Críticas
Islas: El pasado como espejismo

Stills de 'Islas'. Montaje: ©Cine con Ñ
Islas plantea la llegada de Amparo Lamar, una veterana estrella del espectáculo, al canario Hotel Paradise, en horas bajas y semidesierto. El objetivo de Amparo no es otro que quitarse la vida a base de pastillas para acabar con su olvido. Pero su plan se ve trastocado cuando descubre a un huésped del hotel con la misma intención que ella. Tras salvarle, ambos empezarán una particular relación.
Nueva comedia con vena dramática de la directora argentina Marina Seresesky, que ha venido demostrando que le suelen salir películas con sentido del humor a partir de situaciones personales, a priori, no demasiado divertidas (La puerta abierta, Empieza el baile). En este caso, la de una exniña prodigio (una ‘mocatriz’ de las de antes), que, al perder la atención del público y la prensa, parece haber perdido también el sentido a su vida.
Para el mitómano, del cine en general y del español en particular, el principal aliciente de Islas es volver a ver en pantalla como protagonista —y trasunto de sí misma— a Ana Belén. Y, desgraciadamente, esa expectativa cumplida es lo mejor que se puede decir de una película que, pese a alguna idea interesante, no encuentra un tono propio como para desarrollar muchas más ideas que las que ya se ven en su primera media hora.
Un microcosmos a la deriva

A partir de los espacios delimitados en los que se desarrolla el argumento (la isla, el hotel semivacío), Marina Seresesky quiere crear una especie de microcosmos enrarecido, de pequeño universo abstraído de la realidad. En el hotel decadente de Islas, todo el mundo está algo ensimismado (todos son «islas» —una idea enfatizada en insistentes planos de espejos—) o directamente son observadores mudos (el niño, los migrantes alojados en el hotel) de vidas ajenas.
Seresesky se desmarca así de una cierta naturalidad de tono y ambientes que había en sus anteriores comedias dramáticas personales (las citadas La puerta abierta y Empieza el baile) para buscar una atmósfera que pueda potenciar la situación por la que pasa el personaje interpretado por Ana Belén, deseoso de tener un «cariño» externo que no existe en este lugar. Así, se crea un ‘efecto matrioska’ (islas dentro de islas) que sirva para poner el foco en la única conexión real entre dos personas que se va creando: la de sus dos protagonistas, interpretados por Belén y Manu Vega.
Esta construcción cinematográfica, aunque no especialmente original, es coherente, potencialmente graciosa —y, además, facilita tener una producción barata—… pero también peligrosa: al fiarlo casi todo a la dinámica entre dos personajes, tiene que estar todo hilado muy fino, los arcos muy bien matizados e interpretados para que sostenga el planteamiento segregado. Y no termina de ser el caso.
Harold y Maude regular

Así, el principal escollo de la película es cómo poder conocer a los personajes, sus problemas y situaciones personales, a la vez que se va construyendo una relación entre ambos en unas pocas jornadas en el hotel. Con esta conexión intergeneracional a lo Harold y Maude (Hal Ashby, 1971), Seresesky necesita crear complicidad mientras va haciendo crecer el espacio de encuentro a través de diálogos, cuidadosamente segmentados también para que siempre haya una revelación que haga avanzar el argumento.
Más allá de la puesta en escena (reducida a conversaciones en distintos sitios), la calidad de los diálogos (a ratos con reflexiones agudas, otras de una artificiosidad que no fluye), el gran agujero negro de la película, que absorbe su energía, es el personaje de Manu Vega. No tanto por la interpretación del actor, que hace lo que puede, sino porque, por los caprichos del guión, da una serie de vaivenes e impulsos que lo hacen totalmente inaccesible. Escribir a un hombre que no se entiende a sí mismo necesita de mucha más finura. El inexpresivo final de la película se debe al fracaso en su construcción dramática.
Por ir cerrando el hotel: Islas es una película desdibujada, en la que se ha puesto interés en transmitir un ambiente que rodee un núcleo dramático que no supera un cierto grado de superficialidad. Se puede ver porque Ana Belén mantiene el interés en la pantalla con su carisma de siempre, pero lo que la rodea y la «aísla», no está a la altura.


Arturo Tena