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Competencia oficial: Hay recurso pero no discurso

Una comedia divertida pero que se queda atrapada en la anécdota de cada secuencia

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Competencia oficial es una comedia que arranca con un rico empresario de la industria farmacéutica (José Luis Gómez) que quiere mejorar su imagen pública antes de retirarse. Lo hará produciendo una película. Para tener la mejor obra posible, el empresario contrata a la directora (Penélope Cruz) y los actores (Antonio Banderas y Óscar Martínez) del momento para adaptar -libremente- una conocida novela. Pero los particulares métodos de la directora y la tensión entre los dos actores harán que el proyecto empiece a tambalearse.

Un work in progress de ensayos y preproducción con el que los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn (El cudadano ilustre) se ríen del hecho mismo de hacer cine y algunos de los mecanismos perversos que perpetúa el sector. La película, que pasa del humor sutil y sarcástico hasta el más directo y físico sin despeinarse, está cohesionada por un duelo entre dos insoportables actores con ideas muy distintas sobre su oficio y cómo afrontar la interpretación.

Pensada secuencia a secuencia, Competencia oficial es una película elegante, divertida y detallista a la hora de meter el dedo en el ojo con según qué temas dentro del sector cinematográfico. Analizada como película en conjunto, le falta empaque, evolución e ideas que vayan más allá de la broma de consumo interno. Llevada en volandas por sus actores, con una novedosa interpretación de Penélope Cruz, la película funciona a base de momentazos que se ahogan cuando llega el momento de darle un sentido al todo.

Aprovechar al trío protagonista de Competencia oficial

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‘Competencia Oficial’. Foto: Samantha López

Aunque no inventa la rueda, Competencia oficial toca la tecla lo suficiente al hacer humor de la clásica -y falsa- tensión entre arte e industria en el cine. Primero con una directora de cine con ínfulas como Lola Cuevas (Cruz) y, sobre todo, con la oposición cómica entre la estrella frívola (Banderas) y el actor de prestigio que huye de los focos (Martínez). Los tres personajes hacen funanbulismo con sus respectivos estereotipos, pero están lo suficientemente bien escritos, detallados e interpretados como para que todos tengan identidad propia y contradicciones que los hacen humanos.

Conscientes de qué significa tener a Cruz, Banderas y Martínez en el reparto (de lo de Irene Escolar no lo fueron tanto), Duprat y Cohn concentran lo mejor que tienen en las secuencias que comparten los tres. Varias escenas son directamente oro, especialmente las de la primera mitad de la película. La presentación de personajes y las dinámicas entre ellos durante los primeros ensayos salen frescas, simpáticas y divertidas. Hasta hay divertidos juegos con la puesta en escena en esa casa de lujo, principal y perfecto escenario para evidenciar sus miserias.

Comentarios divertidos, identidades perdidas

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‘Competencia Oficial’. Foto: Manolo Pavón

Pero según avanza, el mecanismo de acumulación de anécdotas se va agotando. Por muy divertida que sea la dinámica de ensayos, los hermanos Duprat (Andrés al guion también) y Cohn no tienen realmente un desarrollo que ofrecer a su planteamiento inicial. Solo se ensimisman en una serie de comentarios -divertidos- que tienen luego una explosión final como clímax. Quizá demasiada centrada en lo mucho que pueden dar sus actores, la película simplemente va girando sobre sí misma.

Aunque en el último tramo se quiera poner la mirada en el público y lo que construimos como receptores, Competencia oficial se había desentendido de ese tipo de vínculo directo con el espectador. Su pacto era más una sarcástica distancia para hacernos reír con estos personajes que parecen de otro mundo. Apelar a la responsabilidad final del que mira como cierre es una idea interesante, pero tiene que sustentarse en algo para que sea discurso y no puro recurso.

Competencia oficial es un compendio de lo que habían tratado Duprat y Cohn, observadores de los objetos culturales, en otras películas que habían hecho juntos. Está la reflexión sobre el reconocimiento artístico de El ciudadano ilustre (2016), la comedia con duelo de opuestos de El hombre de al lado (2009) o la usurpación del éxito de El Artista (2009). Pero aquí falta unidad y un enunciado coherente que le de verdadera identidad a la película, algo que sí tenían las anteriores. La reflexión no estaba tan lejos, pero era más cómodo dejarla suspendida en el aire, como una roca sobre nuestras cabezas.

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