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Libertad: Western a navaja

La serie de Urbizu reúne lo peor y lo mejor de su estilo.

Libertad: Western a navaja 1

Libertad cuenta la historia de Lucía ‘La Llanera’, una bandolera que sale de prisión tras casi 18 años de cautiverio junto a su hijo Juan, ya adulto, al que ha criado entre barrotes. No lo sabe, pero el Gobernador Montejo quiere utilizarla para llegar hasta otro bandolero, el Lagartijo, padre de Juan. Por medio estarán John, un escritor inglés en busca de historias que contar, y El Aceituno, bandolero rival del Lagartijo y con cuentas pendientes que saldar con el Gobernador.



La serie de Enrique Urbizu responde 100% al estilo del bilbaíno, con todos sus puntos fuertes y algunos de los flacos que ha aprendido a disimular o conseguir que den igual. Es una historia que estiliza el realismo sucio, bebe de los clásicos del género norteamericano pero les da su pátina netamente cañí y machuna, testosterónica, brutal a su manera. Empieza titubeante y luego arranca hasta acabar muy en alto. Un western teóricamente ambientado en Andalucía occidental con su dósis justita de comentario social.

A esta crítica le falta contrastar con la versión para cines, por fuerza más contenida y sintética, así que seguramente con mejor ritmo. La miniserie, en sus casi cinco horas, es tanto una de vaqueros especialmente violenta como una road movie de época en la que los personajes se persiguen unos a otros y tropiezan con desconocidos que complican su labor. A pesar de que La Llanera sirva de hilo conductor, acaba funcionando como una serie coral. Si uno disfruta del género, puede acabar viéndola en plan maratón sin despeinarse. Si no es especialmente afín, necesitará paciencia.

 

Crítica de Libertad con spoilerslibertad-cine-con-ñ

La promoción dice que la protagonista es Bebe, y aunque su personaje, la Llanera, sirve de hilo conductor a la trama y la abre y cierra de formas poéticas, el verdadero amo de la función acaba siendo El Aceituno, violento canalla sin remordimientos. Encarnado por un Isak Férriz en su salsa, es el personaje que acaba llevando el peso de la trama y nos sorprende lo mismo rescatando a un recién nacido que degollando a sangre fría en mitad de la cena. Además, nuestro punto de vista es John, el inglés, que representa la civilización y la visión romantizada de cuanto aparece, más cercana a la de un espectador del siglo XXI que si ha tocado una navaja en su vida habrá sido para cortar chorizo.

Libertad es, por momentos, una serie frustrante y que va de menos a más. Como comentaba más arriba, este redactor no ha podido enfrentarse a la versión fílmica e ignora los cambios, quizás para mejor, que otorga el remontaje. Le cuesta arrancar, aunque a partir del tercer capítulo coge su ritmo y no para desde ahí hasta el gran final. En ocasiones tenemos que empatizar con los personajes porque lo dice el diálogo, aunque ahí interviene la pericia de los actores, como un Ginés García Millán que aprovecha cada segundo de su afrancesado de western, que además funciona como conciencia política de toda la serie.

Por otro lado el elenco de personajes que se presentan ante nuestros ojos son todos muy interesantes, cada uno con su giro que lo hace único, pero apenas se desarrollan. Que el pasado de La Llanera permanezca desconocido es lógico, dada su condición de émulo del John Wayne de los western clásicos, pero es que la vemos hacer muy poco, demostrar escaso conocimiento del mundo bandolero más allá de su relación El Lagartijo. Y qué poco notamos en este último, ropas aparte, algo que solo se verbaliza: es un bandolero «señorito», de familia noble, lo que lo convierte en diferente a los demás.

 

Libertad, una serie para ver mientras lees a Revertelibertad-cine-con-ñ

Libertad es una serie de Urbizu. Es sucia, bronca y testosterónica, a pesar de tener un protagonista homosexual y a una mujer entre los personajes principales. Eso no está bien ni mal, simplemente es. Se puede hacer una machada sabiendo que es una machada y que sea una muy buena serie. Lo malo es hacerla sin darte cuenta y encima pretender que eres moderno e inclusivo. Pero hablamos de Enrique Urbizu, no de Íñigo Errejón o Pep Guardiola.

