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Malencolía: Querer ser algo más

La película de Zarauza capta y juega bien con la tensión campo-ciudad, aunque se empeña en no ser del todo consciente de sus limitaciones

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Malencolía presenta la historia de una pareja (Melania Cruz y Xulio Abonzo) que, tras vivir una década en Berlín, vuelven a Galicia y compran una propiedad en una aldea deshabitada. Pronto descubrirán que sí tienen una particular vecina, que se suma con extravagancias al extraño comportamiento del resto de habitantes de la zona. Mientras van arreglando la casa, empiezan a pasar sucesos cada vez más inquietantes alrededor de la casa.

Después del éxito local de la más que interesante Ons, Alfonso Zarauza (Maruxiña Films) presenta esta película en colaboración con la televisión pública gallega (CRTVG). Este dato es importante para saber qué tipo de proyecto es Malencolía y qué planteamiento (narrativo, formal…) tiene: es una producción pensada para que su destino final sea la televisión. Por eso es una película de vocación mayoritaria y ligera e identificable dentro de géneros (comedia y terror, principalmente) y tradiciones (la rural, las leyendas gallegas) populares.

Sin que eso sea ningún problema por sí mismo -al revés-, el problema de la película acaba siendo precisamente no ser del todo consciente de sus limitaciones, forzándolas. Eso resiente también la propuesta puramente cinematográfica, condicionada para el look televisivo. Aún así, con discreción y sin mucho aparataje, Malencolía se las apaña para crear una atmósfera de misterio convicente, con personajes sólidos y definidos, y desplegar un particular sentido del humor.

Malencolía y el cliché de la tensión campo-ciudad

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El tema de la tensión entre nuevos y viejos vecinos en lo rural, entre los olvidados del campo y los urbanitas que aterrizan, tiene una larga tradición en el cine de terror, como explica bien el crítico Ramón Rey en ‘Cine Maldito’. Y también tiene sus ramificaciones locales dentro del Novo Cinema Galego, etiqueta ya con trayectoria -por la que Zarauza orbita- en la que se descubre, una y otra vez, el campo gallego como un espacio donde resisten relaciones con la naturaleza y las leyendas populares.

El guion de Zarauza sabe que se maneja en ese terreno que roza el cliché, y lo utiliza tanto para crear familiaridad en el público como para desafiarlo lo suficiente con variantes divertidas y nada casuales. En este caso, los protagonistas no son unos extranjeros solo de condición (campo-ciudad), sino también por conversión: es una pareja gallega que llega a una aldea abandonada después de vivir más de 10 años en Berlín, una de las capitales metropolitanas de Europa. Se crea así una tensión y ambigüedad entre gallegos, en la que se retuercen el entendimiento y códigos comunes culturales que resulta que no lo son tanto.

Así se crea a favor de obra ese humor transversal, siempre incómodo y misterioso, que ceba con gracia los momentos de terror de la película. Para conseguirlo, Zarauza se apoya mucho en un reparto con varios de los mejores actores y actrices de Galicia (Iolanda Muíños, Diego Anido, Xosé A. Touriñán, Ledicia Sola, Marta Lado, Tito Asorey…), que tienen todos su momento de gloria. Destacan como protagonistas, claro, Xúlio Abonjo y especialmente el complicado papel de Melania Cruz, que no se entiende cómo no está teniendo más oportunidades en cine y series, también fuera de Galicia, con tanto recital.

Condiciones y condicionantes

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Pero, pese a las buenas vibraciones generales, la sensación con Malencolía es que podría haber sido algo más, quizá en otras condiciones que no limitaran tanto la propuesta. Lo dicen sus planos -esa arriesgada fotografía quemada…-, acomodados al lenguaje televisivo pero con mucha intención en la puesta en escena, y también lo dicen su historia y sus temas de fondo. Es como si Zarauza tuviera clarísimo lo que quiere y cómo lo quiere contar, pero se hubiese quedado muchas veces a medio camino a la hora de ejecutarlo.

En pocas palabras: hay demasiadas inquietudes y subtextos para el poco tiempo que hay – la película no llega a los 80 minutos- para desarrollarlos. Sin tocar gran cosa el espíritu de servicio público del proyecto, uno se pregunta qué habría sido Malencolía con una concepción distinta y más recursos. Una de esas preguntas demasiado comunes en el audiovisual español. Igualmente, Zarauza supera el compromiso de dar un producto de calidad para todos los gallegos con humor, sentidiño y entendimiento de la cultura local. Habrá que conformarse.

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