Camino a los Goya
‘Donde se quejan los pinos’: cuando el thriller rural escucha a la naturaleza amenazada

Ramón Barea en 'Donde se quejan los pinos'. ©Natemannx Studio
Desde el más allá, una voz anuncia su dolorosa muerte. Las autoridades certifican la escena de un terrible crimen, del que iremos sabiendo cada vez más a medida que avanza la historia. Así arranca Donde se quejan los pinos, el oportuno thriller rural que ha entrado en la preselección de Mejor Cortometraje de Ficción para los Goya 2026.
Con Ramón Barea, Almudena Amor, Francesc Orella y Víctor Solé en su reparto, este cortometraje se ha ido abriendo paso en el panorama de festivales y en la temporada de premios con una propuesta atmosférica y policial que contiene un mensaje sociopolítico y alerta sobre la peligrosa situación de nuestros bosques y entornos rurales. Es un tema que, después del peor año de incendios en España desde que hay registros, resuena con fuerza.
Donde se quejan los pinos está dirigido por Ed Antoja, cineasta que, tras experiencias como el largometraje documental When a dream comes true (2019), se ha lanzado a dirigir su primera ficción pura. En entrevista para Cine con Ñ, Antoja enmarca el origen del proyecto dentro de un proceso más amplio que va en la misma línea de compromiso: «Estábamos en fase de desarrollo de un largometraje con un enfoque muy similar: un thriller dramático que detrás esconde un mensaje de denuncia de un tema medioambiental». Para Antoja, hacer el cortometraje previo ha sido la forma de adentrarse en ese campo y adquirir experiencia.
Donde se quejan los pinos, un corto sobre una tierra que siente
A muchos gallegos, lo de ‘Donde se quejan los pinos’ le puede sonar de algo. Todo un himno local como Miña terra galega, la versión de Siniestro Total del Sweet Home Alabama incluye ese verso —recogido, a su vez, del poema Os pinos, de Eduardo Pondal—. Y ahora el corto remite también a ese mismo imaginario de Siniestro Total y de Pondal: el bosque de pinos como ente vivo al que hay que escuchar.
La película está contada desde la mirada de este espacio humanizado, con una perspectiva que va cambiando: «Primero está la idea de presentar el bosque con su grandiosidad y su vida, su energía», comenta Antoja, que nos hace fijarnos en un detalle: «Luego cada una de las escenas empieza con una agresión al bosque». Y así hasta llegar al final. Para el director era importante que el lugar «pudiese ser también un observador de la historia», y construir así un lenguaje que desplaza el eje del relato del ‘quién lo hizo’ a un ‘qué hemos ido haciendo aquí’.
El thriller se pone al servicio de esos preceptos; el juego de flashbacks deja que la acumulación de gestos sobre el monte —económicos, legales, cotidianos— acabe colocándolo al mismo nivel que los conflictos personales que desencadena. Una vocación humanista, de cine social pensado para el público que, dice Antoja, es fundamental en todos los proyectos que impulsan desde su productora, La Diferencia: «Siempre decimos que queremos contar historias que intenten cambiar las cosas, mejorarlas, pero con aproximación a grandes audiencias».
Con un tema hoy tan sensible como el de los incendios y sus razones, Antoja reconoce también que se sentía algo inseguro sobre cómo se iba a recibir el corto entre las comunidades rurales, las más afectadas por el fuego. Y ha acabado siendo de lo más satisfactorio de Donde se quejan los pinos: «Es donde mejor recibimiento hemos tenido, ha sido muy bonito», comenta Antoja, que cita el calor del Festival Plasencia Encorto, celebrado en una de las zonas más castigadas, donde recibieron el Primer Premio: «La recibieron de una forma que me hizo pensar, primero, ‘vale, no estoy diciendo ninguna barbaridad’ y, segundo, ‘lo ven como un mensaje necesario'».
Cómo construir un thriller rural atemporal
A la hora de hablar del planteamiento cinematográfico de Donde se quejan los pinos, Antoja lo sitúa explícitamente en el terreno del thriller, del que se declara seguidor: «Es el género que más consumo y más me gusta como espectador», nos cuenta. Para él, que se ha formado en Estados Unidos, el reto era que «fuera creíble que pasara aquí en España, pero que a la vez tuviera ese look que remitiera a los códigos comunes del thriller; que nos llevara a esa atmósfera de nunca ver el sol, de cielos tapados, vestuarios desgastados y personajes con arrugas».
Desde una paleta de colores que tira hacia los negros, verdes y ocres, se va componiendo este thriller rural que también busca una sensación de anclaje en el tiempo. «La idea era ambientar la historia de una forma que no se pudiese situar exactamente en el tiempo. Podría haber pasado hace 5, 10, 15 o 20 años». Según el director, anclar visualmente a los personajes en ese pasado también tenía que ver con el mensaje que querían mandar: «Para dejar atrás todo esto e irnos hacia otro estilo de vida, hacia otra relación con el medio ambiente».
Pese a las dificultades de un rodaje invernal, nocturno y en medio de la naturaleza, el mayor desafío para Antoja, por ser su primera gran experiencia, fue la dirección de actores: «Era lo que me daba más miedo, pero también lo que me apetecía más», comenta, asegurando que puso especial hincapié con los actores en que «entendieran que, en esta historia y en todas las que me interesan, no hay buenos ni malos. Hay personajes que se sitúan en un lado u otro del debate moral, pero por las razones que cada uno defiende, por cómo ven las cosas».
Tras su recorrido en festivales durante 2025, llega la preselección de los Goya. Antoja valora la importancia práctica que tiene llegar a estar nominados en los Premios de la Academia de Cine (los puntos que da para levantar futuros proyectos), pero también la exposición que ofrece para que Donde se quejan los pinos pueda acercarse al público: «Creemos profundamente en las historias que contamos y pensamos que esta es relevante y necesaria. Cuanta más trayectoria y más exposición mediática tenga, pues será mejor porque llegará a más gente».

Arturo Tena




