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La maniobra de la tortuga: Policíaco y drama social sin suma virtuosa

La adaptación de Juan Miguel del Castillo no encuentra su camino entre el thriller negro gaditano y su apego al comentario social

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Manuel Bianquetti (Fred Tatien) es el gran protagonista de La maniobra de la tortuga, un inspector de policía al que sus superiores tienen prácticamente inutilizado en Cádiz por la autodestructiva deriva personal y profesional que lleva tras la muerte de su hija. Ese trauma vuelve con fuerza cuando una joven aparece asesinada, y Bianquetti se decide a investigar lo sucedido, pese a que sus mandos intenten sacarlo del caso. Al mismo tiempo, la tranquila vida de la vecina de Bianquetti, Cristina (Natalia de Molina), se ve amenazada por la salida de la cárcel de su expareja.

La película tiene las hechuras de un thriller policíaco moderno de libro -que es del también gaditano Benito Olmo-, con la clásica historia de torturado policía que debe afrontar su pasado a partir de la investigación de unos crímenes. La segunda película de Juan Miguel del Castillo se lanza a una Cádiz ennegrecida para dar forma a una historia que prefiere profundizar en el camino personal de su protagonista, dejando un poco más de lado el misterio y las mecánicas de ‘quién es el asesino’.

A este policíaco clásico, que en el cine español ha sido una constante siempre a revisitar, se adhiere esa otra línea argumental, la de la mujer víctima de violencia machista que ve como el terror regresa a su vida de un día para el otro. Un cargado drama psicológico con trasfondo de crítica social que se suma en paralelo a la trama detectivesca de Bianquetti. Y es en los cruces entre estos dos líneas y sus formas, entre los códigos de género y el apego al cine social, donde La maniobra de la tortuga no encuentra su camino.

La sombra de Techo y comida en La maniobra de la tortuga

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En el drama social es donde se puede conectar fácilmente La maniobra de la tortuga con Techo y comida (2015), la primera y aplaudida película de del Castillo. Si aquella se acercaba a la desprotección y deshumanización de una familia monomarental -para más, ver Ama (Jùlia de Paz Solvas, 2020)-ante la crisis económica de 2008, en esta nueva película la historia de Cristina retrata un sistema que falla a las víctimas de violencia machista. En ambas, el orden social de las cosas niega el bienestar de dos mujeres. Por hacer aún más fácil la comparación, tienen hasta a la misma actriz protagonista (de Molina).

Aunque se puedan unir de esta forma, hay una gran diferencia de base entre las dos películas, que las pone en dos planetas distintos: en Techo y comida la construcción de una mirada sobre los desfavorecidos era el núcleo de un cine en búsqueda del naturalismo descarnado, mientras que en La maniobra de la tortuga la violencia sobre el cuerpo de las mujeres es, por un lado, acompañamiento- la historia de Cristina- y, por el otro, latido de fondo -en los asesinatos- para los códigos de un thriller policíaco. Entre medias, la película se queda sin síntesis.

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Del Castillo no resuelve la manera de integrar todo para que sume, por un lado y por el otro. Aunque se quiera unir a los dos personajes protagonistas -viven en el mismo sitio-, el vínculo entre ambos es frágil, calculado y poco definido. Cada uno camina por su lado, y así es como los enclajes del noir gaditano se van desinflando sin mucho rumbo y la idea de hablar de la violencia machista como una amenaza constante se queda en un comentario que oscila entre lo angustioso y lo evidente. Ni el thriller coge vuelo ni el drama social acaba aportando más que alguna novedad en la imagen de la mujer maltratada.

A Juan Miguel del Castillo se le nota que, en realidad, lo que realmente le interesa es la parte más Techo y comida de La maniobra de la tortuga. Especialmente en las secuencias con Natalia de Molina, el director sí que encuentra la manera de expresarse en imágenes para que los protagonistas aterricen en su contexto con sinceridad. Por eso lo que también brilla es la dirección de actores, con personajes anclados a su realidad: desde la revelación absoluta con un todoterreno como Fred Tatien hasta secundarios con alma como el de Mona Martínez. Cuando la historia se plantea más desde las dinámicas del policíaco convencional, como en las secuencias estrictamente «de policías», todo baja.

La película se queda así como un honesto pero fracasado intento de darle una nueva vuelta de tuerca al policíaco con tintes sociales. Un buen director como del Castillo le ha dado a todo un acabado competente y hasta momentos de intensidad para que nada se caiga demasiado, pero es cierto que no ha encontrado la manera de hacer virtuosa la mezcla arriesgada que proponía, en la que está claro dónde estaban sus inquietudes como director.

Imágenes: La maniobra de la tortuga

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