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CRÍTICAS

La sociedad de la nieve: Hacer auténtico lo que parecía imposible

La mejor película de Bayona hasta la fecha describe con imágenes el apabullante peso de la supervivencia y confirma lo mucho que le gusta el 'storytelling' al director
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Es posible que la historia real que cuenta La sociedad de la nieve, presentada en la Sección Perlak del Festival de San Sebastián, ya te la sepas: es octubre de 1972, un equipo de rugby uruguayo y sus allegados sufre un accidente de avión que deja muertos y supervivientes en medio de la nieve en los Andes. Según pasan las horas y los días y el rescate no aparece, la tripulación que queda se verá abocada a una situación extrema si quieren mantenerse con vida.

Juan Antonio Bayona vuelve a la tragedia real en los Andes —contada varias veces, la más famosa en ¡Viven! (Frank Marshall, 1993)—para plantear su propia mirada sobre lo que ocurrió en esos meses terribles. O, más bien, para proponer su visión de qué es lo realmente relevante detrás de esta historia de reverso tan trágico como asombroso. Porque, al final, lo que busca la película es plantear una reflexión sobre el propio relato de lo sucedido, una historia tan real como construida en la mente de los supervivientes y ya en la de millones de personas. Tanto para los que la conocen como para los que se acercan a ella por primera vez, ahí es donde Bayona quiere aportar algo.

Y la verdad es que lo consigue: La sociedad de la nieve supera la fuerza de la narración desastrosa y el morbo de la vida al borde del abismo. Y es seguramente donde está el valor y también el límite de lo que propone Bayona, un director que siempre ha estado fascinado por la manera en la que nos contamos historias, reales y ficticios, los unos a los otros.

Un esfuerzo hecho de copos de nieve

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La sociedad de la nieve tiene algo que no se ve casi nunca en producciones de este calibre: autenticidad. No realismo, sino un empeño por resultar auténtico, que es distinto. Dando por sentado que todo es construido en cualquier ficción, el efecto realista busca mimetizarse con lo real imitando el detalle, mientras que lo auténtico se distingue más por ser único y coherente consigo mismo. Lo son aquí en lo cinematográfico Bayona y Pedro Luque, el director de fotografía, porque mantienen un equilibrio entre una imagen documental mediatizada (hay muchísimo registrado del accidente) y otra estilizada, en la que los blancos y los cuerpos mantienen un contraste irreconciliable.

Acompaña y refuerzan este buen trabajo lo que hacen de orgánico los actores con los personajes, además de muchísimos detalles técnicos y artísticos que realmente dan tres dimensiones a lo que pasa. Con todo estos copos de producción, en un esfuerzo que culmina años de desarrollo profesional en el cine español, todo va a favor de obra a la inmersión en el desastre de los Andes. Es el efecto, invisible pero fundamental, que necesita la película para funcionar y que sus (algo alargados) 145 minutos se vivan intensamente.

Todo estas condiciones de producción no habría sido posibles hace 10 años en un proyecto así, algo que se ve en la propia carrera de Bayona: de contar una historia española en inglés con Naomi Watts e Ewan McGregor en Lo imposible (2012) a poder hacerlo en español con actores locales semidesconocidos. A veces el interés comercial de Netflix por el mercado hispanohablante trae algo más que actores mexicanos en series españolas.

Qué significa sobrevivir en la sociedad de la nieve

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Se agradece también el empeño de Bayona en mantenerse equilibrado y relativamente desapasionado con el material. No tanto por ser riguroso con lo que realmente ocurrió, que también (se cuenta paso a paso lo sucedido), sino por no recurrir ni a la pornografía del desastre ni tampoco al socorrido plano emocional para resolver la papeleta, algo que siempre se le ha achacado al director. Aquí está todo bastante comedido, aunque, claro está, los que odian acudir a la cita con la llorería tendrán sus momentos para quejarse de los excesos del director, que los tiene —esos planos detalle en el accidente…—.

Porque, al final, de lo que habla La sociedad de la nieve —y justifica volver otra vez a lo que ocurrió— no es de canibalismo o de cómo se querían todos mucho. Habla del peso de sobrevivir, pero también de no hacerlo. Bayona, heredado el concepto comunitario del libro de Pablo Vierci en el que se basa, ensalza otros valores alternativos de la gesta de supervivencia, ubicada normalmente en la iniciativa individual e impregnada de un cierto darwinismo social en la visión hollywoodiense. La idea de la película es unir a vivos y muertos en un sinsentido que recoloca sus decenas de piezas rotas en la experiencia compartida.

De lo que se puede acusar a la película es de plantear esta idea de una forma unívoca, con un narrador en voice over que nos lleva a una sola lectura posible del desastre. El director de El orfanato (2007) parapeta su perspectiva sobre el hecho y no permite dobleces o interpretaciones más abiertas de un relato del que, pese a ser tan fidedigno, se está apropiando de alguna forma. Pero Bayona no ha llegado tan lejos siendo ambigüo o retando al espectador, sino buscando asombrarle y revelándole cosas en la tradición clásica norteamericana, por presuntuoso que pueda ser en el intento.

Por mandar el rescate: La sociedad de la nieve es la mejor película de Juan Antonio Bayona. Una que usa algunos de los cambios de paradigma del cine comercial a su favor para orquestar una producción de primerísimo orden que, además, tiene claro qué y cómo quiere contarse. Por el camino, sigue el excesivo embelesamiento de su director con su discurso, su predilección por el storytelling (entendido como historia que te dice cómo tienes que leerla) en sí mismo y su propensión natural por la exaltación dramática con mensaje. Pero, detrás de la montaña, gana la emoción al melodrama hueco, gana el extra pass a la jugada individual.

La puedes ver online en

Fotos: Rodaje de La sociedad de la nieve – Quim Vives/Netflix

Arturo Tena

Graduado en Periodismo por la Universidad Carlos III de Madrid. Escribe crítica y análisis de cine desde 2010 y es socio de ACCEC (Associació Catalana de la Crítica i l'Escriptura Cinematogràfica). Después de trabajar en CTXT, en 2018 cofunda y dirige el medio especializado Cine con Ñ.

Twitter: @artena_