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Reportajes

‘Els Orrit’: un documental para recordarnos que la vida no es un ‘true crime’

La desaparición no resuelta de dos menores de edad en un recinto hospitalario es el punto de partida de un filme con elementos implícitos de denuncia, estrenado en el Festival Docs Barcelona y disponible en Filmin durante unos días
‘Els Orrit’: un documental para recordarnos que la vida no es un ‘true crime’ 1

Varios medios de comunicación han explicado, en diferentes formatos, el caso de los hermanos Orrit. Isidre, un niño de cinco años ingresado en un hospital catalán por una afección muy leve, pasaba la noche acompañado de su hermana adolescente Dolors. Una mañana, los niños habían desaparecido. Los diferentes cuerpos policiales manejaron como hipótesis un extraño abandono voluntario del lugar, y la institución hospitalaria se desentendió completamente. Treinta y cuatro años después, sigue sin saberse el paradero de los menores.

La primera mirada cinematográfica a esta historia, Els Orrit (Los Orrit) se ha estrenado mundialmente en el marco del Festival Docs Barcelona (el cual, además de las correspondientes proyecciones presenciales, cuenta con una rama virtual en la plataforma Filmin). Los acontecimientos resultarían fascinantes si perteneciesen a una ficción de misterio, pero los realizadores, Marc Solanes y Ferran Ureña, tienen muy presente que están tratando un drama sufrido sobre personas reales. Así que intentan presentar el caso sin que la seducción por el enigma desplace las vidas y el dolor que hay detrás. La columna vertebral del filme son los testimonios de varios hermanos de los desaparecidos, junto con un detective que se encargó largamente del caso o la actual abogada de la familia.

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«A veces estos casos se tratan de una manera tan fría que nos olvidamos de los protagonistas, pero nosotros queríamos hablar de esa familia y de la ciudad de Manresa en los años ochenta», dice Ureña. Formalmente, la película mantiene las distancias respecto a las convenciones del true crime y del reporterismo de sucesos. Se emplea un lenguaje reminiscente de lo televisivo, pero despojado de sensacionalismos y tenebrismos. No hay  dramatizaciones ni abundan las músicas llamativas.

Ureña destaca que «poner aditivos es sencillo. Con pocos recursos económicos, se puede dar un caramelito al espectador para que se enganche. Es algo que puede estar bien, pero que hubiese desvirtuado lo que queríamos hacer, que es plantear la historia desde la voz de los protagonistas, dando el máximo protagonismo a los hechos que se conocen y a cómo los vivió la familia».

Els Orrit (Los Orrit), un documental definido por las ausencias

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De alguna manera, la propuesta cinematográfica llega a estar más caracterizada por lo que hay que por lo que no hay. No solo no se usan los recursos efectistas del audiovisual de sucesos: tampoco se emplean recursos de posproducción demasiado estridentes, más allá del juego con las fotografías del archivo familiar o de alguna imagen de transición un tanto oscura. Tampoco se utiliza un dispositivo visual que resulte diferencial. Apenas hay unos pocos detalles, como una filmación aérea del espacio donde vivían los hermanos, que trascienden un documentalismo periodístico funcional. 

Sus autores son conscientes de que estas decisiones estilísticas pueden afectar a la recepción de la obra: «El nuestro no es un documental muy visual, no tiene las partes poéticas ni la profundidad en la puesta en escena de otras propuestas, porque no queríamos distraer del núcleo de la historia», argumenta Ureña. Aún así, el codirector del filme considera que el resultado “tiene elementos bastante gratificantes de cara al espectador”. A cambio, como afirma Solanes, se requiere «que el espectador piense, que se implique en la historia y que le de dos o tres vueltas a lo que estamos mostrando».

En este aspecto, resulta importante otra ausencia. Evidentemente, el montaje de los testimonios tiene un criterio de selección detrás, pero los autores renuncian a usar una  voz relatora que conduzca a la audiencia. «Una voz en off te posiciona, y nosotros no lo queríamos. Sin ella, dejamos más libertad al espectador para que piense lo que tenga que pensar», defiende Solanes.

