Críticas | Festival de Málaga 2024
‘Los tonos mayores’ o las mil y una lecturas de la pubertad

'Los tonos mayores', de Ingrid Pokropek
Existe un paralelismo, una reverberación, un juego de encontrar las similitudes, entre la protagonista de Los tonos mayores, Ana, en su búsqueda de interpretar las extrañas pulsaciones tonales que recibe en la prótesis metálica instalada en su brazo, y la que puede seguir el espectador inquieto al intentar entender qué le está contando Ingrid Pokropek, la directora de la película presentada en la Berlinale y en el Festival de Málaga (Zonazine).
En este juego de espejos entre el universo creado por la obra cinematográfica y la forma en la que dicho universo es interpretado por la audiencia es donde el film argentino cobra un interés superlativo, aunque debemos decir que ya sería notable por su sensible y emocional descripción del fin de la infancia, algo que muchos intentan y pocos consiguen.
Pero aceptemos el reto y juguemos al juego propuesto por Pokropek. Intentemos seguir el camino de Ana siguiendo el nuestro propio como espectadores. Para hacerlo así, describamos el marco general del filme: Ana es una adolescente que vive con su padre, un artista un tanto disperso (como todos) pero de buen corazón. La madre de Ana ha fallecido en unas circunstancias que desconocemos. Ana tiene una prótesis metálica en su brazo a causa de un accidente (del que también desconocemos las causas) en la que recibe una suerte de pulsaciones, de tonos, que junto a su amiga Lepa han transformado en notas musicales.
Los tonos mayores y sus tesis

Ana y Lepa se encuentran en ese momento vital, por el que todos hemos pasado, marcado por el fin de la infancia y la llegada de la pubertad y será precisamente una de las características definitorias de esa transición, el naciente despertar de la sexualidad, el motivo de la ruptura entre ambas amigas y el que llevará a Ana a vagar sola por la ciudad. Nuestra primera tesis debe ser, por lo tanto, que Los tonos mayores es un estudio sobre el paso de la niñez a la adolescencia, sobre la sustitución de los juegos infantiles por las primeras (y dolorosas) punzadas del amor.
Hay una pista muy evidente sobre esa transformación y es que la dicharachera prótesis de Ana debe ser cambiada, por razones médicas, por otra: lo pragmático (el cambio de una pieza de metal) tiene su eco en lo metafórico (el paso de una edad a la otra). Ana teme perder el intangible valor mágico de la placa (de la infancia) y sustituirla por otra que la introduzca, en cierto sentido, en el mucho más pragmático mundo juvenil. Ana tiene miedo a los cambios, ¿acaso no lo hemos tenido todos?
Volviendo a Ana en su despechado transitar geográfico y hormonal, el siguiente juego tiene como hito su aleatorio encuentro con Pablo, un joven militar, alguien que le da un nuevo giro a la interpretación de las pulsaciones de su prótesis: los tonos son, en realidad, mensajes codificados en el alfabeto morse. He usado el término aleatorio para definir el encuentro y, en realidad, no parece del todo exacto.

Realizando la conexión con la temática ya mencionada del crecimiento, que Pablo sea un soldado no solo refuerza una transición evidente en la edad de las relaciones de nuestra protagonista, también la introducción del morse sirve como contrafuerte a esta tesis: los códigos cerrados son, a fin de cuentas, propios de cierta madurez, lenguajes cerrados lejanos a esa libertad anárquica a la que llamamos infancia.
Entra aquí, después de traducidos los tonos del morse al alfabeto latino, una nueva variante interpretativa de los mensajes de su brazo. Estos serían una especie de pistas de juego del tesoro para recorrer diferentes espacios de la ciudad en la que Ana vive, Buenos Aires. De nuevo, gracias a esta interpretación, se produce un doble juego entre Ana y el espectador. Nosotros volvemos a descodificar el mensaje de la película: en verdad todo se trata de un homenaje, de un canto de amor a la capital bonaerense. Una excusa para recorrer sus calles como lo eran El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987) o Manhattan (Woody Allen, 1979), por citar dos ejemplos obvios, con sus ciudades homónimas.
Un último vestigio y la interpretación correcta

No podríamos finalizar este texto sin hacer mención al último giro de Los tonos mayores, que también incide en este doble juego especular. Sin desvelar por completo el final, sí queremos mencionar que tiene que ver con el sentimiento de pérdida de Ana con respecto a la figura materna, definiendo como último vestigio de la madre fallecida a la polisémica prótesis (tesis; ¿la madre de Ana falleció en el mismo accidente en el que ella se dañó el brazo?). Una última conexión con un universo que se desvanece, como también lo es la infancia al inicio de su particular odisea.
Los tonos mayores puede ser leída en cualquiera de estas escalas, pero si nos preguntan a nosotros acerca de nuestra candidata a ser la interpretación más certera diríamos lo mismo que seguramente diría Ana si le preguntaran sobre los tonos de su placa: todas son correctas, todas son complementarias. He aquí la singular belleza y complejidad de una de las películas favoritas de este año que recién comienza.


Martín Cuesta