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Josefina: La soledad está en los detalles

Una película medida y ambigua sobre dos personajes que quieren dejar de sentirse solos. Uno de los debuts españoles del año

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Un funcionario de prisiones, Juan (Roberto Álamo), se fija en una mujer, Berta (Emma Suárez), que visita a su hijo cada semana en la cárcel. Muy poco casualmente, Juan coincide con Berta y le acaba contando que su hija también está dentro. Con esto en común, ambos empiezan a conocerse. Así arranca la sibilina y bien armada Josefina, primer largo de Javier Marco y Belén Sánchez-Arévalo que hace méritos más que suficientes para ser uno de los mejores debuts españoles del año.

Josefina se mueve despacio, pero hacia adelante. Todo empieza en lo cotidiano, en bajar a sacar al perro, y poco a poco se van añadiendo elementos a esos espacios o situaciones reconocibles. Así, lo que parece una comedia incómoda con un protagonista un poco perturbador y contradictorio pronto se convierte en otra cosa. La trama principal nace desde Juan, que parece ser el punto de vista principal de la película, pero la aparición de Berta cambia paulatinamente la atención. Todo acaba siendo un juego de extraña seducción entre dos personas tremendamente solas.

La película juega con cuidado sus cartas sin perder la cabeza porque sabe exactamente qué quiere contar y cómo quiere hacerlo. Pero es un cálculo que no se queda frío, porque busca la humanidad de sus personajes. Y lo hace sin grandes movimientos de la trama o diálogos intensos, sino poniendo atención en los pequeños detalles, desde un mensaje en una bolsita de azucar hasta un estante con patitos de cerámica. Aquí es donde su acercamiento a dos personajes que necesitan cariño y compañía da ese pequeño salto extra: la soledad no está solo en una habitación vacía.


Ambigüedad en la parada del bus

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Con mucho cuidado de no perder verosimilitud para no dejarse la empatía con sus protagonistas por el camino, Josefina se atreve a jugar con el espectador y meter diferentes detalles que mezclan lo normal con lo insólito, lo rutinario con lo extraño. No sólo quiere contar una historia de cómo se sienten dos personajes, que la cuenta bien, sino que se lanza a establecer una ambigüedad sobre lo que puede estar pasando sin miedo a que haya cosas que no se entiendan.

Marco y Sánchez-Arévalo han dejado además un espacio a completar entre lo que vemos y, sobre todo, lo que no vemos. La historia se construye delante de nuestros ojos, en pantalla, pero también fuera de ella. Lo que no se explica del todo puede estar en un detalle en una conversación, en una mirada, o podemos imaginarlo nosotros mismos. La película es inteligente y generosa en la trama para darle una interpretación abierta a los deseos y necesidades de sus personajes. Cyrano de Bergerac (Jean-Paul Rappeneau, 1990) o no, aquí caben más cosas.

Roberto Álamo y Emma Suárez son el duo perfecto para estos dos personajes en busca de compañía y con miedo a desear. Álamo, en un registro al que se le asocia menos pero que puede hacer perfectamente, encierra todas las contradicciones de Juan. Y Suárez se encuentra muy cómoda para ir desplegando el papel de esta sufrida madre que poco a poco se va adueñando de la película.

Historia de amor entre dos personas a las que la vida parece haberles dejado atrás y sin nada que ofrecer, Josefina transmite desde la síntesis, aprovechando cada detalle para mantenerse en el alambre y confiar en la manera en que andaremos por encima sin caernos. Dominadores de la histora en corto, Marco y Sánchez-Arévalo (Goya al Mejor Cortometraje 2021 por A la cara) han hecho una buena película que merece atención y reconocimientos cuando se estrene en noviembre.

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