Críticas
El agua: La película que predijo la gran tormenta

El agua «se mete dentro» de algunas mujeres y se las lleva, dicen las supersticiones de las mujeres de un pueblo de Orihuela ante una nueva tormenta que se acerca. Es la amenaza en forma de leyenda que afectará a Ana (Luna Pamies), una joven del pueblo que pasa el verano junto a sus amigos y su familia, compuesta por su madre (Bárbara Lennie) y su abuela (Nieve de Medina). Uno de esos días calurosos, se acerca a un chico (Alberto Olmo), con el que empieza una relación especial. Pero todo parece indicar que las inundaciones están al caer.
A primera vista, es fácil colocar a El agua dentro de la nueva ola de cine español independiente. Su directora, Elena López Riera, ha hecho como otras y otros de su generación y ha vuelto a sus orígenes, a su casa, para contar una historia de verano de una joven, conectándola con la realidad de su tierra. Si en Alcarràs o Secaderos, entre otras cosas, se habla de la agricultura y de las formas de vivir del campo, aquí se lidia con las consecuencias más directas de la crisis climática. Los problemas vienen de un cielo que lo ocupa todo: la fuerza de la naturaleza es real y puede ser terrible.
Pero, aunque comparta cosas con esas películas, El agua encuentra su propio camino. Desprejuiciada a la hora de entender el naturalismo que se le presupone, López Riera no tiene miedo a romper con las imágenes preconcebidas de nuestro cine de autor y se atreve a experimentar, pese a algún desbarre. Esos antiguos mitos que siguen sometiendo a las jóvenes del 2022 hay que escucharlos, reinterpretarlos, para poder desafiarlos. Mientras, el agua se nos puede llevar por delante a todos.
El agua y el poder de su relato

Filtrada desde la eco-ansiedad, López Riera crea una intriga especial que se entrega al poder de sugestión que tienen los relatos en sí mismos. Lo hace intentando captar cómo se transmiten las leyendas locales y reafirmando el poder que pueden tener entre nosotros. En concreto, se fija en la fuerza opresora que imponen esos mitos sobre tres generaciones de mujeres (la nieta, la madre y la abuela) que conviven juntas y en armonía, sin hombres.
Para hacerlo, que es realmente lo más interesante, El agua coge ese tropo ya clásico del descubrimiento juvenil de verano e intenta subvertirlo. Y lo hace de una forma más radical que otras películas recientes como Libertad o Cerdita, que también proponían nuevas desviaciones del mismo molde. Continuas confesiones de psicológa a cámara, planos verticales grabados con móvil… López Riera no se corta a la hora de introducirnos en este mundo de supersticiones precisamente desacralizando la imagen.
Que el fin del mundo no nos pille bailando

Quizá su atrevimiento y sus juegos de no ficción frenen la sensación de unidad y satisfacción general con la película, pero en realidad las decisiones de dirección de El agua ensanchan las posibilidades de nuestro cine. Hacer sufrir la mirada aprendida del cinéfilo y tirar por la ventana más de un manual del cine de autor con sus decisiones es sin duda una de las buenas noticias que ofrece la tormenta de ideas de López Riera. Aunque sufre de algunos hándicaps en la dirección de sus actores noveles, a veces perdidos, la película demuestra personalidad.
Llevada en volandas por un misterio mágico y casi religioso, El agua nos sugiere en sus formas que no hay por qué creer todas esas leyendas, sino más bien saber qué pueden estar diciendo de nosotros. De nosotros como sociedad humana y, en su reverso más actual, del cada vez más acuciente desastre natural con el que convivimos. Esa presión medioambiental nos la recuerda también (¿spoiler?) el desafiante plano final de la brava Luna Pamiés: el fin del mundo no nos puede pillar bailando en una rave. Habrá que hacer algo.
La puedes ver online en


Arturo Tena