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Críticas

Hermanos: Amor por salir del barrio

Las autoras de 'Chavalas' regresan con un drama social energético, que lanza múltiples estímulos e intenta retratar de manera compleja las barreras sociales sin caer en la bobería voluntarista ni en el fatalismo
Crítica de la película 'Hermanos'

Después de irrumpir en el ámbito del largometraje mediante Chavalas (2021), las hermanas Carol y Marina Rodríguez Colás retornan a la gran pantalla con su segundo filme, que se ha presentado en el marco del BCN Film Festival y su Sección Oficial. Hermanos trata de un joven catalán de padres marroquíes, Ayman, de su relación con sus dos amigos del alma y de la atracción que siente por la hija de la casa donde su madre trabaja de empleada doméstica. El grueso del relato tendrá lugar en una larga tarde y noche de esperanzas, tensiones y algunos conflictos quizá irresolubles.

El dúo de cineastas propone otro drama social que se puede enmarcar en un contexto de auge del género en España, a menudo impulsado por una oleada de cineastas de treinta-y-tantos o cuarenta-y-algún años de edad —como la Clara Roquet de Libertad (2021) o la Belén Funes de La hija de un ladrón (2019)—. En este caso, estamos ante un filme juguetón, pero no escapista, porque está salpicado de situaciones amargas. Su visionado provoca sonrisas que a menudo se terminan torciendo, aunque se rehuya lo trágico y lo miserabilista.

Las Rodríguez Colás y su equipo proponen una especie de goce con límites. La audiencia acompaña a los chicos del barrio en esta aventura más o menos amable, puntuada mediante música y reels de Instagram, pero que no resulta roma, sino que incluye aristas que pueden y deben herir. Escenifica peripecias amargas, juegos, provocaciones y confrontaciones entre ellos y contra ese mundo de fuera que, de tanto en tanto, deja claro que les mira con sospecha. No se opta por la resolución desoladora, pero sí por la advertencia sobre la complejidad de las cosas.

La calle es nuestra (hasta cierto punto)

<strong>Hermanos</strong>: Amor por salir del barrio 1

Los protagonistas del filme son unos jóvenes falsamente endurecidos. Ayman representa ese estado mental con su cara de niño travieso y sus poses y gestos de chico duro, con sus momentos de ira y miedo todavía muy juvenil. El trío pertenece a familias trabajadoras que no encajarían ni en un cuento de realismo sucio ni en los relatos de paraísos manufacturados de la alta burguesía.

Si las casas pertenecen a los adultos (o, en parte, a los niños más pequeños), la calle es el espacio de experimentación y de expresión de estos jóvenes. Algunas escenas dimensionan y, de alguna manera, envuelven de un cierto glamour y de una épica pequeña y cotidiana ese intento de hacer suyo el espacio público a golpe de patinete y ritmo de música urban. Aunque las calles céntricas de la metrópolis sean un espacio más hostil, aunque sean objeto de alguna ronda de identificación de identidad con sesgo racista.

Un flirteo que recorre la narración se depliega, en parte, a través de textos y vídeos enviados mediante aplicaciones de mensajería. De nuevo, el cine reproduce que la multiplicidad de pantallas es una parte tan integral de tantas vidas que debe ser mostrada para poder explicarlas. Porque las mismas vidas tienen lugar de manera fragmentaria, en planos diferentes. Durante parte del filme, las apuestas estéticas y los juegos de pantallas de las realizadoras dinamizan la narrativa visual de la propuesta. Poco a poco, la narrativa visual deviene más clásica y se pone al servicio de un relato más lineal, de los diálogos, de las interpretaciones. Y de la arquitectura del guión.

Hermanos y los límites de los deseos

<strong>Hermanos</strong>: Amor por salir del barrio 2

La primera escena de Hermanos ya anticipa que su personaje principal vivirá un arco dramático marcado por lo aspiracional. Que quiere su casa grande y su piscina, aunque sea de manera inconcreta y aparentemente inocente. Su anhelo es de raíz materialista, sin estar interferido por vocaciones profesionales como las que el realizador Adrián Orr escenificó en el proceso de desclasasamiento (¿o reclasamiento?) que retrató en A nuestros amigos (2025). Su anhelo no parece nacer de un arribismo cínico, porque esta no es una historia de héroes y villanos, pero que sí incluye un cierto renegar de sus raíces. Algo derivado, quizá, del miedo a que el barrio que está dentro de él (y dentro de sus amigos) le delate como un otro.

Las barreras sociales vuelven a levantarse cuando amanece y vuelve la luz del sol. Las caras, los colores de la piel y la profundidad de los bolsillos vuelven a ser muy visibles, pero no necesariamente hay elitismo o insensibilidad en algunos acontecimientos. Quizá alguno de los protagonistas sentirá que quienes no solo no son clase media, sino que ni siquiera pueden fingirlo, son como extraterrestres en ese otro mundo que antes se denominaba burgués. Que son como el alienígena de Super 8 (2011), aquella película que parecía sugerirnos que los diferentes solo pueden existir en paz si ponen distancia y lejanía.

Otros personajes del trío protagonista conservarán, quizá, la esperanza de la movilidad social. Porque las autoras del filme anticipan que algunos caminos vitales se cierran y otros permanecen abiertos. A través de esta combinación, parecen escapar de una dicotomía entre lo posible y lo imposible. Aunque lo posible, pero improbable, requiera de cierto esfuerzo general. El desenlace con escobas puede recordar a la conclusión de la magnífica El viatge de la Marta (2019), de la cineasta catalana Neus Ballús (La plaga), otro relato (mucho más complejo de lo que parece) sobre los límites y las potencialidades de las buenas intenciones.

Ignasi Franch

Ignasi Franch

Periodista cultural y crítico cinematográfico desde 2003, cuando todavía se veían algunos disquetes por las redacciones. Colabora en medios como El Diario, El Salto, Crític, Caimán - Cuadernos de Cine, Directa y Rockdelux, entre otros.

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