Críticas
Estrany riu: El cine de relevo

Stills de 'Estrany riu', Montaje: ©Cine con Ñ
Estrany riu (Extraño río) se acerca a unas vacaciones familiares a la orilla del río Danubio. Dídac, un adolescente de 16 años, la recorre en bicicleta junto a sus hermanos y sus padres. Mientras el joven procesa un primer gran desengaño amoroso, la aparición de un misterioso chico entre las aguas del río cambia su viaje. Desde ese momento, Dídac empieza a sentirse diferente.
Son tiempos nuevos para el cine catalán y, por tanto, para el cine español. El ciclo naturalista, apuntado por Tres dies amb la família (2009) y popularizado por Estiu 1993 (2017), está agotado. Por lo menos, tal y como lo hemos entendido hasta ahora. Lo demostró Carla Simón subiendo la escalera en el final onírico de Romería (2025) y ahora lo deja claro Jaume Claret cruzando a la otra orilla de la fantasía.
En una rima estacional con la ópera prima de Simón (Estiu 1993), la maravilllosa Estrany riu también se centra en el paso a una etapa vital nueva, de descubrimiento personal. En este caso, en el umbral de la primera edad adulta, que se expresa en un deseo sexual para una identidad aún en desarrollo, marcada por el desorden y la vulnerabilidad.
Un extraño deseo

Estrany riu parte de la estructura del coming-of-age, pero la desplaza hacia otro lugar, evocando sensaciones de adolescencia más vivas que un drama estrictamente naturalista. La primera secuencia de la película desvela que el director quiere hacer este proceso en movimiento. Es una declaración de intenciones para una búsqueda cinética, de persecución en la línea del río, que también guía a la película hasta el final.
Es probable que, si la ha visto o alguna vez la ve, a Pedro Almodóvar le guste esta película. En unas claves y desde tradiciones cinematográficas muy distintas, algo comparte Claret con Almodóvar es un intento de dar forma al deseo. Todo está en la mirada —y no solo para el deseo—, aquí entendida como primer paso (como por «relevos,» comentaba el director en el pase de la película en San Sebastián) en un baile de misterio y atracción que acerca y aleja a Dídac de su aventura.
Estrany riu y las sensaciones

La película también brilla por la armonía orgánica que consigue en lo dramático, cuyo núcleo es, claro, la familia, que es el ente que está contaminando también el ánimo de Dídac. Ahí también hay un crisol de sentimientos adolescentes y contradictorios: la incomprensión, el amor, la competencia con los hermanos, su cuidado como el mayor, el cambio en la relación con su madre… Claret, junto al reparto, es capaz de evocar bien esa amalgama de dinámicas del ecosistema familiar que no necesariamente vienen con consecuencias directas o traumas.
Pero hay mucho de genuino y mágico también en esos 16 mm, en la luz, en el sonido ambiente y, sobre todo, en las texturas de la imagen que se compenetran con el espacio natural. Hay muchos detalles en ese sentido (los primeros planos contrastados con los fondos negros, los juegos con los espacios arquitectónicas), pero lo que destaca más, claro, son las escenas sobre el agua del río, convertido en una especie de portal hacia un mundo nuevo.
Desde una tradición cinematográfica, Jaume Claret ha dado un salto con esta película, y ha caído de pie. Es posible hacer películas de etapas universales como la adolescencia y, a la vez, empujar el cine hacia lugares y sensaciones nuevas que, a la vez, nos transporten a las que un día vivimos.
Dónde ver

Arturo Tena