Citar a El Jefe, don Arturo Pérez-Reverte no es una boutaude, hablo en términos tanto literales y literarios. Urbizu ha adaptado al cartagenero dos veces: en Cachito y en la fallida serie de El Capitán Alatriste, además del guión de La novena puerta, y sus mundos son concomitantes. Todo es «revertiano» en Libertad, o al menos remite a unos referentes de los que beben ambos autores: personajes secos, diálogos ajustados a la epoca que a veces se pasan de teatrales, ternura opacada, soldados muy profesionales, maleantes con código y guiños muy evidentes al cine clásico siempre con un giro -el plano final es Centauros del desierto, sí, pero temáticamente inverso-.

Es, pues, violencia de Urbizu lo que vamos a ver. Como es la violencia en el thriller contemporáneo y él supo leer antes que nadie en España, sirviendo de transición entre la suciedad cuasi documental de los 80 y el hiperrealismo de los 2000. No es sucia, sino ensuciada. Una coreografía que se avergüenza un poco de serlo para que el espectador se la tome como «realista». Pero con el giro ‘revertiano’ del realizador vasco en el que se todo es más cutre, miserable y azaroso que si lo protagonizasen John Wayne o Matt Damon. Morirse en una de Urbizu nunca es bonito.

Por otro lado el componente de crítica social se encarna en los villanos a los que ponen cara con oficio Luis Callejo y Pedro Casablanc. Los únicos personaje con acento neutro de Libertad, y quien tenga oídos que oiga, son un funcionario engreído, corrupto y obsesionado con parecerle «moderno» a «Europa» y un terrateniente cazurro y clasista que maltrata a su hija. La narración no juzga a ninguno de los bandoleros, ni siquiera al contradictorio John, hipócrita consumado, pero sí a estos dos politquillos miserables cuya muerte final recuerda a la del señorito Iván en Los santos inocentes y casi busca el aplauso del respetable.

 

Todo es mentira en Libertadlibertad-cine-con-ñ

Decíamos antes que el personaje de La Llanera abre y cierra Libertad, pero eso es una mentira, o al menos una media verdad. Realmente lo que enmarca toda la narración es el libro que escribe John, el guiri, un antiguo soldado reconvertido en autor de folletín y showman. Un inglés de familia castellana que recorre los campos de Andalucía para intentar contar la historia de Lucía y su hijo y que romantiza el final, insinuándonos que todo cuanto ha contado hasta ahora está adornado. De hecho la evidente referencia a Dos hombres y un destino -en este caso tres, aunque solo nos interese uno- juega mucho con ese componente de falso final. De mistificación para ocultar un final mucho más mundano del héroe.



Hay detalles que asumen esa cosmovisión romántica, idealizada y oscurantista: el verdugo vestido de nazareno -qué me estás contando, Urbizu-, los desmembramientos sistemáticos -cuando fue un castigo excepcional muy poco aplicado en España-, el afrancesado retirado del mundo -¿antes de la invasión de Napoleón?-, la bandolera que canta para consolar a los condenados a muerte… La fotografía de Libertad y muchos de sus planos buscan esa imagen de estampa, de cuadro de la época, a la manera de un Barry Lindon o un Don Juan en los infiernos de Gonzalo Suárez -que podría haber rodado esto con quitarle un poco de sangre y enseñar algo más de cacha-.

Resumiendo, un producto entretenido y efectivo, con sus fallos, pero que no decepcionará a los seguidores del director y a los amantes del género en que se inscribe. Le da un giro necesario a la temática bandolera en nuestra ficción, aunque no se aleja tanto de algunos tópicos como a veces se cree. Si llega a aprovechar mejor el potencial de los personajes que presenta habría sido mejor, pero bien está lo que bien acaba. Es decir, lo que acaba con John Wayne quedándose solo.

 

Jose A Cano (@caniferus)

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