Críticas
Historia de pastores: Brilla como ella sola

Stills de 'Historia de pastores'. ©Películas María. Montaje: ©Cine con Ñ
Historia de pastores nos coloca en el año 2027, en el Altiplano de Granada (Huéscar). Una mujer (Mari Marín) trabaja como geóloga en prácticas en el Museo de Prehistoria de Orce. En algunas de sus incursiones para investigar y mapear la zona se encuentra con dos pastores (Antón Rodríguez y Yusuf Román): el primero sufre una extraña enfermedad relacionada con Internet y el otro, amigo de la familia, se ve obligado a sustituirlo.
El granadino Jaime Puertas Castillo debuta en el largometraje con una de las películas españolas más inclasificables y brillantes del año. Con una trama mínima pero llena de misterio que une pasado, presente y futuro desde la historia natural, la leyenda local y la pura fantasía hecha de píxels, Historia de pastores ya no es ‘neorrural’ (Alcarràs, Suro, As bestas, etc…) sino que es ‘posrural’: el planteamiento de Puertas Castillo parece partir de la idea de que el campo ya no es un lugar para el desarrollo directo de la vida, sino una especie de gran escenario en ruinas y rellenado por la humanidad a partir de recuerdos incompletos.
Aunque coquetea con ellos como cualquier película, Historia de pastores huye de los filtros de la ficción, el género o la mirada cinematográfica más habituales (naturalismo, thriller, comedia, etc…) para construirse unas reglas propias, particulares incluso para ese cine que sabe qué teclas usar para acudir con garantías a su hábitat natural, el circuito de festivales de cine. Por decirlo en una frase: tiene en sus imágenes ese rango de originalidad que atrapa y parece algo distinto.
Historia de pastores: Historia e historia

La película encuentra dos grandes lugares simbólicos y conectados para recorrer su historia de pastores: el patio y el cortijo. En ambos lugares se produce la historia y la Historia —en la película se revela que algo sucedió hace muchos años, un suceso misterioso e inexplicable—, sin establecer una relación jerárquica sobre cuál es más importante o relevante. Es lo que ya intuían las confesiones a cámara de El agua (Elena López Riera, 2022) y que aquí atraviesan toda la película.
En Historia de pastores la memoria colectiva está compuesta tanto por el relato oral entre vecinos o trabajadores del campo como de lo encontrado por la ciencia en un yacimiento geológico. Esto permite que la película funda sus tiempos cronológicos (pasado, presente y futuro) a un ritmo particular pero que se siente natural, creando una sensación de suspensión en el aire, de irrealidad cotidiana, que potencia la sugestión y el enigma detrás de cada historia que nos cuentan Puertas y sus vigilantes sin tierra.
Sueñan los pastores con cortijos digitales

La segunda parte de la película, y especialmente su tramo final, nos mete en un plano distinto, entre lo fantasmagórico, lo fantástico y lo digital, que le acaba de dar una personalidad cautivadora. Ahí aparece con fuerza el mayor hallazgo intelectual y artístico de Historia de pastores (atención, desvelo una sorpresa): la incorporación de la tecnología digital como una pieza más de esa gran Historia compuesta por distintas historias.

Lo onírico y el píxel se unen también para completar un discurso sobre la perdurabilidad de las cosas, las materiales y las inmateriales, preguntándose si la huella que dejamos, también la de la película, es para siempre o está destinada a desaparecer para ser sustituida por otra. Historia de pastores es una película sorprendente que merece atención y que nos abre algunas vías nuevas para seguir relacionando el cine con las tierras de este país, incluso para los que no la poseen pero la habitan en transhumancia.

Arturo Tena