Críticas
Las delicias del jardín: El arte de reírnos de nosotros mismos

Stills de 'Las delicias del jardín'.
Las delicias del jardín se centra en la vida de un pintor abstracto (Fernando Colomo) en plena crisis: está prácticamente en la ruina, su vida personal es un desastre y ahora un temblor en la mano pone en peligro también su trabajo. El regreso de su hijo Pablo (Pablo Colomo) y la posibilidad de ganar un concurso millonario para versionar El jardín de las delicias, el famoso cuadro de El Bosco, podrían ser una oportunidad para darle la vuelta a las cosas.
En sus casi 50 años ya de carrera en el cine, a Fernando Colomo le ha dado tiempo a hacer algún que otro experimento semiautobiográfico que se aleja de sus comedias comerciales. Las delicias del jardín es una de esas películas más personales, que, junto a La línea del cielo (1983) y, sobre todo, Isla bonita (2015), cierra un tríptico —la palabra no es casual, claro— en el que el director reflexiona sobre cómo el arte se entremezcla con la vida.
Esta nueva película es seguramente la que más de cerca le toca a Colomo. Sobre todo porque trata la que es su otra gran pasión artística, más allá del cine y la arquitectura: la pintura. Y si a la ecuación le unes a su hijo Pablo, también pintor, solo podía ser una comedia sobre el mundillo. Crítica y algo conservadora pero, desde la absurdez, también compasiva.
Las delicias del jardín y el arte que no entiendo
Desde esa mirada autoirónica, que de alguna forma legitima su tratamiento, La delicias del jardín se une a la línea de retratar con humor el arte condicionado por y para el mercado cultural. Pero, a diferencia de lo que pasa en, por ejemplo, una película como Competencia oficial (2021) o una serie como Bellas Artes (2023-2024), la crítica no se hace a base de sarcasmo ácido, sino con el simpático ánimo de desorientación del que está perdido en un mundo que ya no entiende (si es que alguna vez lo entendió) pero que, aún así, tiene el impulso de querer retratar.
Ese planteamiento de, digamos, señor mayor, funciona sobre todo gracias al personaje que se reserva para sí mismo el propio Colomo, que, como ya pasaba en Isla bonita, se convierte en una especie de «niño viejo» que no puede tapar ya sus propios fracasos. Al final, el propio director critica las nociones actuales sobre el arte metiéndose con la suya propia o, desde otra generación, la de su hijo, y eso hace que la película coja un fondo cómplice que va más allá de la simple metareferencia.
La humildad de lo vulgar

La humildad del que no se da demasiada importancia, una actitud bastante compartida entre los directores de la generación de Colomo, se encuentra también en la forma de la película. No es solo que esté rodada con la sencillez y naturalidad del que ve el cine como funcional a la historia y a la interacción de los actores, es que adopta la forma audiovisual más vulgar en nuestro siglo: la cámara del móvil. Una decisión de José Luis Alcaine que encuentra su sentido en esta voluntad simplificadora, pero también en la capacidad para moverse libremente en el espacio.
Pese a esa coherencia general, también es cierto que Las delicias del jardín cae a veces en el estiramiento de algunas secuencias que tienen poco más que el regusto del guiño o del chiste interno, frenándose en la anécdota (todo el personaje de Resines, por ejemplo). De ahí la sensación de que se podría haber ajustado más su metraje para que hubiese quedado más redonda.
Aún así, y pese a que no tenga la brillantez de otros planteamientos sobre este espejo que es cine y vida —por ahí, también desde Madrid, el cine de Jonás Trueba tiene mucho más que decir—, la película resulta casi siempre simpática y, por momentos, es muy divertida. Las delicias del jardín justifica su existencia porque tiene una idea bien clara: reírnos de nosotros mismos lo justifica todo. Hasta el arte contemporáneo.

Arturo Tena