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Mari Carmen Orrit, una de las hermanas de los desaparecidos, comenta que este enfoque pulcro y sin senacionalismos quedó claro desde el principio. Explica que los directores le dijeron que no buscaban «lo que a menudo buscan las televisiones, y que disponían de tiempo para hacer un trabajo bien hecho y cómo lo querían hacer, respetando siempre a los desaparecidos y a los que hablamos por ellos»:

Este enfoque bastante sobrio genera alguna indeterminación. En un momento de la película, se incluye un testimonio reciente que fue acogido como una revelación. Parecía que podían comenzar a encontrarse respuestas, generadoras de nuevas preguntas, al misterio. En Els Orrit, en cambio, se incorpora a este testigo sin escenificarlo como una primera piedra hacia la resolución. ¿Aversión al efectismo o algo más que eso? «Tenemos dudas serias de que lo que él cuenta sea verdad», aclara Ureña. «Nos tuvimos que interesar sí o sí, porque tuvo cierta repercusión mediática y dejarlo fuera era condicionar demasiado al espectador, pero la manera como lo incluimos sugiere que no vamos por esa línea», considera Solanes. 

Una historia de clasismo y de indiferencia institucional

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Los dos cineastas querían dar a la historia el enfoque social que le vieron desde que descubrieron el caso a través de un artículo periodístico. Se hablaba de una familia de quince hermanos, con un progenitor que acababa de morir por enfermedad, con una situación económica muy complicada. «Parece que ni la policía, ni la justicia, ni los medios de comunicación, ninguna de las partes, se acaban de creer el discurso de esta familia de clase baja que decía que los niños habían muerto o habían sido sustraídos», critica Ureña. 

Los realizadores del filme dedican algunos minutos a situar el contexto de los Orrit, su naturaleza de familia muy numerosa, su emplazamiento en una barriada en las afueras de Manresa. Intentan esquivar la estigmatización social sin eludir alguna realidad incómoda, como el recurso a la violencia física por parte del padre de familia en el castigo a un menor. Orrit quiere aclarar que vivía «en una barriada de un barrio pobre, pero que no era conflictiva. Los niños teníamos una relación muy buena, íbamos juntos al colegio, hacíamos la catequesis. Estábamos apartados de Manresa, sí, pero a cuatro kilómetros».

Los autores de Els Orrit no subrayan este componente de denuncia. No solo no usan voces en off que expliciten su posición, sino que tampoco emplean recursos de montaje de las declaraciones para potenciarla. Ureña defiende este enfoque «para no condicionar a la audiencia», y considera que los testimonios de los hermanos no necesitan subrayados: «Yo creo que con lo que dicen ellos ya queda claro que la policía no se tomó muy en serio el caso. Se tardaron dos semanas en traer a perros de rastreo. Pensaban que era una huida voluntaria de los hermanos, aunque la hermana tuviese un perfil que no encajaba con eso».

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El documental también sirve de altavoz de otra denuncia: que el Hospital Sant Joan de Déu de Manresa, donde estaban ingresados los dos hermanos, se desentendió de la desaparición de dos menores en sus instalaciones. «No nos quiso recibir nadie, fue muy fuerte», añade Orrit. Que los responsables de la institución no quisiese hacer declaraciones condicionó un tanto a los realizadores. Según Ureña, «la opinión que tenemos es nuestra, pero no hemos podido contrastarla con la otra parte. Sí que incluimos esas declaraciones de la familia que apuntan al hospital y a la responsabilidad subsidiaria que esta puede tener».

Orrit entiende que se interrogase a la familia, porque los responsables de desapariciones a veces son parte del entorno cercano de las víctimas, pero añade una consideración: «Tardar seis años en interrogar al personal del hospital demuestra que no había ningún interés. En cambio, se encarnizaron con el hermano mellizo de Dolors». En todo caso, ella no echa que en el filme se denuncien las reacciones institucionales de una manera más evidente. «Nosotros lo vemos desde dentro, y no sé cómo lo verá la gente desde fuera, pero yo creo que la denuncia queda muy clara», opina.

Si Els Orrit trata de algo más que un enigma, el documental también es algo más que una película. Su estreno supondrá una nueva difusión del caso que generan en los familiares la esperanza de que pueda surgir algún testimonio, alguna pista, que les acerque a saber qué sucedió treinta y cuatro años atrás. «Querríamos que, si ellos están vivos, se pudiesen reconocer. O que alguien recuerde que los ha visto. O que, si alguien sabe algo de lo que pasó y tiene un poco de corazón, lo explique anónimamente a sabiendas que no le pasará nada porque han dado el caso por prescrito. Si están vivos, nos alegraremos por ellos. Y si están muertos, podremos comenzar un duelo», explica Orrit.

Imágenes: Els Orrit (Los Orrit) – Vivir Rodando

Ignasi Franch

Periodista cultural y crítico cinematográfico desde 2003, cuando todavía se veían algunos disquetes por las redacciones. Colabora en medios como El Diario, El Salto, Crític, Caimán - Cuadernos de Cine, Directa y Rockdelux, entre otros.

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