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CRÍTICAS

Dos dies i l’ eternitat: Al final de la escapada

Chico dubitativo busca a chica lanzada en un energético relato posadolescente que se nutre del legado de Jean-Luc Godard y Éric Rohmer
<strong>Dos dies i l' eternitat</strong>: Al final de la escapada 1

Un joven cuya relación amorosa está en riesgo de extinción se lanza al viaje: pasará unos días de vacaciones con una chica a la que ha conocido a través de una red social. Tras este gesto inicial de riesgo, Marc aparecerá como un chico más o menos apocado que apenas puede seguir el ritmo de la lanzadísima Laia. Porque el viaje de él incluirá en su seno otro viaje todavía más libre, sin padres alrededor ni nada que se le parezca, por la Francia de Godard, Rohmer y lo que surja. 

Explica Marc Esquirol que Dos dies i l’eternitat (Dos días y la eternidad) nació de experiencias biográficas, que rodó el filme con apenas veinte años y que la posproducción ha sido la parte más larga de todo el proceso. El resultado de todo es una búsqueda expresiva juguetona y simpática, tanto en la historia que se cuenta como en la manera de contarla. Algunas composiciones y algunos movimientos de cámara atípicos se combinan con pasajes más funcionales y estandarizados. El relato narrativo más o menos normalizado está salpicado de pausas y escapadas comentadas por una voz en off introspectiva. 

Presentada en el D’A Film Festival, la película incluye un poco de todo, siempre low cost y siempre con espíritu lúdico. Hay gags de sit-com, persecuciones con dedos de la mano que ejercen como cañones de armas y situaciones rocambolescas de escándalo público en equipamientos culturales. El viaje tiene sus momentos mágicos (como la fiesta cotidiana en la que puede convertirse una ducha compartida) y desprende ternura. La duración reducida (apenas 55 minutos), unida al conveniente juego de acercamientos y alejamientos románticos, facilita que el público se mantenga en una posición atenta y expectante.

Dos dies i l’eternitat apuesta por la vía francesa 

<strong>Dos dies i l' eternitat</strong>: Al final de la escapada 2

El cine joven de Esquirol mira muy atrás, dialoga con otro cine joven que se aleja en el tiempo. Remite al Godard de los tiempos de Al final de la escapada (1960), una película que el realizador catalán llega a canibalizar a través de homenajes muy claros. También abundan los juegos godardescos con las voces filosofantes y con las imágenes que se detienen. Adaptándose algunos modos, por supuesto, a los contextos, las tecnologías y las maneras de comunicarse de la contemporaneidad.

Esquirol no solo nos recuerda que asociar las correrías con los amores juveniles es algo que se hacía mucho antes de Licorice pizza (Paul Thomas Anderson, 2021). También lanza hilos a las películas de Éric Rohmer, sus amantes del amor y sus romances veraniegos. El protagonista es, como el personaje principal de tantos filmes del autor de El rayo verde (1986), un amante que duda mucho. Que no sabe si lanzarse. Ni las hormonas le mantienen despierto en una noche de aventuras y desventuras automovilísticas vivida con una joven deseosa de amar y ser amada.

El existencialismo cuando tienes veinte años

<strong>Dos dies i l' eternitat</strong>: Al final de la escapada 3

Más allá de la trama de amores y descubrimiento, Esquirol escenifica algunos miedos. Aparece, en clave de comedia dramática, el choque cultural con padres severos que exigen trabajos de verdad y películas con argumento. También se proyecta la angustia adolescente hacia la repetición y los caminos predeterminados: «Espero no acabar siendo oficinista», dice el personaje principal en un momento del filme, que nos regala algunos ilusionismos retóricos alrededor de la naturaleza del tiempo.

Como proyecto personal y juvenil, Dos dies i l’eternitat transmite unas ganas de entrar en la vida adulta y descubrir el mundo que pueden resultar contagiosa. El público más crecido quizá podrá chupar vampíricamente algo de la energía que transmite. Porque Esquirol consigue que nos relacionemos con los puntos de vista de su generación de una manera más flexible, menos marcada por las convenciones, que la habitualmente propuesta desde las comedias adolescentes que emanan de Hollywood y su periferia indie.

La propuesta es sostenidamente atrevida, también por la exhibición aparentemente despreocupada de los cuerpos de los protagonistas. Las acciones de los personajes, en cambio, alternan tiernamente las posiciones de timidez, las expresión atrevidas de deseos y las posteriores recogidas de carrete. Las chicas lanzadas también dudan y los chicos que dudan también se lanzan. Nadie dijo que esto de amar fuese fácil cuando todo es tan nuevo, y parece tan cambiante, que incluso se puede sentir una nostalgia infinita del día anterior.

La puedes ver online en

Ignasi Franch

Periodista cultural y crítico cinematográfico desde 2003, cuando todavía se veían algunos disquetes por las redacciones. Colabora en medios como El Diario, El Salto, Crític, Caimán - Cuadernos de Cine, Directa y Rockdelux, entre otros.