur de una modesta parroquia sevillana, adecentando las tallas y dando brillo a un templo convertido en laboratorio social de la tercera edad. En su hogar ahoga la ansiedad viendo series de televisión de medio pelo, buscando paliar el dolor que le provoca la inestabilidad laboral y familiar de su hija (Silvia Acosta), una bailarina que ha partido hacia Berlín para afrontar un casting, y que ha dejado a su hija a cargo de su abuela; también la escasa relación que tiene con su marido, un fantasma que solo siente cerca cuando la agenda convivencial lo reclama. Así pues, la fe y la ficción son el único agarre de una vida consecuente con lo que la propia sociedad espera de ella

Romper el estigma

Mamacruz: La necesidad de existir 2

Mamacruz arranca con una escena que anticipa la metamorfosis emocional e ideológica de Cruz. Asistiendo a un momento romántico de una telenovela venezolana, vuelve a sentir un fuego interior que parecía extinto; o más bien que se da por extinto a determinada edad. A través de ese amanecer sexual, Ortega aborda la reformulación de una identidad invisibilizada por los demás y también, por qué no decirlo, por ella misma.

Una temática que ya trató en su segundo largometraje, Yo, imposible (2018), asimismo con la religión como eje para representar la disyuntiva personal de una monja intersexual. Ambos films roturan sobre la represión como axioma ineludible de una tradición o de una ley no escrita, que canaliza la deriva de una existencia solitaria. Sin embargo, Cruz quebrará el canon cuestionando su presente. Un proceso en el que involucrará de forma indirecta a su hija vía videollamada. Está en juego vivir; volviendo a Schopenhauer, está en juego «la necesidad de existir».

La cineasta marabina logra trascender el relato costumbrista con este elegante y poderoso alegato sobre la sexualidad en la madurez femenina; que pivota primero sobre la mística para después derivar en una argumentación más terrenal: la sororidad como toma de conciencia; primero grupal, después individual. En ese aspecto, la narrativa, valga la paradoja, no da puntada sin hilo, apoyada en el excelente guion firmado por José F. Ortuño y la propia Ortega. Un libreto que abandona los lugares comunes y afronta con honestidad el despertar de Cruz. Una salida emancipadora que logrará sacudir a los que la rodean. 

Mamacruz y una actriz en estado de gracia

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La toma de conciencia corporal marcará las necesidades de una mujer que confrontará sus convicciones cimentadas en el pasado con las posibilidades que ofrece el futuro de forma tecnológica. Así, de esta manera, descubrirá a través de la red que la ficción para adultos, la pornografía, satisfará esas pulsiones. Un autodescubrimiento que tiene algo de divulgativo pero también de sanación. La revelación de Cruz, en una escena prodigiosa, de clara vocación pictórica —con esos escorzos helenísticos—, supone el momento cumbre, además, de la excepcional interpretación de la actriz que la encarna: una Kiti Mánver pletórica. Capaz de extrapolar con sus gestos y miradas no solo el estancamiento en el que se halla, sino también la impotencia ante la desconexión emocional que mantiene con su hija.

Así, la reconstrucción identitaria de Cruz se desarrollará en paralelo a la sincronización sentimental entre madre e hija. Un proceso, el primero, en el que Ortega muestra su talento tanto en la puesta en escena como en la puesta en cuadro. Los planos que retratan la soledad de Cruz, la indefinición de su actual momento personal, capturan su rostro a través de cortinas, ventanas, espejos… Una faz y cuerpos deformados, despojados de definición. Esta llegará de forma apoteósica en la citada escena de marras. Colofón a una propuesta notable, que bucea en la intimidad femenina cuando asoma la ancianidad y que denuncia cómo los estándares basados en creencias y tradiciones encubren la frivolidad de la sociedad coetánea. Un afán iconoclasta que ya tiene su símbolo dentro del cine español: una mamá Cruz que prefirió la vida al tormento

Imágenes: Mamacruz – Filmax (Montaje de portada: Cine con Ñ)

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