Preseleccionado a los Goya
«Un plano secuencia imposible que nos dejó atónitos»: la historia de ‘La compañía’, el corto para despedirse

Alberto Amarilla en 'La compañía', de José María Flores.
Una pareja sale a cenar. Por fin pueden estar solos, sin los niños. De camino, se topan con un grupo de personas que ocupan la calle. Todos observan, en silencio y sin reaccionar, un accidente de tráfico que acaba de suceder. Es el misterioso arranque de La compañía, cortometraje de José María Flores que se ha convertido en uno de los 30 cortometrajes de ficción elegidos para optar al preciado Goya este año (Mejor Cortometraje de Ficción) gracias a un planteamiento sin freno que une a un coro musical y Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM). Todo para contar una despedida.
«Una obra maestra en un plano secuencia imposible que nos dejó atónitos con su lenguaje artístico, la forma en la que habla al ser humano y cómo refleja nuestra existencia». Así alabó a La compañía el cineasta marroquí Abdelilah El Jaouhary al darle, como presidente del jurado, el Gran Premio al Mejor Cortometraje a la película en el Festival Internacional de Cine de Moscú el pasado mes de mayo.
El premio en un festival de clase A como el de Moscú ha sido la joya de la corona para el recibimiento que está teniendo el corto, que suma ya 20 premios y más de 100 selecciones en certámenes de cine. En el horizonte, el sueño de Hollywood: opta a entrar en la short-list para los Óscar que se conocerá en diciembre. En entrevista a Cine con Ñ, su director y guionista, José María Flores, comenta que están «tan sobrepasados como contentos» con el recorrido que lleva La compañía.
La compañía y un adiós repentino
La película nace de una experiencia personal del propio director, que sufrió también un accidente de coche —»no tan grave como el del corto», aclara—. Así cuenta la experiencia que lo inspiró: «Abrí los ojos, porque perdí el conocimiento, y vi que había mucha gente alrededor del coche que miraba. Más tarde me dijeron que es porque te aconsejan no mover a la gente, por si tienes algún tipo de lesión interna o lo que sea, pero yo me quedé muy impactado ‘¿Por qué toda esta gente no me está ayudando?‘».
«Aunque vivamos de espaldas a ello, todos vamos a tener que pasar por una despedida»
De esa experiencia, de esa imagen que «se me quedó grabada», dice Flores, partió lo que acabó siendo La compañía, una película centrada en una pareja ante la conmoción personal que supone ser víctima, directa o indirectamente, de un accidente: «No se puede estar preparado a perder a algún ser querido en un accidente de tráfico. Ahora está, ahora no está. No es como otros procesos que sí que puedes ir haciendo el duelo de otra forma».
La compañía, con Alberto Amarilla y Elisabeth Larena interpretando a esta pareja, explora la emotividad que hay en un adiós entre dos personas. «Aunque vivamos un poco de espaldas a ello, todos vamos a tener que pasar por una despedida, de una forma u otra», comenta el cineasta, que cree que este carácter universal del corto es lo que ha hecho que haya podido conectar también «con gente dispar, de culturas muy diferentes», ya sea en Japón o Estados Unidos.
Emociones sin cortes
Pero para que la decisiva dimensión dramática del corto funcione no solo había que tener el ‘qué’ sino también el ‘cómo’. Rodada en pleno centro de Cáceres, la película de José María Flores está compuesta, como decía El Jaouhary en Moscú, de un único plano secuencia, un falso continuum sobre una experiencia cercana a la muerte que, explica Flores, iba en sintonía con esa búsqueda de la emoción: «Pensé que el corto iba a llegar más si no dejaba al espectador huir a través del corte y vivía allí con los personajes, en tiempo real, lo que estaba ocurriendo».
El reto para Flores no era tanto el plano secuencia en sí mismo, sino en cómo imprimirle el ritmo que buscaba: «El problema a veces con los planos secuencia es que la cámara pasa por tramos en los que no está pasando nada. Todo mi afán era que tuviera siempre pulso narrativo». Por eso el corto se filmó con steadicam, grúa, cámara en mano, en planos áereos… un despliegue y preparación que, explica el director, no hubiera sido posible sin su equipo de producción —»cuando se lo conté a mi director de fotografía, Laurent Poulain, su cara era un poema», bromea— y de efectos (VFX), que aprobaba cada corte y lo hizo invisible para el espectador.
Por si fuera poco el reto visual, Flores añadió el auditivo: un coro musical. De nuevo, el cineasta buscaba que la música fuera otro «vehículo, creo que de los más poderosos que hay, para transmitir emoción». Aunque lo que se escucha es un coro real introducido en posproducción, el director revela que los más de 60 extra de La compañía cantaron realmente en rodaje mientras escuchaban una maqueta a través de unos altavoces. Para el director «era importante que estuvieran cantando algo y sintiendo lo que cantaban» para que el cortometraje tuviera la fuerza que buscaban.
Lo que se escucha es la última pieza del engranaje artístico y sensitivo de este cortometraje medido al detalle que espera seguir teniendo oportunidades de acercarse al público, algo que el escaparate de los premios está poniendo un poco más fácil. «Lo que más ilusión nos hace es que la gente vea el corto en muchos sitios del mundo y cuanto más, mejor», concluye su director.

Arturo Tena



